
Dedicado
a Guillermina J. Belardi Trotta Standke (con mucho amor).
***
Ese
día se levantan tarde y deciden desayunar directamente en el estudio. Mientras
Guillermo pone a calentar el agua para los mates, Pedro escucha pacientemente a
Cuca que le lee su versión del oráculo moderno, el horóscopo de la última
página del diario.
-PISCIS…
Amor: La clave del éxito en la convivencia está en la tolerancia por parte de
ambos en la pareja. No hay recetas mágicas. Riqueza: Sientes que tu trabajo no
te satisface, ya no te provoca el mismo placer que antes. Es hora de buscar
nuevos horizontes.
-Mmm
en eso la pifió. Seguí Cuca…
-Bienestar:
Para estar bien contigo mismo, es necesario recorrer un camino interior donde
puedes encontrar cosas buenas y malas. Conócete a ti mismo. Sorpresa: Descubres
que tu pareja guarda secretos en su pasado.
-Ambiguo
pero bueno, zafa… y vos, Guille querés saber qué te depara el destino hoy? –le
pregunta en tono de burla anticipando que lo mandará a freír churros.
Guille
se detiene con el termo bajo un brazo y el mate en la otra mano.
-Traé
los bizcochitos, cielo… a ver Cuqui, ¿cuál es mi pronóstico de hoy?
-No,
no es el pronóstico es el horóscopo… -Guille se ríe con ternura-. A ver, vos
sos Cáncer… Amor: Alguien muy cercano te está seduciendo. Te llama la atención
la idea de una aventura, pero tú estás en pareja. Piensa antes de hacer algo.
Pedro
se detiene en el umbral y se da vuelta a mirarlo con expresión interrogante.
Guillermo alza las cejas y se disculpa. –Yo no lo escribí, amorcito, no te
enojes. Dale, tía, que tengo que hacer.
-Bueno...
–prosigue Cuca con parsimonia-. Riqueza:
No te guíes por los consejos de los demás, toma las decisiones en base a tu
experiencia, tu instinto y tus convicciones. Bienestar: Estás pasando por una
situación de stress que puede afectar tu salud, busca opciones de entretenimiento
para salir de la rutina. Una cena, una película u obra de teatro pueden obrar
milagros en tu ánimo. Sorpresa: Alguien que hace años que no ves regresa a tu
vida.
…
Guille
ceba el primer mate y hace un gesto de disgusto. –Ay, quema como la mierda… a ver,
alcanzame los bizcochitos. Viste, Pedro… es una boludez eso del horóscopo, lo
que hoy te lo ponen a vos, mañana a mí, pasado a Cuca, se van alternando para
que no sea tan evidente que es pura charlatanería… es un aleatorio. Seguro que
lo tienen programado en la computadora.
-No
sé mi amor… por ahí la pegan en algo, pero tenés razón, es puro bla bla.
-Sin
ir más lejos, a vos te salió que estás descontento con tu trabajo y a mí que
alguien que hace años que no veo, regresa… ésto es imposible que te lo pueda
anticipar un horóscopo… mandan cualquiera.
-En
dos cosas acertaron… que estaría bueno que hagas algo especial para salir del
stress de la rutina y en que… guardás secretos en tu pasado… -dice mirándolo
con los ojitos entornados.
-Si,
tenés razón, voy a ver qué puedo organizar para distraernos… -y mientras
mordisquea un bizcochito teclea muy concentrado en la computadora.
-No
te hagás el boludo, contestame.
-¿Qué,
amorcito? –le dice haciéndose, obviamente, el boludo.
-Qué
secreto de tu pasado guardás. Hablá antes que empiece a pensar que me escondés algo...
-Mi
amor… yo escondo muchas cosas, tené cuidado –le dice alzando las cejas y apuntándole
con el dedo.
-Evasor…
-Tontín!
–y ahí los dos aflojan y largan la carcajada.
…
Golpean
la puerta del despacho. Pedro se levanta a abrir, seguramente debe ser el
cliente que esperan para media hora después que se adelantó. Abre y la vista
sigue de largo, no hay nadie allí. Alguien carraspea y entonces baja la mirada
en un ángulo de 45º y lo vé. En un
primer momento se siente tentando a largar la risa, pero se contiene por
educación, lógicamente. Le mira las orejas buscando encontrar las terminaciones
en punta de los hobbits pero aparentemente las tiene redondas, como todo el
mundo. El hombrecito le pregunta con una vocecita aflautada y vacilante.
-¿Se
encuentra el doctor Graziani?
Pedro
se hace un lado y deja que Guillermo conteste por él.
-Pero
hombre, pase, adelante… -se levanta y le da la mano a través del escritorio.
-Acá
le traigo, doctor, como le prometí. No es un palco porque ya están todos
ocupados con los abonos pero la ubicación es inmejorable. Décima fila, al
medio. Es para esta noche, espero que la pueda aprovechar porque no se repite
muy seguido. Es una función especial.
Guillermo
mira el papel que le da el hombrecito y acto seguido le toma las manos,
agradeciéndole calurosamente. Le promete que al día siguiente pasará a abonarle
las entradas. Cuando vuelven a quedarse solos, se sienta y comienza a tipear en
la computadora.
-A
ver… Enrico Tornatore… pero mirá vos… es una eminencia, el tipo.
-No
me contaste que habías reservado boletos para la Ópera…
-No,
es que este hombre tiene un hermano que trabaja de ordenanza en el Colón y yo
hace un tiempo le comenté, al pasar, que me gustaría mucho ir a una función.
Mirá que justo… me aparece eso de que tengo que salir, en el horóscopo, y viene
este hombre con dos boletos… las casualidades existen, no?
-Le
veo cara conocida.
-Es
el canillita del kiosko de Tribunales.
-Ah… Y decime, a esa función, no hay que ir de gala,
no?
-Por
supuesto que sí, mi vida. Es una función especial, el maestro Tornatore culmina
en nuestro país la gira internacional que lo llevó por Asia, Europa, América y
que conmemora sus cincuenta años de director de orquestas como la Sinfónica de
Boston y la Opera Garnier de París, -lee en Wikipedia-. Lo acompaña… -busca en
las entradas- la Orquesta Filármonica de Viena… la puta. Leí en una noticia que
vienen diplomáticos de países vecinos, es muy importante este tipo. Qué suerte
que tuvimos, Pedro.
-Pero
justo hoy que tenemos una reunión a las cinco… te parece que llegamos?
De
más está decir que el resto de la jornada se conecta al 220 y despacha todo
como un verdadero correcaminos, mientras consulta en internet de reojo cosas
que Pedro sospecha que tienen que ver con la función de la noche. A las seis y media de la tarde, terminan y
parten velozmente a casita para aprontar la ropa que usarán. Pedro elige en
cinco segundos, traje gris topo, camisa y moño negro, pero Guille se demora más
de media hora en decidirse por uno. Saca los mejores y los apoya sobre la cama.
Los mira con ojo crítico, se los prueba, ensaya distintas combinaciones. Putea
cuando tiene que descartar alguno, ya sea por un hilito salido o un botón
perdido. Finalmente el elegido es uno negro que va a usar con camisa blanca y corbata
negra. Austero y elegante.
-¿Cómo
me queda, me ves bien? –le consulta a Pedro no muy convencido.
-Estás
divino mi amor… Y yo, como estoy? –le pregunta dando una vueltita seductora.
-Ay,
cielito… estás más rico que un sacramento relleno con dulce de membrillo… te
comería de un bocado –dice con los ojos encendidos.
Pedro
se pavonea encantado, sabe que Guille ya está empezando a calcular las horas
que faltan para regresar y quitarle esa camisa con los dientes. No hay maestro
ni filarmónica que puedan distraerlo de su perdición. Para su sorpresa,
Guillermo agrega: -Pero nos espera algo más importante, amorcito mío. La
función del Año… no perdamos tiempo, vayamos ya!
Cuando
bajan del remise, se quedan anonadados ante la larga cola de gente que espera
para entrar. A Pedro lo apabulla tanto despliegue de oro y alhajas, se siente
transportado a otra ciudad, a otro país… es como si hubieran aterrizado en
París o Londres, no parecen estar pisando el mismo suelo que hace cinco
minutos. Caminando hacia la cola, Guillermo está tan entusiasmado que se le
adelanta unos pasos, Pedro más rezagado escucha al pasar algo que lo hace dar
vuelta repentinamente. Las últimas palabras que alcanzó a oír son “cara de
culo”, y no es que se sienta inclinado a darse vuelta por identificarse con
semejante epíteto pero le llama la atención el tono burlón y la voz gangosa del
que lo dice. No ve a nadie que sea candidato de haber lanzado el insulto, solo
más gente elegante bajando de autos y algún que otro abridor de puertas que
hace su rutina de trabajo. Seguramente
le habrá parecido.
Guillermo
ya alcanzó su lugar en la cola y le hace señas que se apure. Está eufórico y
eso que todavía ni entraron. -¡Mirá, con
tantos años que tengo y nunca vine a una función! Esto es histórico, Pedro… y
nada menos que con el maestro Tornatore y la Filarmónica de Viena… un lujazo!
Bien vale las diez lucas que nos gastamos.
-¿Queeeeé…!
¡No me digas que pagaste éso por un par de entradas… te volviste loco? ¡Con esa
guita nos íbamos una semana a la costa!
Guillermo
abre los ojos al tope, indignado. –¿Y vas a comparar semejante evento con una
semana de tortura física y mental en la playa, Pedro? ¡Qué herejía!
-Aflojá,
Guille… que tan mal no la pasaste cuando nos fuimos a San Bernardo, eh…? Bien
que te revolcabas feliz en la arena aquel día, cuando nos quedamos solos… otra
que “La laguna azul” fue…
-Shhhh
callate, desbocado… y mejor no me hagas acordar. Quisiera saber quién fue el
hijo de puta que nos afanó la ropa que dejamos en la playa. No puedo ni pensar
en que nos hayan sacado fotos cuando salimos por fin del agua…
-Si
es así, todavía se deben estar riendo… mirá que tratar de taparte las bolingas
con un caracol de mar… solo a vos se te ocurre.
-Pedro,
nunca más, ¿me oís? Nunca más piso una playa. Ni en ésta ni en las siguientes
cinco vidas. Salvo que en alguna nazca medusa, conmigo no cuenten.
La
cola, por suerte, avanza rapidísimo. Una señorita muy elegante los acompaña
hasta su asiento. Fila diez, al centro, ofrece una vista privilegiada no solo
del escenario sino también de todo el teatro, palcos incluídos. Pedro se
maravilla de la majestuosidad del lugar. Empieza a parecerle que no fue tanto
el gasto, después de todo. Es un momento mágico y tal vez no se vuelva a
repetir. Guillermo observa a su alrededor fascinado, no deja de moverse
inquieto y de mirar la hora todo el tiempo, ansioso porque empiece la función.
-¿Te
conté que se gastaron como cien millones de dólares en restaurar todo el
teatro? Hay visitas guiadas todos los días, podríamos venir, no?
-Claro,
Guille.
-Mirá
lo que es esta cúpula… sabés, las pinturas que estamos viendo no son las
originales, estas fueron encargadas al maestro Soldi en la década del sesenta…
no es una maravilla? El escenario tiene un disco giratorio que puede accionarse
eléctricamente y cambiar las escenas con rapidez… Y el foso de la orquesta… -ahí
Pedro desconecta el audífono cerebral y se limita a quedar en piloto
automático. Guille se pasó media tarde fisgoneando en internet averiguando
cosas del teatro, del maestro Tornatore,
de la orquesta filarmónica y hasta de la vida de cada tipo que compuso las
obras que van a interpretar. Es un bolazo descomunal. No ve la hora que empiecen
así se calla. Hasta tanto no llega ni su amor por el arte musical ni su aguante
por las pasiones de Guillermo. En un momento dado, o bien advirtió sus bostezos
o él mismo se aburrió y cambia de ocupación. Empieza a observar a su alrededor,
buscando gente conocida. Y en eso demuestra más pasión que con la instrucción
que le estuvo dando un rato antes.
-Mirá,
-le dice tocándole el brazo- allá adelante en el palco, esa no es Mirtha? Y la
que está sentada al lado me parece que es Susana…
-¿Qué
Mirtha? ¿Qué Susana? Ah, sí, me parece que sí…
Al
minuto… -Y aquél, el de la primera fila, no es
el coso éste, el del gobierno, cómo se llama…
-¿Cuál?
¿El pelado que no vino de traje? Si, me parece que es el que decís… -no tiene
idea a quién se refiere pero no le importa un carajo. Ya es la octava persona
que le pregunta si será o no.
La
suave música de fondo se detiene justo al mismo tiempo que Guillermo enmudece.
Parece que le hubieran estado poniendo la cortina musical a él. Se gira a
mirarlo y descubre que está pálido, blanco como una criollita que se desarmó en
la leche. Intrigado, sigue el curso de su mirada absorta y da con un palco. Sí,
Guillermo se ha quedado inmóvil, mudo y enfermo mirando un palco.
-¿Qué
pasa, amor… a quién viste ahora?
-No…
yo… no te puedo creer… maldito mundo pequeño…
-¿Qué,
algún cliente coñazo? No te preocupes, enseguida apagan las luces y no lo ves
más.
-Pedro…
-dice apretándole el brazo- mirá allá… en el palco más bajo, el que le sigue al
de Mirtha… el tipo ese con el gato al lado… el gordo de barba. ¿Lo ves?
Mira
y reconoce el tipo que le está marcando. Es un individuo bastante llamativo, no
solo él sino también la vedetonga que lo acompaña, una mina enfundada en un
estridente vestido rojo y pieles que no se ven nada sintéticas.
-Sí,
el que se parece a Pavarotti… Pavarotti antes de hacer dieta –agrega un poco
sorprendido de las proporciones del pobre hombre.
-Ése,
el gordo choricero ése… el que ocupa como tres asientos… lo conozco, Pedro… por
desgracia lo conozco.
Pedro
se da cuenta que Guille está profundamente conmovido pero no entiende por qué.
Si no fuera por el lugar, pensaría que se trata de algún ex convicto que mandó
a la sombra, o algún tipo que lo estafó. O tal vez algún corrupto de esos que
pululan por la vereda de la “ley”. Todo puede ser, todo menos lo que escucha a
continuación.
-Es
un ex compañero de colegio, de la primaria… no lo veo desde hace… cuarenta
años… y justo me lo tengo que encontrar acá. Uy… tenía razón el horóscopo de
Cuca… una persona que hace años que no veo… es él! Es creer o reventar.
-¿Un
compañero? ¿Y por eso te hacés tanto problema? Relajá, amor, no puede ser tan
grave.
-¿No
puede ser tan grave? No tenés idea lo que estás diciendo, Pedro… mi vida fue
una pesadilla por culpa de ese gordo. Ya me había olvidado… uia… me siento un
poco mareado…
Pedro
lo mira preocupado. Alarga la mano y trata de aflojarle el nudo de la corbata
para que respire mejor, no le gusta nada esa reacción que está teniendo. Qué
exagerado, piensa. Guillermo le quita la mano.
-El
gordo Secondi… la puta madre que lo re mil parió. Me olvidé que existían
personas como él en este mundo. Cuarenta años… y miralo. Desde primero de
secundaria que no lo veo… repitió como tres veces y después abandonó. El muy
desgraciado a pesar de todo, progresó… era una bestia ignorante, no sabía ni
escribir bien la palabra bien. Le preguntabas cuál era la capital de Uruguay y
te contestaba Uruguayana. Vivía morfando y burlándose de todo el mundo… de
todos. Y si le contestabas, si te defendías insultándolo se iba lloriqueando y
diciendo “¡Qué le pasa a este loco!”,
como si él no hubiera largado el primer insulto…
-¿De
vos también se burlaba?
-¿De
mí, preguntás? De mí peor que de nadie… me tenía de punto el reverendo guanaco.
Ahora hablan del bullying como si fuera algo de este siglo… ya en los setenta
el gordo Secondi me hizo conocer lo que significa esa palabra… se ve que a la
noche, se dormía pensando qué nuevo apodo ponerme… todos los días inventaba uno
distinto. Cuatro ojos, olfa, granuja, pelapapas, “Desgraziani”, cara de
bragueta, putoski, linterna…
-¿LINTERNA?
-Si,
porque siempre le meten las pilas por atrás…
Pedro
abre los ojos azorado. –¿Ya eras puto de chico, vos?
-No
Pedrito… pero se ve que el gordo Secondi, además de sorete era adivino. ¿Te das
cuenta por qué me pongo mal? Vengo a pasar la mejor noche con vos, y me lo
tengo que encontrar a él… esto es ser yeta, no hay caso.
-Qué
yeta, qué decís… simple y sencillo, no mires más para allá. Fijá la vista hacia
adelante, al escenario.
Comienzan
a sentir el aprontar de los instrumentos detrás del telón. El flujo de gente es
cada vez más escaso. Las luces van bajando de a poco, ya se nota la inminencia
del comienzo de la función.
-Tenés
razón, no puedo permitir que este gordo salame después de cuarenta años me siga
torturando. Si no lo miro, no está. Ya pasó –dice y le sonríe con una amplia
sonrisa llena de buenas intenciones. Pedro le corresponde con otra igual. A los
quince segundos, lo escucha suspirar amargamente.
-¿Y
sabés que es lo peor? Que mi viejo me decía… quedate tranquilo, Guillermo, los
brutos como ese no llegan ni a la puerta en la vida… se quedan en el camino.
Vos vas a ser un profesional, te va a ir bien, vas a tener plata… y el boludo
ése ni a lustrabotas va a a llegar. Pobre viejo… cómo se equivocó, miralo a
este desgraciado… sentado en el mejor palco, con un traje imitación Armani y un
gato siliconado al lado que demuestra la tremenda cuenta bancaria que debe
tener. A veces hay excepciones… qué injusticia.
-Mi
amor, olvidate… pensá en nosotros, en esta bella gala…
-¿Y
sabés que me revienta más? Que seguro, si lo encaro, el muy sorete ni se
acuerda de mí… porque estos tipos no tienen memoria ni consciencia, no
registran lo que hacen.
-Guille,
pensá en la guita que gastaste…
-Tenés
razón. A la mierda el gordo puto ese, se acabó –rebusca en los bolsillos y saca
nuevamente el programa. Lee durante unos minutos y luego alza la vista y vuelve
a suspirar.
-Lo
único que falta es que me lo cruce a la salida. Te juro que si me lo encuentro…
-¡Ni
se te ocurra! ¡Llegás a hacer un escándalo y conmigo no cuentes más!
Tranquilizate o me levanto y me voy.
Se
ve que alza la voz al decir eso porque la gente que los rodea por delante y a
los costados se da vuelta a mirarlos.
-Sh,
Pedro, no te alteres… no es para tanto. Estoy haciendo catarsis, nada más. Mirá
que lindo… ya corren el telón.
El
público disfruta en silencio la exquisita interpretación de Fausto en manos de
la orquesta de Viena y la majestuosa dirección del maestro Tornatore. Al
finalizar el primer acto, el aplauso es atronador. Guillermo aplaude con poco entusiasmo, Pedro
lo mira de reojo y advierte que no mira hacia el escenario sino a un costado.
Al palco con el gordo Secondi.
-Pedro,
aprovecho el intervalo para ir un momento al baño. ¿Me acompañás?
Va a
decirle que no tiene necesidad cuando por el rabillo del ojo ve levantarse al doble
de Pavarotti y dirigirse a la puerta del
palco. Cambia automáticamente de respuesta.
-¡Te
acompaño!
Todo
marcha sobre rieles hasta que saliendo del baño, sucede lo que tanto temía. Se
cruzan al gordo que se había demorado en el hall hablando con unas
personas. Guillermo se le va al humo
como una mosca a la miel. O mejor dicho, como una mosca a un sorete. El gordo
Secondi lo ve venir y abre los ojos horrorizado. Se vé que, o Guillermo es muy
expresivo, o sigue siendo adivino el gordo. Pedro manotea para detenerlo pero
apenas alcanza a pellizcarle la tela del traje. Se le escapa por un pelito, y
es algo que lamentará por mucho tiempo.
-Ah,
pero qué pequeño es este mundo… cómo andás, pedazo de hijo de puta! Tantos años
sin verte… se ve que te fue muy bien en la vida… te morfaste todo, gordo! ¿Cómo
hiciste tanta guita? ¿Laburaste en Hollywood de papá de la ballena Willy… o
trabajás de catador de mortadelas en la fábrica Palladini?
El
tipo se queda más frío que un iceberg. Lo que Guillermo no sabe es que
justamente él, en ese momento, es una especie de Titanic que enfila
directamente hacia un bloque de hielo que lo va a hundir en el mar de la
ignominia. Sigue con los insultos y Pedro descubre que su amor tiene un
ilimitado catálogo de improperios, no entiende cómo puede inventar tantas
aberraciones.
-¿Te
acordás cuando te cagaste encima, gordo tetón? Le pedías a la profesora de
Historia que te dejara ir al baño y no te dejaba… al final, cuando sonó el timbre
y enfilaste para el baño ya era tarde! La baranda que quedó en el aula no la
podían sacar ni tirando una bomba atómica… tuvimos que tomar la clase el resto
de la semana en el aula de música… Y la vez que te pusieron las amonestaciones…
-ríe desaforado- la paja que te habías hecho con la profesora suplente… te
pescó el preceptor y casi te hace echar del colegio!
El
silencio que los rodea es sobrenatural.
La gente los mira alternativamente a Guillermo y al gordo, como en un
juego de tenis, esperando ver donde cae la pelota. El pseudo Pavarotti continúa
inmóvil y un río de sudor corre por los costados de su cara. Pedro ruega que no
se caiga redondo allí o el cráter que va a dejar insumirá otros miles más en
refacciones.
-Pero
sabés qué, gordo forro, todo se paga en esta vida… sabés lo que es el karmaaa?
–le dice apuntándole con el dedo-, es lo que te va a venir a cobrar todo lo que
hiciste, porque algún día, todo se paga! Por ejemplo, el yiro ese que llevás
pegado al brazo –el yiro está detrás del gordo, mirando la escena con cara de
espanto-. Ese esperpento te va a dejar más seco que una galleta marinera, te va
a dejar en bolas sin un peso, y encima con más cuernos que una manada de
rinocerontes, y ahí, ahí el universo se va a cobrar todo lo que me hiciste,
gordo pajero!
Acto
seguido comienza a reír histérico y Pedro ya no sabe si tomarlo de un brazo y
escapar del teatro lo más lejos que les den las piernas, o rendirse y caer al
piso chupándose el pulgar.
La
yirola comienza a llorar a los gritos, y un guardia se acerca a preguntar qué
mierda está pasando. Sólo que lo hace con elegancia. -¿Algún inconveniente,
señores?
Pavarotti,
extrañamente, apunta con la mano hacia Guillermo y le dice al guardia. -Questo
bastardo insulta me brutto! Mi ha
insultato… E la mia povera signora!
-¡Qué
decís, pedazo de gordo salame? ¡No sabés ni hablar castellano y te hacés el
europeo! ¡Andá a cagar!
Y
ahí es cuando en un arranque de locura psicópata, pero por sobre todas las
cosas, temeraria, se arroja contra el iceberg que lo va a mandar al fondo del
océano.
-¡Sorete!
-¡Mascalzone!
La
contienda termina en menos de un minuto. Afortunadamente, porque si los dejaban
cinco segundos más Guillermo salía en camilla rumbo al hospital… o la morgue.
Un grupo de guardias lo separa del grandote y lo arrastran de ahí con rumbo
desconocido. Pedro mira como se lo llevan y no sabe, una vez más, si sentir
pena por él o salir rajando, tomarse un remis y dejar que se vuelva solo como
David Banner en el Increíble Hulk, de castigo. Solo y con el voleo en el orto
que seguramente le van a pegar para que aprenda.
Tiene
que presenciar cómo todo un séquito de empleados y gente engalanada rodea a
Secondi intentando calmarlo. El muy cabrón sigue lamentándose en italiano,
haciéndose el ofendido.
Casi
se cae desmayado cuando escucha a sus espaldas. –Dios mio, qué problema… ¿y si
ahora nos declaran la guerra por atentar contra el Embajador?
-¿Embajador…
de qué? –pregunta Pedro metiéndose en la conversación.
-Es
el señor Embajador de Italia… el doctor Giovanni Espínola dal Ponte, conde de
Venecia. Y ex cantante lírico. Invitado especialmente para la función, junto
con su esposa, la actriz dramática Claudia Lorenzato… la actriz que acaba de
ganar un Globo de Oro… –le informa un tembloroso empleado.
Más
títulos y honores no pueden tener los muy desgraciados. Pedro comienza a silbar
bajito mientras enfila hacia la puerta. Con un poco de suerte nadie se avivó
que venía con él, con el loco que atentó contra el señor embajador y su señora
esposa. Sale a la calle, se sube el cuello del saco y espera apoyado sobre una
columna, a varios metros… en algún momento tendrá que salir Guillermo… más
pronto que tarde, piensa acertadamente.
Allí viene, con las manos en los bolsillos del pantalón, un evidente
chichón en la frente que seguramente se ganó cuando chocó contra el iceberg, y
mirando hacia el piso, muerto de
vergüenza. Apenas lo alcanza a Pedro y
sin detenerse le dice: “Busquemos un taxi ya”. Están haciendo señas a los autos
que pasan cuando a sus espaldas una voz gangosa y burlona larga un… -“¡Qué
hacés, “LINTERNA”, yo sabía que un olfa como vos iba a llegar alto”!
Se
dan vuelta al unísono y ven a un flaco panza caída que recibe un billete de dos
pesos de una viejita por ayudarla a subir a un taxi.
-¡Secondi!
–exclaman los dos a la vez.
-¡Qué
pequeño es el mundo, no, Desgraziani? –y corre a abrir la puerta de un taxi
para que suban.
FIN
***

