
“NARCOS” - Libro de anclaje: “La Reina del Sur” de Aturo Pérez Reverte
CAPÍTULO 1
México - Sinaloa. Martes 16 de septiembre, 2014. - 10:45
De fondo sonaban lentos en inglés. A pesar de los años que habían transcurrido desde su llegada a ese país de América del Sur, nunca se había acostumbrado a su música. Detestaba los corridos en todas sus formas y no solo ese estilo de música, sino muchas de las costumbres del lugar. La magnificencia en la que vivía había conquistado su conformidad en algunos aspectos, pero no en todos.
Pasó la mano por su cabello y se balanceó al ritmo de la música sensual mientras bebía su café; negro, aromático, hecho de granos recién molidos… Esa era una de las cosas que en contrapunto a algunas tradiciones de ese país extranjero lo habían conquistado. El café. La opulencia. El tequila, el mezcal, el tapache. Las mujeres con ese acento diferente… Las quesadillas, los camotes dulces con manteca y miel, las fajitas rellenas y los burritos de carne.
La casa estaba construida sobre el piso fuerte de Culiacán, al noroeste de México. Culiacán no solo era la capital, sino la ciudad más poblada y extensa del estado de Sinaloa. Tenía seis habitaciones, jacuzzi interior, estaba impregnada de lujo y repleta de botellas del mejor champagne francés.
Extasiado, se preparaba para lo único que sabía hacer -además de disfrutar de la exuberancia en la que vivía- cuando escuchó la aeronave sobrevolar la casa, y el aire se frenó en sus pulmones.
Sustentada y propulsada por los rotores horizontales, las hélices cortando el aire, ese sonido ensordecedor. No necesitó ver el aterrizaje del helicóptero para saber que lo iban a matar. Lo supo con tanta certeza que por inercia y en contrapunto con el plan, tantas veces y tan meticulosamente hablado, corrió hacia el amplio ventanal que daba al frente de la casa. Esa imponderable meseta de césped que podía permitirles el placer de llegar por el frente, amedrentando como siempre, sintiéndose victoriosos antes de tiempo.
Recordando las palabras que Franco tantas veces le había repetido, se volvió sobre sus pasos, tomó rápidamente su celular, el arma, los documentos, todo el dinero que estaba en la casa, las llaves de las que dependía su vida y corrió hacia la salida trasera.
El pánico se hizo presente tomándolo de improviso, un terror frío le recorrió el cuerpo. Si estaban ahí, eso significaba que Franco estaba muerto.
Respiraba agitado mirando hacia todos los ángulos. Con el arma en las manos se ocultó silenciosamente en un rincón cercano. “Lo más cercano posible a la puerta que da a la parte trasera de la casa. “ Tal como él le había repetido cientos de veces. “Si eso pasa, vas a estar solo, no voy a poder protegerte. Esa vez, vas a tener que hacerlo solito. “
Pensó en Franco y los ojos se le llenaron de lágrimas que le dificultaron la visión. Recordando la palabra de honor que había dado, las arrasó con el puño y centralizó la perspectiva. Ese no era el momento de pensar sino el de actuar. Solo tenía que ejecutar ese plan que habían armado juntos, mucho tiempo atrás.
Si alguna vez, algún día, esto que estaba pasando pasaba, tratar de sobrevivir se convertiría en una realidad insoslayable. Así lo habían hablado. Bueno, en realidad, así se lo había advertido Franco. “Tratar de huir en auto, es lo mismo que ponerte las esposas y esperarlos atado al barral de la cama. Antes de intentar escapar sobre ruedas, es mejor suicidarse. Si hay una chance de escapar, es a pie.”
Nadie conocía la geografía de ese lugar alejado y frondoso que desembocaba en un bosquecito improvisado repleto de árboles, lo suficientemente amplio como para poder ocultarse. Pero no iba a ser fácil.
“Los Narcos no perdonan, Pedro. Vas a tener que correr muy rápido y sin detenerte a pensar. Pensá después, cuando ya estés a salvo.” Por eso corrió. Corrió lo más rápido que pudo. Tenía que llegar a la otra casa, la segura, antes que los coyotes lo encontraran. La que todos suponían que existía, pero nadie, absolutamente nadie sabía dónde estaba. Ahí estaba su seguro de vida, si era que existía… El dinero, todo el dinero. Documentos falsos, armas, municiones y “la agenda”. La agenda y en ella, teléfonos, direcciones, notas, datos de pistas clandestinas en distintos lugares de México y Baja California. Amigos y enemigos.
“Esa, por tu bien, ni la mires. Prometeme que no la vas a mirar.” Escondiéndose entre la frondosidad del lugar, se detuvo un instante para tomar aire. Bien oculto se permitió unos minutos para oxigenar y para ordenarse. Con lágrimas en los ojos rememoró la casa y la vida que acababa de abandonar…
Antes de salir, había observado por última vez las paredes perfectamente pintadas, los cuadros elegidos con precisión y buen gusto, el lujo que lo había rodeado. Franco… Solo recordar su nombre lo quebró en un llanto que le podía costar la vida. Había pasado los mejores años de su vida junto a él, pero no tenía tiempo para saber cómo se sobrepondría a la idea de haberlo perdido para siempre.
Todo había llegado a su final… Todo había llegado a su final a menos que… Se rió de sí mismo. Eso sí que iba a ser difícil… Todo había llegado a su final, a menos que lograra la protección de “El Rey”.
“Esa, la agenda, puede ser tu seguro de vida, pero no la mires. Lo llamás a “El Rey” y se la ofrecés a cambio de tu pellejo. ¿Está claro Pedro? No la tenés que mirar… Prometémelo por Dios y por la Virgen, como nos enseñó mamá”
Su hermano estaba muerto y si no quería seguir su camino no era tiempo de lamentos sino de actuar, fría y serenamente.
Siempre había pensado que Franco exageraba, que esas cosas solo pasaban en las películas, pero nunca en la vida real. Cuando él insistía en hablar de esos temas lo escuchaba por el temor que veía en sus ojos y que hasta el día de la fecha, creyó un temor sin sentido.
“¡Bajá de las nubes, Pedro!” Le había dicho más de una vez. Pero él era escritor. Nadaba en la ficción y en el lujo que le permitían las actividades ilegales de su hermano, que en Sinaloa eran tan comunes, que uno solía cometer el error de olvidarse que no eran legales.
Nunca pensó que esto, de verdad podía pasar. Siempre creyó que todo lo que su hermano le advertía era parte de ese problemita que tenía con su personalidad y que seguramente lo había llevado a donde estaba. Le gustaba demasiado hablar de más, entre otras cosas.
Pedro siempre había pensado que todo eso no era más que una novela que Franco tejía en su cabeza, pero ahora que todo se había vuelto tan real, tan concreto, supo que durante años había vivido en una nube, una nube que se había desintegrado en cuestión de segundos y que no solo lo había estampado contra el suelo, sino que lo había despedazado.
Su hermano estaba muerto y él le seguiría los pasos en cuestión de horas si no hacía las cosas tan exactamente bien como estaban planeadas. Estaba tan asustado que le costaba distinguir si ese sonido ensordecedor provenía del aire, de ese maldito helicóptero que no paraba de sobrevolar el lugar o de su pecho. Sabía que era necesario serenarse, pero el corazón pateaba desde adentro con fuerza y sentía su respiración, a cada minuto, mas descontrolada.
“Así que esto es lo que se siente cuando se está al filo de la muerte. Una maldita mierda que ya no sabés si no querés que pase, o que pase de una chingada vez.”
Escondido en la densidad del follaje la imagen de Franco volvió a él, recordó que estaba muerto y tomó consciencia que nunca más lo iba a volver a ver. Un sollozo subió hasta los labios, pero inmediatamente supo que ese no era el maldito momento de llorarlo. Era inútil desesperarse por otra cosa que no fuera el momento concreto de deshacerse de ellos y llegar a la otra casa. Por otra cosa que no fuera inspirar y exhalar, y los setenta latidos por minuto que mantendrían a su corazón con vida. Se persignó tres veces y se encomendó al cielo, una plegaria hecha más por protocolo que por convicción. Ya no creía en nada. El mundo que su hermano mayor le había construido se había derrumbado en segundos.
De pronto, de la nada, sintió el estruendo. La nave sobrevolando sobre él y ese “ratatata” de las ametralladoras disparando desde el aire. Volvió a correr como un animal salvaje que por instinto trata de salvar su vida. Estaba confundido, aturdido por los ruidos, un poco desorientado, pero finalmente lo encontró. Ese refugio casi subterráneo que habían cavado juntos. Una cueva cubierta por planchas reforzadas de blindaje duro capaces de soportar los calibres de fuego más pesados. Se deslizó por el hueco y sintiéndose un poco a salvo, cruzó los brazos, apoyó su cara sobre ellos y dejó salir el llanto que ya casi no lo dejaba respirar.
Se quedó más tiempo del que era necesario. Hacía horas que no se escuchaba un solo sonido que no fuera el del roce del viento contra el ramaje de los árboles y el vuelo de algunas aves, pero no se atrevía a salir.
Cuando el sol comenzaba a ocultarse, tomó coraje y salió de su escondite abrazado a ese costal que contenía lo imprescindible para sobrevivir.
Al llegar a la calle, se detuvo indeciso. Como la presa que sabiéndose en riesgo, olfatea al cazador. Pero estaba empezando a oscurecer y eso jugaba a su favor. Le esperaba un largo camino.
“Olvidate de los amigos”, le había dicho Franco. “Ese día vas a estar más solo que al nacer”. Apretó la bolsa contra su pecho y empezó a caminar. Aun sentía ese repiquetear en sus oídos. El helicóptero, las ametralladoras… Latidos ensordecedores y monótonos que se sumaban al ruido del tránsito. Caminó lento y como Franco le había enseñado, de manera inversa al sentido vehicular. “Para que no te agarren por la espalda, manito. Y ojo con los “amigos” que se puedan acercar en ese día, cuando esas cosas pasan, podés esperar más de los enemigos que de los amigos. Si eso llega a pasar, no confíes en nadie más que en “El Rey”. Ese sí que tiene bellotas y códigos de honor, eso sin nombrar que acá se lo respeta a rajatabla… Por algo es “El Rey”. De los demás nunca se sabe. Tal vez se te acerque alguien que conozcas, alguien en quien confíes, pero en algún momento vas a notar algo extraño en su mirada, algo que no está donde debería estar y después vas a estar muerto. Aunque eso siempre es mejor a que te lleven con vida.”
Recorrió siete cuadras sin mirar atrás, dobló a la izquierda y se detuvo a observar si lo seguían, palpando el arma que llevaba metida en la cintura. No vio nada que sugiriera peligro. Siguió caminando. Compró cigarrillos y un encendedor, se quedó fumando y pensando en plena calle. Tenía que llegar a la otra casa, donde estaba su seguro de vida.
Por momentos avanzaba, por momentos se detenía… Si Franco estaba muerto, ¿por qué no esperar que lo encontraran y seguir sus pasos? Huir de esa manera era denigrante, pero recordó algunas de esas anécdotas que su hermano le contaba acerca de las venganzas de narcos y estuvo seguro que era mejor intentar escapar, morir con un disparo por la espalda, a dejarse hallar con vida. Tenía que llegar a la otra casa, a la segura y no tenía mucho tiempo. Pero algo se revolvió en su estómago y tuvo que detenerse a vomitar.
Recorría las calles con la boca seca y el miedo en los ojos. Lo mejor que le podía pasar era morir a ser encontrado con vida, esa sí que la tenía clarita como el agua. Caminaba volviéndose de tanto en tanto para mirar atrás…
En una esquina, dejó el paseo central y se internó calle abajo. La otra casa, la segura, estaba a pocos metros, en el segundo piso de un edificio de departamentos. Subió la escalera tratando de no hacer ruido, metió la llave en la cerradura y abrió con temor. Recordó las palabras de su hermano. “Nunca entres descuidado. Alguien podría haberla descubierto. Y si “eso” pasara, eso de lo que hablamos… Manito, si me agarran con vida nunca sabré cuanto podré callar. Voy a tratar de aguantar el tiempo necesario para que desaparezcas, pero no te prometo nada.”
Sacó el arma y entró sigiloso, caminando como un gato sobre la cornisa. La recorrió palmo a palmo con el corazón en la boca y el arma entre las manos. Estaba solo. Abrió la caja de seguridad y con urgencia tomó casi todo lo que había en ella. El dinero, documentos falsos, un arma de guerra y las municiones. Desechó la bolsita de suspiros blancos, no consumía cocaína. Tomó la agenda y sin saber porque, al hacer contacto con ese cuero marrón, un destello electrizante le recorrió el cuerpo, como cuando algo está escrito y no hay nada que uno pueda hacer para evitar ese destino.
“Ojo manito, cuando te buscan te encuentran. No pierdas tiempo sentándote a llorar.” Le temblaban las manos mientras metía todo en la bolsa que traía con él. Todo menos el arma, a esa se la calzó en el pantalón. La que traía con él era buena, pero esta era mejor y además tenía municiones. Con la otra se podía defender, con esta era imposible fallar. Guardó el arma con la que había entrado en la bolsa para tenerla a mano, pero la otra se la pegó a la piel.
Abrió la agenda solo para buscar el número de “El Rey”, pero una foto de él y de Franco cuando eran aun niños saltó desde adentro como dejándole un mensaje. Inclinó su rostro y sintió las lágrimas calientes resbalar por su barbilla, terminando el recorrido sobre sus manos. Con los ojos empañados miró por la ventana, la oscuridad era absoluta. Lo único claro era que tenía que irse ya y buscar a “El Rey”.
Se cargó el morral al hombro y cuando estaba por salir, sintió el ruido de la puerta abrirse.
_Mirá a quien tenemos acá… Al hermanito_ Su sonrisa de metal, las manos en los bolsillos, los ojos vidriosos.
_Yo no sé nada._ Pedro se aferraba a su bolso y a su vida como podía.
_”Yo no sé nada.”_ Se le rió en la cara. _ ¡Claro, lo imagino! _ La sonrisa se le agrandaba en ese rostro espantoso. _Ya perdí la cuenta de los que aseguraron “no saber nada” _No era solo un sicario, un tipo cualquiera asignado a terminar con su vida. Era el Gato.
Lo reconoció porque una vez Franco le había mostrado una foto suya. “De ese sí que hay que cuidarse, manito. No sirve para nada, hasta para traficar es un inútil, pero como asesino es el mejor, tiene hielo en la venas. Le da lo mismo si son hombres, mujeres o niños. A este sí que lo desprecio con toda mi alma, Pedro. Este se gana el dinero sin exponer el pellejo, este hijo de mil putas come del pellejo ajeno y no conoce la piedad. Tiene un alma tan fea que en comparación, su cara te resultaría hermosa.”
El Gato seguía apoyado en la puerta, ancho y moreno. _Te vas a morir de la misma manera que tu hermanito. _Había sacado las manos de sus bolsillos. _ Te vas a morir igual que esa rata nauseabunda…
No pudo seguir hablando. Pedro ya no era el mismo Pedro que había huido de aquella casa lujosa esa mañana de septiembre casi una hora antes del mediodía.
Extrajo el arma que había encajado en su pantalón y le disparó directo a la cara. Con esa no se podía fallar. El ambiente se impregnó de olor a pólvora y el estruendo seguía retumbando en las paredes. Lo vio caer tomándose la cara con las manos, entre los dedos saltaban chorros de sangre que alcanzaban sus ojos desorbitados. Lo observaba impasible con el arma preparada para un segundo disparo si con el primero tan certero no hubiese alcanzado, pero no hizo falta. En cuestión de segundos vio la luz apagarse en sus ojos, su cuerpo inerte tirado en el piso y la sangre que había dejado de derramarse. Estaba muerto.
Por primera vez en su vida acababa de matar a alguien, pero lejos de sentirse culpable, esquivó como pudo el charco de sangre que había provocado, abrió la puerta de calle y dejando su pasado y su inocencia atrás, corrió una vez mas, se alejó de todo eso que ya no le pertenecía y llamó al “El Rey”.
CONTINUARÁ


