
Golpean la puerta del departamento. Pedro abre pensando que es algún vecino, pero se encuentra con Alex, tiene un aspecto terrible, el cabello negro todo despeinado, la camisa arrugada, la cara descompuesta.
-Por Dios, hermano, ¿qué te pasó?
-Perdóname Luciano. No tenía dónde ir. Me echaron del departamento, no me dejaron ni entrar a sacar las cosas. De la rabia fui a un bar a emborracharme. Estoy, como dirías tú, en bolas.
-Pero entrá por favor… Vení, pasá, qué barbaridad. ¿Cómo pudieron hacerte éso?
-Tienen derecho, desgraciadamente es mi culpa. Lo que más lamento es todo lo que no voy a poder recuperar. Hasta que no pague no me van a permitir entrar.
-Estaba preparándome unos sandwiches, ¿Vos comiste algo?
-No, me bajé un litro de cachaça… creo que vomité como tres veces de camino.
-Entonces te recomiendo que no comas todavía. Vení, te acompaño al baño, te das una ducha calentita, después te acostás y si tenés hambre y te sentís mejor del estómago te sirvo algo.
-¿Y Joaquín, no volvió?
-No, todavía está en Buenos Aires. No te preocupes, esta noche dormís acá y mañana vemos cómo hacemos.
-Yo duermo en cualquier rincón, no te hagas problema por mí. Pero no me pidas que me bañe ahora, si quieres duermo en el suelo, pero no puedo casi mantenerme en pie. Estoy muy mareado.
-Bueno, te preparo el sofá… Mañana te vas a sentir mejor. Vení, sacate los zapatos y estirate, -Pedro lo cubre con una manta liviana y le acomoda un almohadón debajo de la cabeza-. ¿Estás cómodo?
-Si, gracias, perdóname… -Susurra mientras cierra los ojos.
Al minuto su compañero ya está dormido profundamente, perdido en el dulce mundo de la inconsciencia. Va hasta la cocina y termina de preparar el sándwich. Mientras lo come, marca en el teléfono el número de Guillermo. No sólo no le contesta sino que la línea le devuelve un silencio irritante. Todos los llamados tienen el mismo resultado. “¿Qué estarás haciendo, amor mío?” Ya van dos días que no oye su voz, se le hace insoportable continuar esperando. Se queda pensando en lo vacío que se siente cada vez que lo tiene lejos. Se pregunta si a él le pasará lo mismo… si le resultará fácil regresar, dejar otra vez todo aquello que es tan importante para él y venir a su lado.
Sabe cuánto lo ama Guillermo, pero también es consciente de las cosas que está dejando atrás, del tamaño de todo a lo que renuncia para mantenerlo tranquilo, para hacerlo feliz. Algunas veces, cuando él sugería que podrían volver, Pedro se ponía tenso y le pedía que no hablaran del tema. No quería preocuparlo pero de sólo imaginar que alguien pudiera otra vez acercarse y hacerle daño… le provocaba un terror irracional, algo incontrolable. Sabe en su fuero íntimo que será un tema que tarde o temprano tendrán que tratar, que no podrá alejarlo para siempre de Buenos Aires. Pero cuánto más tiempo pasen allí, cuánto más distancia pongan con las iras de Miguel o la locura de Camila, mucho mejor. El tiempo suele ser un gran calmante. Está seguro que algún día volverán, pero no todavía. De su parte hará el mayor esfuerzo, llenará cada vacío en el corazón de Guillermo. Luchará contra todos los demonios que intenten derribar ese paraíso que han construído.
Llama una vez más. Lo persigue el silencio de una línea muerta. Se acuesta y toma la almohada abandonada, la lleva hasta su cara. “Aún perdura tu perfume… o es mi mente el que se lo inventa, no sé. No importa, ya falta menos para que vuelvas a mí”. Se queda dormido con una sonrisa en los labios, imaginando el calor de unos besos con los que no puede dejar de soñar.
…
Se levanta temprano y se acerca a ver cómo amaneció su huésped. Está profundamente dormido, abrazado al almohadón y roncando feliz en su sueño comatoso. Lo toca suavemente para despertarlo pero no acusa recibo.
-Alex… hermano, despertate que tenemos que desayunar. Dale, levantate.
Sólo consigue que se dé vuelta y reanude los ronquidos en una posición mejor.
Intenta nuevamente con un pellizcón en el brazo pero sigue sin reaccionar.
-Alex! –le grita inútilmente-, despertate, cabrón, que vamos a llegar tarde!
“Por Dios, este hombre tiene el sueño de un muerto. Voy a tener que recurrir a medios drásticos”. En la cocina llena una jarra con agua fría. Se queda un momento mirándola. “¿Harán falta cubitos?” Piensa divertido. Decide probar así. En el momento de tirársela siente un pequeño remilgo. “Si estropeo el sillón Guille me mata”. Así que comienza probando a mojarlo de a poco, echándole agua con la mano sobre la cara. Alex parpadea y abre los ojos. –¡Qué mierda, está lloviendo?
Pedro se ríe. –Te salvaste de que no te la tire completa para no empapar el sillón. Dale, hermano, que se nos hace tarde. Voy a preparar el desayuno, anoche no comiste nada.
-Luciano, se me parte la cabeza… -le contesta mientras se tapa los ojos para protegerse de la luz-. No puedo comer nada así… despido olor a cloaca.
-Si, tenés razón… creo que este sofá va a tener que pasar por una sesión de limpieza después de todo. ¿Qué te parece si nos bañamos primero? Y después desayunamos.
-Eso me parece mejor. Andá yendo vos, yo junto fuerzas y te sigo. –Se desploma nuevamente en el sillón y Pedro se mete en la cocina para ir poniendo el agua para el café.
…
Pedro sale de la ducha, se seca el cuerpo y se pone los boxer.
-Vení, fijate si así está bien caliente el agua. Si no, prendo el termo de nuevo.
Alex termina de lavarse los dientes, se quita la ropa y alarga la mano para probar el agua. Pedro levanta las prendas del suelo, las mantiene alejadas lo más posible de la cara, tienen un olor espantoso, a vómito y alcohol. Las tira en el canasto de la ropa sucia.
-Está agradable… un poco fría, pero mejor así me quita el guayabo.
-¿Y qué es éso? –se ríe Pedro.
-Nada, pura resaca. ¿Uso este jabón? –dice mientras se mete a la ducha.
-Si, te alcanzo una esponja que hay sin usar acá en el armario.
Se la acerca y cuelga una toalla limpia en el perchero que está junto a la ducha.
-Ví que tienes un tatuaje… yo tengo uno similar pero en la espalda.
-¿Un diamante?
-No, en realidad es una esmeralda, en honor de alguien que quise mucho. Además las esmeraldas de Colombia son las mejores del mundo. Tiene otros significados también, pero básicamente por eso me la tatué. ¿Te gusta? –Alex se da vuelta y le muestra el tatuaje, impreso con un verde brillante e intenso sobre la piel de su omóplato izquierdo.
-Permiso, ¿puedo tocarlo?
–Por supuesto. –Pedro pasa un dedo por el borde de la figura, tiene un extraño relieve que la hace aún más real.
-Esto está espectacular… El mío no es tan detallista. Me gusta… Bueno, si se enfría, avisame que lo vuelvo a prender.
-¿Qué cosa?
-El termo, tonto. Lo vuelvo a prender.
-No importa. Estoy acostumbrado… -De repente se detiene y se queda mirando hacia la puerta. Pedro se da vuelta y se queda pasmado. No puede escapar a la sensación de que tiene las manos ensangrentadas en la escena de un crimen. Está casi desnudo, con el pelo mojado, parado junto a un hombre que se está bañando. Y además, acaba de deslizar su dedo por la espalda de ese hombre. Dios. El corazón le comienza a latir a mil por minuto. No puede ni siquiera abrir la boca y no sabría que palabra decir primero.
Guillermo está parado inmóvil, parece una estatua de piedra. Sin expresión, los mira alternativamente, silencioso, como queriendo convencerse que no es una alucinación, que no está imaginando, que éso es lo que parece, simplemente. Una reverenda corneada. El compañero de Pedro alarga la mano y se cubre con la toalla, imposibilitado de seguir allí, intimidado, sintiéndose un pelotudo por haber ocasionado este desbarajuste. –Con permiso –dice, y luego de recoger la ropa tirada sobre el cesto, sale disparado del baño y corre a vestirse para irse del departamento.
Ahora están solos, mirándose, ninguno dice nada. Pedro siente que cada segundo que pasa lo hace parecer más culpable, sin dar explicaciones, sin minimizar el hecho, parado con expresión asustada. Guillermo siente que la sangre le hierve en las venas, el corazón parece explotarle en la cabeza y en el pecho. Va creciéndole una furia tan honda que no sabe cómo hacer para detenerse ahí y no abalanzarse sobre Pedro, siente deseos de desquitar todo ese dolor que lo está ahogando… “No puede ser, no puede ser, no puede ser”… Una letanía repite en su cabeza lo que quiere creer. Pero su corazón está demasiado dolido. Se da media vuelta y sale corriendo, agarra el bolso que dejó en la habitación y lo abre. Pedro entra y lo ve guardando cosas, sacando la valija del estante superior del placard. Se está yendo, no puede creerlo. Sin decirle nada, guiado por la furia de lo que vió y de lo que cree que sucedió.
-No es lo que parece… No… dejame contarte, mi amor… por favor, ésto tiene una explicación. No sucedió lo que estás pensando. -Se siente un idiota, apelando a frases de cliché.
Guillermo deja de guardar cosas y levanta la vista. Le cuesta mantener la mirada, sus ojos están llenos de lágrimas, desesperados, cargados de bronca y de dolor.
-¿Por qué… por qué? -Mueve la cabeza, no puede creer-. ¿Por qué me mentiste tanto? ¿Qué necesidad había? Me hubieras clavado un puñal como Camila y me hubiera dolido menos.
-Guille… Sentate y escuchame, por Dios… llegaste en un mal momento, quiero decir, parecía algo que no es, es un compañero, está en problemas, me ofrecí a…
Busca las palabras adecuadas, no quiere dar a entender cosas que se presten a una doble interpretación, pero está tan nervioso que no las encuentra.
-Te ofreciste a consolarlo.
-No. Se quedó sin casa… le ofrecí pasar la noche acá, durmió en el sillón. No pasó nada.
Pedro se queda mirándolo, suplicándole con la mirada que sea sensato y le crea. Guillermo lo observa largo y tendido, le escudriña el alma, intenta creer lo que le está diciendo con los ojos más que lo que le dicen sus palabras.
-Decime algo mi amor, no me mires así.
-Lo siento, Pedro. Me es muy difícil. Lo que ví ahí adentro era tan claro… ¿Qué necesidad tenían de bañarse juntos? ¿Desde cuándo hay semejante escasez de agua? O te pidió, no sé, que le enjabonaras la espalda, esa espalda de campeón de boxeo que tiene, que seguramente no miraste… ¿Te gusta su tatuaje, Pedro? ¿Y a él el tuyo? Seguramente también te lo tocó. Y ese diamantito está bastante abajo, demasiado. Siempre me decís que te excita que pase mis dedos por él. Contame, ¿Se me nota tanto la cara de pelotudo…?
Pedro se siente sofocado. Esa maldita inseguridad, la constante sombra que vuela sobre ellos oscureciendo lo que es tan claro. Quiere abrazarlo, no oír reclamos de cosas inventadas, está cansado de decirle una y otra vez lo mismo. De pronto se descubre verdaderamente molesto.
-Estás haciendo un mundo de algo que no tiene ninguna importancia. Vos viste algo, y como sos un celoso de mierda, interpretaste lo que querías ver.
-¿Ah, sí? ¿En qué momento pasé a ser un “celoso de mierda”, Pedro? Recién me suplicabas, me decías “mi amor”… ¿Te molesta que haya descubierto tu farsa? ¿O lo que peor te cae es que haya llegado antes y se te hayan terminado las vacaciones con tu amiguito? Contestame! No estoy dispuesto a seguir estorbándote. Junto mis cosas y me voy.
La bronca de Pedro se disipa en un segundo. Siente una puntada en el estómago, algo que sólo podría definirse como pánico. No puede perderlo. No lo va a permitir.
-Guille, perdoname, no sé lo que estoy diciendo... No sabés lo que me costaron estos días sin vos… Te extrañé tanto! Jamás sería capaz de engañarte. Te lo juro, mi amor.
-¿Él es Osvaldo, el del bar?
-No, por favor, no sigas especulando…
-Ah, entonces ése era otro. ¿Cuántos amigos tenés, Pedro? ¿A cuántos invitaste a dormir mientras yo no estuve? ¿Con cuántos compartiste la ducha?
-Diga lo que diga no vas a creerme, ¿no? Solamente me creerías si te dijera que me revolqué con él, no, con él no, con todos los tipos que me crucé estos últimos ocho días… ¡Que estuve muy feliz de que no estuvieras así podía revolear el culo por todo Bahía! ¿Eso te gusta escuchar!? ¡Mierda! ¿Por qué arruinás lo hermoso que tenemos con toda esta basura? ¿Te cansaste de ser feliz, Guille? ¿Preferís el drama? Contestame vos qué es lo que buscás. -Se sienta sobre la cama-. Estoy esperando que me expliques qué querés de mí. ¿Que me ponga un hábito de cura, que me esconda de la gente, querés que no mire a nadie así no te sentís mal?
Guillermo se siente abatido. Al dolor se le suma la vergüenza. Su corazón no sabe que rumbo tomar. Creer, descreer, ofender, pedir perdón. En algo Pedro tiene toda la razón. Es un estúpido inseguro desde que lo conoció. Perdió toda su valentía, su dominio de sí mismo, su vanidad. Y cuanto menos se reconoce, cuánto menos orgullo siente de lo que es, más difícil le resulta creer que Pedro pueda amarlo, respetarlo, seguir sintiendo la admiración que se le despertó al conocerlo.
Es como un círculo vicioso, infernal, del que no puede escapar.
Se cubre la cara con las manos. Hace un esfuerzo por no llorar como el tonto que intuye que es. Esa es la última bajeza en la que soportaría caer.
-Sentate acá, vení por favor. Hablemos, pero bien, tranquilos, como debe ser.
Guillermo lo mira, allí sentado, con ese aspecto de niño desvalido, los ojos llenos de tristeza, estirándole la mano. Se acerca y se sienta a su lado, baja la cabeza. Pedro duda en tocarlo, quiere romper esa distancia horrible, quiere borrar la dureza de todas las palabras locas que se dijeron sin medir las consecuencias. Pero no se atreve. Teme volver a enfurecerlo, o algo peor aún, tiene miedo de acariciarlo y no ser correspondido, no poder vencer la frialdad y el desprecio que Guillermo está sintiendo hacia él.
-¿Qué puedo hacer, qué puedo decir? Si hubiera pasado algo, te pediría perdón. Pero no pasó. Alex es sólo un compañero de trabajo, ya te lo dije.
-Si yo no hubiese venido… ¿cómo habría seguido ésto? Necesito que me lo digas, Pedro. ¿No sentís nada por ese hombre con el que compartís tus días laborales, ese tipo que además de joven es muy atractivo?
-Yo no lo miro con esos ojos, Guille. Para mí es sólo un amigo, no importa lo lindo que sea, no me interesa. Ni ahora ni nunca.
-Puede parecer una estupidez, pero para mí no lo es. Quiero saber si de verdad… como decís, no deseás estar con otra persona, con ninguna otra. Yo fui el primero. Necesito saber si sentís la inquietud, la curiosidad, el deseo secreto, no sé… de otra cosa. Tal vez, de confirmar algo, de comprobar lo que sentís por mí estando con otro. Sería algo humano después de todo. Hasta cierto punto comprensible. No me mientas, Pedro. Regalame esa sinceridad.
Pedro respira hondo y se queda pensativo. Va hasta el placard, busca un pantalón y una remera, se viste. Es demasiado redundante estar sin ropa y encima desnudar el alma. Guillermo no lo mira, teme desesperadamente lo que vaya a contestarle. Se siente casi arrepentido de haberse expuesto tanto. Y de haberle pedido lo mismo a él.
-Tengo miedo de decir cosas que puedan dañar lo que tenemos, Guille. Uno pide la verdad, y a veces la verdad duele. Los seres humanos somos hipócritas. Torcemos las cosas, a veces ligeramente, para no herir, o para no dejarnos en evidencia. Creo que sobre todo esto último.
Vuelve a sentarse a su lado. Guillermo tiene los brazos cruzados sobre el pecho, mira un punto fijo sobre el piso.
-A veces, pienso… cómo sería mi vida si no te hubiera conocido. Yo nunca me había sentido atraído por otro hombre, al menos no en forma consciente. Tuve amigos, sentí cosas por ellos, pero creo que parecidas a la que siente cualquiera por otra persona del mismo sexo… Un cariño especial, una atracción espiritual, a veces. Nunca me planteé que fuera algo más que eso. Con vos fue totalmente diferente. Apenas te conocí, ya no pude apartar mis ojos de vos. Me sentí profunda, intensamente atraído… me gustaba mirarte, me daba placer verte, incluso a veces en el estudio, cuando no me mirabas, yo te espiaba, de reojo, te memorizaba, sentía un tremendo afán por recorrer con mis ojos tu cara, tus ojos, tu boca… Y seguir más allá también, reteniendo en mi mente cada rincón de tu cuerpo. Estaba pendiente de cada palabra tuya, de cada gesto. Vivía exaltado, sin paz, no me lo cuestionaba, simplemente me dejaba llevar, aunque por momentos, sentía un poco de miedo. Tardé en darme cuenta que estaba enamorado. Tal vez… la primera vez que lo pensé, que lo elaboré, fue cuando tuve miedo de que estuvieras con otra persona. Con ese abogado que te andaba atrás, que te buscaba descaradamente. Me di cuenta que eso no podía ser otra cosa que amor. Imaginarte con otro… me volvía loco. Aún sigo sintiendo lo mismo. Cuando pienso en el tiempo que estuvimos separados, ese largo año que me creías muerto, las imágenes que me vienen a la cabeza no son de mi reclusión solitaria y espantosa, del miedo y la angustia que me acompañaron durante esos meses interminables, lo que me viene a la mente son imágenes tuyas… acompañado. Revolcándote con otros, compartiendo tu cuerpo, diciendo palabras de amor en otros oídos, siendo acariciado por otras manos.
-Basta, Pedro, suficiente. No entiendo hacia dónde vas.
-Dejame hablar, querías ser mi psicólogo, ¿no es cierto? Entonces escuchá todo lo que quiero decirte. Tengo que lidiar con esas imágenes… porque aunque no hayas tenido la culpa… pasó. No puedo borrarlas. A veces, me pregunto si yo hubiera hecho lo mismo. Si te hubiera creído muerto, ¿podría haber estado tan pronto con otros hombres? ¿Así, tan fácilmente, borrando tus huellas de mi cuerpo, reemplazándolas por las de otras personas?
-No fue de esa forma. Yo no te reemplacé, no dije palabras de amor. No quería borrarte. Intenté… calmar el tremendo vacío que sentía mi cuerpo. Me equivoqué. No podía.
-¿Ves? Separaste tus sentimientos de tus necesidades corporales.
-No eran simples necesidades corporales, Pedro. No lo ensucies tanto. Ni lo simplifiques. Mi cuerpo estaba destruído tanto como mi alma. Quería darle un poco de vida, no sé ni cómo carajo explicarlo. No se trataba de sexo. ¿Por qué terminamos hablando de ésto, para tapar lo que está pasando? Pensé que ibas a contarme lo que te pasa, no lo que sentís con lo que a mí me pasó hace ya tanto tiempo.
-El amor es una cosa muy grande, Guille. El que yo siento por vos, no lo siento por nadie. La atracción, éso es otra cosa. No puedo jurarte que no me pueda haber sentido atraído por otras personas… En ocasiones, uno se desvía un momento, mira hacia el costado, y descubre algo que le llama la atención. Es sólo un vistazo fugaz, un cometa que cruza el cielo y desaparece. Nada importante.
Guillermo lo mira, espera que continúe. Pero él se queda callado, alargando un silencio que se hace demasiado largo.
-¿Y…, qué más?
–¿Que más querés que te diga? Creo que ya expresé lo que sentía…
-Mirá… Pedro. No puedo prometer cambiar lo que está mal en mí. Reconozco que hay algo que está torcido. ¿Por qué? ¿Desde cuándo? No sé. Me propuse cientos de veces callármelo, guardarlo en lo más profundo, esconderlo de vos. Y no puedo, no puedo. ¿Y sabés qué creo? Que cada vez va a ser peor. Tal vez lo más indicado sea… no dejar que ésto siga creciendo. Parar antes que el mal lo destruya todo. Es como un tumor que se va a propagar a las partes sanas, ya viví una situación parecida en mi matrimonio, me hacía el tonto y dejaba que las cosas siguieran creciendo, y cuando me quise dar cuenta, todo se había convertido en un infierno. No quiero repetir errores. Yo tenía necesidad de estar con otras personas… Ana lo aceptó, pero por fuera, para no perderme. Eso minó nuestra relación. Era un acuerdo tramposo. ¿Querés algo como éso para nosotros? ¿Que yo acepte que se te desvíen los ojos cada tanto, que me conforme pensando que es algo fugaz, pasajero? No, Pedro. Te dejo libre. Sos muy joven, tenés necesidad de probar, de experimentar. Yo… no quiero sufrir más de lo que estoy sufriendo. Fui un iluso que pensó que ésto podía durar, que podía funcionar. Esta mesa tiene las patas chuecas, nunca se va a equilibrar.
-¿Me estás dejando? –Pedro se levanta y lo mira con un desconcierto absoluto, dolorido-. ¿Creés remotamente que lo voy a aceptar? ¿Todo por una estupidez, por algo que no pasó, por tus miedos a lo que pueda suceder en un futuro imaginario?
-Lo que no pasó hoy… va a pasar mañana, o pasado. Cuando sea. Más pronto que tarde, porque como me dijiste hace un tiempo, a vos no te gustan las cosas fáciles. Esta relación se va a desgastar, te va a parecer que tiene gusto a poco. Y cuando eso pase, me vas a hacer mierda, Pedro. Más tiempo pasemos juntos, peor va a ser para mí.
-Lo que me estás diciendo es una boludez, no puedo creer que se te ocurra que puede ser mejor estar separados… Después de todo lo que vivimos prefiero estar muerto que perderte, Guille. Y no son simples palabras. No voy a aceptar que te vayas.
-Pero me voy a ir igual, Pedro, quieras o no. Hoy tengo las fuerzas para hacerlo, no sé si mañana podría. No me lo vas a poder impedir.
Se levanta y cierra el bolso. –Otro día vengo y junto lo que falta. Con esto me alcanza para quedarme en un hotel. No me llames… ya hablamos todo lo que hacía falta hablar.
Pedro levanta la vista, tiene los ojos perdidos tras un velo de lágrimas.
-Si te vas, me muero. No es una amenaza.
-No me presiones. Tomémonos un tiempo… miralo así. Va a ser más fácil de soportar.
-Guille… no te voy a permitir que me dejes. Si me tengo que arrastrar, pedirte perdón de rodillas, hago lo que sea, pero no te vayas! Por favor….
Levanta el bolso y se pasa la correa por el hombro. Lo mira y sin decir nada más, se da media vuelta. Pedro se levanta y lo agarra del brazo, se aferra a su espalda.
–No me dejes, mi amor, no lo hagas… me muero. No me mates…
Guillermo siente que la fortaleza se le va desarmando de a pedazos, cada ruego, cada lágrima, es un misil directo al corazón. Pedro tiembla, llora y le suplica mientras lo aprieta tan fuerte que apenas lo deja respirar. –No te vas, no te vas…
-Basta, por favor dejame ir… me quiero ir.
Pedro lo suelta y se pone frente a él.
–Si te vas ahora… no vas a verme nunca más.
-No seas inmaduro, por favor.
-¿Yo soy el inmaduro? Yo te estoy diciendo que te amo, que quiero vivir con vos, que no importa nada nada más que esto que sentimos, y vos te escudás en tus miedos y tus inseguridades, para decir adiós, vos sos muy maduro ¿No…? Abandonás el barco por miedo a que algún día, tal vez, se pueda llegar a hundir. Sos un cobarde de mierda, ¿No te das cuenta que me estás matando?
Pedro se cubre la cara con las manos. Su cuerpo se estremece por los sollozos, no puede parar, siente que se va a morir ahí mismo delante de ese hombre que no hace nada por impedirlo.
Guillermo estira la mano y roza apenas su pelo, sin llegar a tocarlo. Pedro no puede sentir la sombra de esa caricia, está estremecido de angustia, totalmente quebrado.
Finalmente retira la mano y haciendo un desgarrador esfuerzo por no caer también, se aleja de él, cruza el departamento y se detiene ante la puerta. Se da vuelta y mira el lugar que fue durante tantos meses el refugio de su amor. Un escalofrío lo recorre entero, una mezcla de dolor, culpa y arrepentimiento. Intuye que no podrá mantener las fuerzas mucho tiempo más. Antes que sea demasiado tarde para escapar, toma un último impulso, abre la puerta y se va.
Continuará.

