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domingo, 30 de julio de 2017

"LA FÓRMULA DE P Y G" - Cap. 5 - (By Luz)








Basada en un libro de Stormy Glenn.

Guillermo no podía creer la desfachatez de su gato... Mejor dicho, la de Pedro. 
- ¿No te gustaría que saliéramos a comer afuera Guillermo? - Preguntó Juan
- No puedo, estoy muy ocupado...  Tengo trabajo atrasado
- ¡Sí, salgamos Guillermo! Podemos ir a ese lugar con la letra roja en la bolsa, siempre he querido ir ahí. - Sin importarle que Juan lo hubiese dejado afuera, Pedro empezó a  babearse por el olor que recordaba de esas delicias especiales que Guillermo traía a casa.
- McDonald’s 
-¿Ese es el nombre? - Su entusiasmo era inmenso - ¡Sus papas fritas y hamburguesas son deliciosas!
- ¿Nunca has estado en McDonald’s? - Preguntó Juan asombrado
- Esa comida no es buena para  Pedro - dijo Guillermo para desorientar a Juan.
Pedro frunció el ceño - ¡Vos comés casi siempre allí! Traés bolsas a casa de ese lugar al menos dos veces a la semana 
- Cómo… ¿Ustedes no hacía poco que se conocían?
- Oh...!!!  Yo solo quería decir que ya había visto esas bolsas por la cocina de Guillermo
Pedro pegó una de esas sonrisas falsas en su cara, como las que había visto en Guillermo cuando estaba hablando con alguien con quien no tenía ganas de hablar
- Bueno… En realidad Juan, nos hemos conocido desde hace un tiempo - Guillermo hablaba mientras deliberadamente chocaba su hombro contra Pedro, esperando que el hombre pudiera mantener la boca cerrada o por lo menos  apoyara su historia - Aunque no fue hasta hace poco que Pedro empezó a venir a mi departamento - Añadió Guillermo haciendo que Pedro se sonriera hasta casi ronronear mientras se frotaba contra el cuerpo de su humano y eso se sentía muy bien
- ¡Pedro, dejá de hacer eso! - Se quejó Guillermo en su oído
La sonrisa de Pedro se hizo más amplia ya que podía sentir exactamente por qué Guillermo quería que detuviera el rose contra él. La prueba dura como una roca asomaba en la cadera de Pedro y él amaba que Guillermo tuviera esa respuesta 
- Mirá Juan…  Dejemos la comida para otro momento. ¿Te parece?
- Bueno Guillermo, espero que vuelvas mañana a trabajar... - Miró a Pedro con recelo... - Fue un gusto conocerte.

Juan se había ido y Guillermo miró fijamente a los ojos a Pedro 
- ¿Vos enloqueciste? ¿Qué te pasó? ¿Por qué te comportaste tan desubicado?
- ¿Yo desubicado? ¡El tipo se te regaló descaradamente! 
-  Pedro… ¿Y vos como sabés que se me estaba regalando? 
- Porque… eeee… se te insinuaba. Quería que fueras a comer con él  sin mí y lo más importante, dijo que me conocía y nunca me vio en su vida... como gato 
- Bueno, capaz que tenés razón en lo que decís, aunque eso no te da derecho a inmiscuirte en mi vida privada. ¿No te dije que no salieras del cuarto?
-  Si, lo dijiste... Pero te recuerdo que nunca te hago caso 
- Mirá, mejor me voy al laboratorio a ver qué puedo hacer, tratá de no molestar por un rato 
- ¿Mañana te vas a ir a trabajar...?
- No sé. ¿Por qué preguntás? ¿Pensás salir o hacer de las tuyas? 
- No… y menos en estas fechas. 
Desconocía al hombre que estaba  adelante suyo, aunque conocía bien a su gato y de algo estaba seguro.  No le creía nada de nada...

Se quedó viendo como se alejaba hasta que desapareció de su vista. Necesitaba urgentemente hablar con alguien de su entorno de lo sucedido y que mejor que con sus más íntimos amigos, ellos no se asustarían de verlo en esa condición. Miró por la ventana y los vio reunidos en la azotea del edificio, con sigilo sacó de la heladera un sachet de leche y escapó por la puerta sin hacer ruido...

Desde hacía mucho tiempo la pandilla se reunía en la azotea del edificio. Esperaban ansiosos la hora en que sus dueños estuvieran en sus trabajos o haciendo algo productivo para reunirse y que no se dieran cuentan que ellos no estaban en sus departamentos.  En ese espacio de relax, como así lo llamaban, criticaban a sus dueños o chusmeaban de los gatos de los demás edificios.  Pero en ese momento estaban preocupados, hacía días que Pedro no subía y ya tenían decidido ir en patota a atacar al científico loco con rasguños para que confesara que le había hecho a su compañero de andadas, hasta que un ruido les llamó la atención. ¿Quién era ese humano que osaba acercarse a ellos? 
- ¡Hola! ¡Menos mal que los encuentro reunidos! No saben todo lo que me pasó en estos días...
- Miau, miau, miau… 
Los gatos maullaban como haciéndose los desentendidos
- ¡Vamos Laura hablá! Y vos Tito no te hagas el que no me entendés, soy yo, Pedro.
Los gatos quedaron sorprendidos, pero al sentir ese olor y ver esos ojos no tuvieron dudas que era Pedro 
- ¡Miauuu! ¡Lo sabía! Siempre te dije que ese humano loco te iba a hacer algo malo. ¡Miauuu!
-  ¿Pedro, sos vos hermano gatuno? ¡Miauuu! ¿Qué te pasó? 
Pedro les contó todo lo vivido hasta ahora... Los dos gatos lo miraban asombrados, aunque Tito estaba más interesado en lo que su amigo traía en sus manos
- Pedro... ¿qué tenés en la mano? 
- Un sachet de leche, la traje para ustedes 
Miraron el sachet con desconfianza 
- No, nos volveremos como vos al tomarla 
- ¡Claro que no Laura...! Yo nunca les haría daño 
-  Te creo... Es Pedro, Tito 
- Claro que es Pedro, no hay duda. Huele y mira como Pedro, aunque debo reconocer que hay otro olor también
- Si, lo que pasa es que es el olor al champú... Me tuve que bañar 
- ¡Por Isis! ¿Qué estás diciendo? ¿Estuviste bajo una ducha?
- Bueno, no podía lavar todo este cuerpo con la lengua 
- Y si, no iba a ser nada fácil
- ¿Qué se siente ser humano? 
- Es extraño Laura, he aprendido muchas cosas y...
- Supongo que el humano loco estará buscando una solución a esto, porque fue su culpa 
- Si, lo está haciendo 
- ¿Qué pasa Pedro? Estás triste... ¿Extrañás tu forma gatuna? 
- Más o menos... Ustedes conocen mi secreto mejor guardado por ser mis confidentes...
- Claro que si…  Una tremenda locura. ¡Miauu!
- Cállate Tito... para mi es la historia más hermosa. ¡Me recuerda tanto a la que lee en voz alta mi dueña de ese libro enorme! 
- ¿Cual...? ¿La de esas dos familias peleadas entre sí...? ¿De ese amor de capelettis y mostacholes? 
- ¡Ahhh ignorante!  Romeo y Julieta, y son Capuletos y Montescos
- Bueno dejen de pelear.... Necesito su ayuda ¿O se olvidan que falta poco para la luna llena? 
- Y bueno amigo, te la vas a perder como siempre...
- No le hagas caso Pedro...  Él sabe muy bien, como yo, que esa noche todos la pasamos bien y más vos
- Gracias Laura... aunque no sé si esta vez la pasaré tan bien 
- ¡Huy! Estando así, en esa forma...  a menos que aprendas algunos trucos de los humanos 
- ¿Trucos? ¿Qué trucos? ¿Los humanos no hacen lo mismo que nosotros?
- No creo Tito, me imagino que a Guillermo no le va gustar nada verme mear por los rincones del departamento  o maullándole a la luna 
- Gatos tenían que ser... Los humanos no hacen eso, ellos se seducen entre sí. Una sonrisa, una mirada penetrante, unas leves caricias que no intimiden o acosen. O unas palabras suaves, susurrar palabras al oído, masajes, besar de manera apasionada…
- ¿Y vos desde cuando sabés tanto de los humanos...?
- Mi dueña es una romántica incurable. ¿O qué? ¿Vos no sabés nada de tus dueños Tito?
- A mi dueño lo único que le interesa es el fútbol y los jueguitos electrónicos... En eso Pedro te puedo ayudar
- No sé que va pasar esta vez, tengo miedo que Guillermo me eche si me porto mal y eso me deja muy triste... Capaz que esta vez sería mejor comer mucho  para que me doliera la panza  
- ¡Ja ja! ¡Miau! 
- ¿De qué te reís Tito?
- Hermano, aunque te duela la panza, vas a estar en celo igual. Es el poder de la luna 
- Si, en eso tiene razón Pedro, el hechizo de la luna es muy fuerte 
- Todo sería más fácil si fuera un gato 
- Yo creo Pedro que esta es tu mejor oportunidad de estar más cerca de lo que anhelás 
- ¡Laura, no quiero ni pensar en lo que se te está ocurriendo! ¿Estás loca?
- ¿Vos decís… intimar con Guillermo en esa forma? 
- Pedro desde que te conocemos sabemos muy bien que en esos días ni salís de ese departamento y que, por supuesto, no hay gata que te llame la atención.  Aunque somos tus confidentes, nunca nos dijiste toda la verdad.
- Yoooo…  no sé cómo...
- Tranquilo Pedro, no es necesario contestar. Sabemos que vos te encelás por tu dueño 
- Buenoooo… yo no lo puedo controlar 
- ¡Pedro, esta es la oportunidad de tu vida! Es lo más cerca que vas a estar de él como uno de ellos
- ¡Pedro no le hagas caso! ¡Laura estás loca! ¿Y si el humano no quiere encelarse con él y lo echa? 
- Tito vos nunca ves lo bueno de esto... Pedro en su condición no necesita por ahora a la luna, puede seducir como ellos.
- Si en eso no hay duda. Pedro no te niego que estás muy pasable, pero no tanto como yo. Mi forma de caminar y mi hermosa cola me dan un toque sensual. 
- Si, yo extraño mi hermosa cola tan esponjosa 
- ¡Pamplinas con ustedes dos! Pedro, cualquier mujer humana al verte caería rendida a tus pies.
- Gracias Laura, aunque no me interesa una mujer. Solo me interesa él.

Se paseó por todo el departamento y no lo encontró. ¿Dónde mierda se había metido Pedro? Asustado se acercó al ventanal, miró hacia la calle buscándolo, pero no lo vio. Ya estaba al borde de un ataque  cuando al observar hacia el techo una figura humana le llamó la atención
- ¡Pedro, te voy a matar! 
Salió por la puerta de entrada como un loco cuando casi se lleva por delante a su vecina de puerta  
- Huy… discúlpeme, no la vi. 
- No se preocupe, yo también soy culpable... Iba hacia arriba apurada... mi gatita anda por ahí y tengo miedo que se caiga 
-  Ahhh… ¿Tenés una gata? No lo sabía. 
- Es que casi no nos conocemos, me llamo Ángela 
- ¡Huy perdón! Soy Guillermo,  yo también voy para la azotea 
- ¡Ahhhh! ¿ Tu gato anda también por la azotea...?
- Sí... ¡No! No… mejor dicho, un conocido anda por ahí arriba
Escucharon los pasos de alguien venir y se quedaron observando hacia la puerta hasta que esta se abrió.
- ¡Acá estás pequeña! ¿Ves Guillermo? Esta es Laura, mi gata. 
La gata ronroneaba sobre las piernas de su dueña
- Es muy bonita Ángela. ¿Y ese quién es? 
- Es Tito, el gato del cuarto piso
- Hola, soy Ángela. ¿Y vos quién sos?
- Soy...
- Es un familiar Ángela, se llama Pedro. 
- Un gusto. Qué raro Guillermo, tu gato no anda por acá y él tiene el mismo nombre de tu gato 
- No, Pedro anda con dolor de panza… Si, es una coincidencia.
- Bueno… ¿bajamos?
- Si bajemos... ¿Ese gato se queda o se va? 
Tito se dio por aludido y muy orgulloso se dirigió hacia la escalera, a él nadie le manejaba su vida...


Cerró la puerta de un golpe fuerte, venía al borde de un ataque pero trató de contenerse.
- Pedro, ¿se puede saber por qué saliste del departamento? 
- Quería ver a mis amigos, hacía tiempo que no los veía
- ¡Pedro, vos me estás jodiendo! Cualquiera que te viera hablar con los gatos diría que estás loco
- Bueno, vos no ibas a dejar que los invitara al departamento 
- Pedro… ¿Esa gata de mierda ha venido alguna vez a mi casa? 
- Guillermo... Laura es muy buena al igual que Tito y nunca entraron acá... No hables de ellos así, estoy aburrido. ¿Y vos ya encontraste la solución a esto? 
- ¡Estás desesperado por ir a revolcarte con esa gata! 
- ¡Me estás ofendiendo y te prohíbo que me hables de esa manera!
-  ¡Te hablo como quiera! ¡Soy tu dueño!
- ¿Qué te pasa? Nunca me trataste tan mal Guillermo
- Perdoname Pedro, tuve miedo que te pasara algo ahí afuera
- Bueno, voy a mirar un rato la caja boba 
- ¡Jaja! Pedro, es televisión, no la caja boba

Tirado en el sofá Pedro casi no miraba la televisión, su mente divagaba por sus propios pensamientos recordando desde cuando se sentía atraído por su dueño…

Todo dio comienzo una noche de luna llena. Guillermo llegó muy tarde de trabajar  y  Pedro ya había caído en el hechizo de la luna desde muy temprano. Su cuerpo se sentía como una bola de fuego grande e hipersensible, de solo ver a Guillermo bajo el agua de la ducha completamente desnudo, se mordió el labio para ahogar el clamor de alegría. El cuerpo sólido del humano lo atraía como loco y su hambrienta mirada vagaba perezosamente por él, sus manitas le dolían por alcanzar y tocar a Guillermo.  Se preguntó cómo se sentiría correr sobre la piel dorada del hombre, quería frotar su cuerpo por todo el humano para que Guillermo llevara su aroma y que cada gato del barrio  supiera que el científico sexy estaba tomado... Fue la mejor experiencia de su vida gatuna  y anhelaba  la llegada de cada luna llena. 

Continuará...

* Un agradecimiento especial a Ángela, Laura y Tito. ( Luz)

domingo, 23 de julio de 2017

"MEDIANOCHE" - Cap. 22 - (By Guillermina Pedris)







MEDIANOCHE
(Libro de anclaje: “Medianoche” – Claudia Gray)

PARTE I -  “EL ENCUENTRO”

CAPÍTULO 22

Dejé que mi madre me ayudara a ponerme de pie. Después de haber visto desaparecer a Guillermo, lo mismo me daba estar ahí,  en una fosa, o en cualquier otro lugar. Todo estaba perdido y yo no podía encontrar de donde aferrarme.
_ Vení conmigo, hijo_. Me susurró por lo bajo. _ Seguime y no digas nada.

La batalla se había detenido minutos antes que Guillermo decidiera saltar por la ventana. Ahora cada uno abandonaba poco a poco su condición de vampiro y todos volvían a tener apariencia humana.
_ ¿Qué pasó? ¿Ya no tienen deseos de pelear? _ Pregunté furioso, increpando a Camila y a Balthazar. _ Claro… Muerto el perro se acabó la rabia. ¿Es eso? _ Los dos me miraban sin emitir un solo sonido. No podría decir que estaban arrepentidos, pero puedo asegurar que mi dolor y mi llanto no les eran indiferentes. _ ¡No puedo creer lo que acaban de hacer! ¿Qué daño les hizo? Lo único que hizo por ustedes, por mí, y por todo estudiante de Medianoche fue ayudarnos. Siempre. Cuidarnos, esa era su misión. _ Los miré despectivamente _ ¿Cómo pueden hacerlo responsable de lo que haya hecho un antepasado suyo ciento cincuenta años atrás? ¿Se volvieron locos? ¿Acaso alguien te responsabilizó alguna vez Balthazar de lo que te obligaba a hacer esa orden satánica que te mantuvo prisionero hasta que lograste escapar? _ Fue un golpe bajo y certero que lo obligó a desviar la vista.  _ ¿Y vos Camila? Yo fui el único que se acercó a vos cuando Franco desapareció, hasta fui a pedirle a Balthazar que no te dejaran sola, y ahora me hacés esto… Juro que no te entiendo_. En ese preciso momento Camila volvió su mirada a Balthazar como si estuviera interrogándolo. Todos teníamos secretos que guardar y después de lo que acababan de hacer no iba a dejar ninguno en cubierto. En ese momento los odiaba con todo mí ser. No podía detenerme, estaba fuera de mis cabales. _ ¿Acaso alguien te ha juzgado por las cosas que te viste obligada a hacer antes de la noche en la que encontraste a Franco? _ En ese momento ella también esquivó mi mirada y clavó la suya en el suelo de la habitación. _ ¿Lo ven? Pertenecemos a una especie en la que nadie tiene el poder de juzgar a nadie. ¿Por qué hicieron esto? Son dos resentidos, si… Eso es lo que son. No les va a alcanzar la larga vida que les espera para arrepentirse de esto. Ya van a ver.
_ ¡Basta Pedro! _ Me dijo mi madre _ Calmate y vení conmigo_. Me dejé llevar, lo último que quería era seguir viéndolos.

_ ¡Detenganse!  ¡Deténganse inmediatamente! _ Gritaba la señora Bethany mientras subía las escaleras con temor de estar llegando demasiado tarde. Cuando entró al departamento de mis padres tenía una furia mal disimulada en sus ojos y enseguida se dio cuenta que había sucedido lo que tanto temía. Si, había llegado tarde. Guillermo ya no estaba entre nosotros.
_ ¿Qué demonios ha pasado aquí?_. Preguntó al ver las partes de la silla despedazada y un desorden inusual. _ ¿Acaso ha habido una pelea? ¿Y dónde está el señor Graziani?
_ Señora Bethany… _ Balbuceó Balthazar. No pude escuchar lo que continuó diciendo, mi madre tiraba de mí con tanta fuerza que en cuestión de segundos estábamos en su habitación.
Buscó el amuleto y lo prendió de mi cuello. Me envolvió con una bufanda y me ayudó a ponerme mi abrigo. _ ¡Rápido Pedro! Tenés que ir por él, tenés que encontrarlo. Sos el único que puede hacerlo, ustedes se comunican telepáticamente. Cuando lo encuentres, no vuelvan a Medianoche. Mantengase  a salvo. El amuleto nos va a decir donde se encuentran cuando invoques el conjuro y vamos a ir por ustedes. Andá confiado y tranquilo hijo.
_ ¡Gracias mamá! _ La angustia había desaparecido y un nuevo sentimiento crecía dentro de mí. La seguridad de que iba a encontrarlo.
_ Vamos… Te ayudo a salir.

_ ¿Qué ha ocurrido? _ preguntó la señora Bethany
_ El profesor Graziani es miembro de la Cruz Negra _. Contestó Balthazar. La señora Bethany lo miró con una mezcla de enojo y compasión. _ Acabamos de descubrirlo.
_ La Cruz Negra, si… _ Cerró las manos en un puño _ ¿Y qué hay con eso?  La Cruz Negra es una gran orden que siempre supo cómo actuar. Gracias a ellos nos hemos liberado de muchos vampiros que no se unieron al pacto_.  Después de observar la ventana abierta de par en par se volvió hacia él.
_ Señor Moore, señorita Moravia, por su propio bien espero que no le hayan hecho ningún daño al profesor Graziani.
La expresión de sus rostros se volvió muy similar al desconcierto.
_ Pero… Señora Bethany, son cazadores de vampiros.
_ Señor Moore, la Cruz Negra no atenta con los vampiros unidos al pacto, sino contra los que no lo hicieron.  El señor Graziani estaba en Medianoche por ese motivo, para proteger al alumnado de vampiros despiadados que se han negado a unirse al pacto de paz entre los humanos comunes y nosotros. ¿Acaso presume que me está dando una sorpresa? ¿Acaso supone que no lo sabía? ¿Tan inoperante me cree? ¡Señor Moore, hace cientos de años que presido esta academia y le aseguro que nada de lo que sucede aquí se escapa de mis ojos! Ahora díganme lo que pasó… ¿Alguien atacó al profesor Graziani?
Los dos bajaron la vista avergonzados.
De pronto todo se esclareció en su mente, acababa de entender lo que había sucedido. _ ¿Acaso ustedes dos…? _ Los miró fulminante. _ Profesor Beggio, dígame que pasó esta noche en este lugar.
Era imposible ocultarle la verdad y además mi padre no tenía precisamente ganas de hacerlo.
_ Señora Bethany, el señor Moore y la señorita Moravia se transformaron y atacaron al señor Graziani, por lo tanto Celia, Pedro, el señor Sarmiento y yo nos vimos obligados a hacer lo mismo para defender la vida del profesor Graziani y también la de la señorita Soria y la del señor Marini.
_ ¡Qué tienen que ver Gabriela y Beto en esto! ¡Nunca pensamos en atacarlos a ellos!
La señora Bethany abrió los ojos desconcertada. _ Señor Moore… Sus palabras han sido muy claras, está admitiendo que sí atacaron al profesor Graziani.
Bajó la cabeza apesadumbrado _ Si lo hicimos, pero creíamos que estábamos haciendo lo correcto.
Lo miró con desprecio. _ Lo correcto es informarse antes de actuar y sobre todo, confiar en su directora señor Moore. Si tenía dudas respecto del profesor Graziani debería haberse dirigido a mí, no tomar decisiones que a la vista fueron incorrectas. _ Hizo una pausa para ordenar sus pensamientos. _ Tenemos que ir por él. Con semejante tormenta es casi seguro que va a desorientarse y está a la merced de nuestros verdaderos enemigos.  ¡Ay de ustedes si algo le pasa! Les prometo que nunca se van a olvidar de esta noche. ¡Qué error han cometido par de imprudentes!
_ Señora Bethany… _ interrumpió mi madre _ Pedro está listo para partir. Ellos se comunican telepáticamente, estoy segura que el profesor Graziani va a decirle donde puede encontrarlo.
_ Eso está bien Celia, pero… ¿Cómo vamos a hacer nosotros para saber donde están? ¿Cómo vamos a ayudarlos?
Mi madre tragó saliva antes de hablar. _ Pedro lleva puesto el amuleto…
La señora Bethany se transfiguró. _ Celia… eso es muy arriesgado
_ ¡Lo sé! ¿Pero que otro camino podemos tomar?
_ Si ese amuleto cae en manos de nuestros enemigos estamos muertos. Todos. Siempre van a saber dónde estamos.
_ Lo sé señora, pero estoy segura que Pedro va a saber cómo usarlo y como defenderlo.
La señora Bethany dudó algunos minutos y luego se aproximó hacia mí.
_ Joven Beggio, sé que no hemos tenido el mejor de los vínculos desde su ingreso a la academia, pero hace tiempo que las cosas han cambiado. Con el correr de los días comprendí que si bien usted tiene una gran adicción a romper las reglas de Medianoche, lo hace por convicción. Tiene ideales y los defiende a su manera, por eso he empezado a modificar mi concepto sobre su persona. Lo que lleva colgado al cuello puede tanto salvar la vida del profesor Graziani como arrebatar la de sus padres, la mía que sería lo de menos, y la de toda la academia. ¿Está seguro de poder defenderlo?
_ Completamente profesora, por favor confíe en mi.
Volvió a dudar, se removió inquieta, hasta que finalmente dijo. _ Entonces vaya, encuéntrelo, díganos donde están y manténgase a salvo hasta que nosotros lleguemos.
Le sonreí con felicidad. _ Lo haré tal cual lo ha ordenado profesora.
Apoyó su mano en mi hombro y la calidez de plena primavera recorrió mi cuerpo. Ella comenzaba a confiar en mí.
_ Mucha suerte joven Beggio. Ahora vaya de una vez antes que me arrepienta. ¡Y ustedes dos van directo conmigo a mi despacho! _ Gritó dirigiéndose a Camila y a Balthazar. _ Celia, apenas haga contacto con ustedes, quiero que me avises. Voy a comenzar a formar una legión de alumnos experimentados para que nos ayuden en la búsqueda. ¡Ay Dios mío que noche nos espera!

El corazón me latía con fuerza, creí que moriría si no paraba de correr, pero Guillermo estaba en peligro y yo tenía que encontrarlo.
Había bajado los últimos peldaños de la escalera como pude, a veces corriendo y otras tropezando. Mi cuerpo se enfriaba más a cada minuto que pasaba, me faltaba el aire.

_ Señora Bethany… _ Murmuró Balthazar. El despacho de la señora Bethany era frío y oscuro.
_ Su arrepentimiento no nos sirve de nada señor Moore. Comprendo que desee ahorrarse sufrimientos, pero si usted y la señorita Moravia hubieran puesto mayor cuidado antes de sacar sus propias conclusiones, no nos  encontraríamos en esta situación. El profesor Graziani tenía una función en la academia, una función que ustedes acaban de destruir. _ Detuvo su sermón para escudriñar tras una ventana. _ No va a poder avanzar tan rápido como lo haríamos nosotros, la tormenta es muy fuerte, ojalá el joven Beggio pueda encontrarlo antes que sea demasiado tarde_. Balthazar y Camila permanecían de pie, con la mirada clavada en el piso, y sumamente arrepentidos. _ Si no regresan antes del amanecer, vamos a tener que organizar una expedición para ir a buscarlos.
_ Yo también voy _ Dijo Balthazar con determinación.
_ Señor Moore, por el momento le sugiero que se ocupe de sus asuntos. Nosotros vamos a tratar de resolver el nuestro. También puede ocuparse de la señorita Moravia, explíquele la insensatez que han cometido y procure que no lo divulgue.

Me senté aturdido en el último escalón. Intentaba comunicarme con él, pero su mente se negaba a comunicarse con la mía. Supuse que en ese momento debía tener todos sus sentidos ocupados en tratar de orientarse bajo la lluvia en medio de la peor tormenta que se había desplomado sobre Medianoche.
Me puse de pie, crucé el vestíbulo, empujé la pesada puerta que habían vuelto a dejar sin llave, y una vez que puse los pies en el jardín principal inspiré profundamente buscando su aroma en la oscuridad, pero nada me daba señales de él. Eché a correr hacia el gigantesco portón de entrada, era muy probable que ya no estuviera en la academia.
La lluvia me golpeaba la cara y el chubasco se volvía un peso muerto sobre mis hombros. Me dolía un costado, lo único que quería era dejarme caer sobre el suelo y llorar. Mi cuerpo estaba al límite de la extenuación, sin embargo seguí corriendo. Tenía que encontrarlo. Las piernas me pesaban como plomo y tenía un nudo en la garganta, pero seguí corriendo. Durante toda mi vida, antes de llegar a Medianoche, había dejado que mis padres resolvieran todos mis problemas, pero esa noche todo era diferente. Él era mi hombre, ese era mi problema y sería yo quien iba a resolverlo. Lo único que tenía en claro era que tenía que correr.
Al llegar a la ruta me sentí perdido. Quise hacer contacto con él, pero todo esfuerzo fue inútil. Él no se comunicaba conmigo. _ ¡Maldito seas! ¡Necesito saber dónde estás! _ Caí de rodillas y miré al cielo mientras la lluvia torrencial  me pegaba de lleno en el rostro. _ Evangeline… Evángeline, necesito saber dónde está.

Después de saltar por la ventana se había deslizado sin dificultades hasta el suelo y había echado a correr a toda velocidad. No llevaba ningún abrigo, su camisa se había empapado en cuestión de segundos, el viento lo enceguecía y los charcos de lodo ayudaban a entorpecer su fuga, pero lo único que tenía en claro era que tenía que correr y tratar de salir de Medianoche lo antes posible. No podía saber si Balthazar y Camila iban tras él o si los demás habían podido detenerlos, pero no quería correr el riesgo de tener que enfrentarse con ellos. Sus habilidades apenas si alcanzaban para saltar de lo más alto de la torre sin despedazarse contra el suelo o para correr a una velocidad inusual en un humano, a pesar de haber asegurado que podía con los dos, sabía que eso no era cierto. Tal vez ni siquiera sobreviviera a uno solo de ellos.
Estaba muy oscuro y no poseía la visión o el oído extrasensorial de los verdaderos vampiros, no tenía tiempo que perder, debía  llegar a Riverton y una vez ahí, tomar algún micro que lo alejara de Medianoche… “Y de Pedro”, pensó.  La luz iluminó la noche e inmediatamente un rayo estalló en el cielo, pero ni siquiera ese rugido que amenazaba con partir en dos la Tierra se asemejaba al dolor que le quebraba el pecho. No era tiempo de llorar, no podía permitírselo. Se cargó el dolor con él, era injusto dejarlo en las puertas de Medianoche. Ese dolor era tan suyo como Pedro, por eso iba a llevárselo con él.
Primero corrió con esa velocidad sorprendente que había logrado, de tanto en tanto miraba hacia atrás para ver si alguien lo perseguía, hasta que vio las luces de un coche que avanzaba hacia él. Podía ser una mala idea, pero correr le iba a llevar un tiempo que no tenía. Se detuvo en medio de la ruta y levantó su pulgar pidiendo ayuda. Por la velocidad que traía pensó que no se iba a detener, pasó a su lado ignorándolo, pero unos metros adelante se detuvo bruscamente. Guillermo corrió hacia el coche y cuando se acercó a la ventanilla, no pudo creer lo que vio. Alguien estaba ayudándolo.

 _ ¡Evangeline! _  Volví a clamar de rodillas _ ¡Abuela Evángeline, por favor necesito que me ayudes! ¡Necesito que me ayudes a encontrarlo! _ Estaba desorientado y muerto de miedo. Mi vida se terminaría si no lo volvía a ver, entonces comencé a llorar melancólico y angustiado. Me tomé la cara entre mis manos y grité su nombre en la oscuridad. _ ¡Guillermo dónde estás!
Fue en ese preciso momento cuando un haz de luz se abrió paso entre los nubarrones turbulentos que cubrían el cielo y señaló el camino a Riverton.
Era una señal, una clara señal que me indicaba donde podría encontrarlo. Supe que mi abuela estaba ahí, íntima, cómplice y generosa como siempre para ayudarme a ser feliz una vez más.
No podía perder tiempo, estaba solo y nadie podría verme. Necesitaba llegar a Riverton lo antes posible. Me trasformé y volé. No eran tantos kilómetros, llegaría en cuestión de minutos.

_ ¿Es usted? ¡No lo puedo creer! ¡Suba! Suba de una vez, va a pescarse una pulmonía. ¿Qué hace corriendo a solas en medio de semejante tormenta y sin abrigo?
Guillermo no se demoró en subir al coche dando gracias a Dios por esta  circunstancia tan favorable. _ Es una larga historia, gracias por detenerse.
_ ¿Y cómo no detenerme ante el joven profesor de Medianoche que compró en mi tienda el prendedor más costoso que he vendido en los últimos meses?_  Dijo riendo animadamente _ Hay que cuidar de la buena clientela. _ Prosiguió, mientras ponía el coche en movimiento. _ ¡Pero, qué fue lo que le pasó!
Sus palabras tuvieron el efecto de un deja vu. Por un momento volvió a estar junto a Pedro en la tienda de antigüedades, revolviendo cosas, probándose un abrigo y un sombrero. La vida era hermosa en esos tiempos, no paraba de sentir mariposas en el estómago cada vez que lo veía y las pulsaciones se aceleraban cuando lo sentía cerca. Los ojos se le llenaron de lágrimas, era imposible que todo hubiese terminado así. Por primera vez pudo aquietar su mente. ¿Qué habría pasado con Pedro? ¿Dónde estaría? ¿Cómo estaría? Buscó su mente, trató de hacer contacto con él, la comunicación era difusa, no podía ver demasiado, pero pudo ver que iban en la misma dirección y eso le arrancó una sonrisa. Pedro estaba tratando de encontrarlo.
_ Señor…
_ Graziani. Mi nombre es Guillermo Graziani. _
_ ¡Ah sí, ahora lo recuerdo! Usó su tarjeta de crédito para comprar ese broche. Señor Graziani, no quiero ser indiscreto, ni siquiera necesito que me cuente que le pasó. Le pregunté por pura cortesía, pero veo que está empapado y en problemas. Sé que usted es un buen hombre, solo dígame en qué puedo ayudarlo.
_ Gracias por su auxilio y por su confianza. Necesito llegar a Riverton y tomar un micro que me lleve a Boston. Tengo que ocultarme por un tiempo, han aparecido enemigos inesperados y créame que no me los busqué. Soy inocente, yo puedo dar fe de mí, pero ellos van a atentar contra mi vida.
El escalofrío que le recorrió el cuerpo lo hizo cambiar de opinión, ya no quería saber lo que había sucedido. _ No hace falta que diga una palabra más, voy a ayudarlo. Pero no puede viajar a Boston en esas condiciones, vayamos a mi tienda a buscar ropa seca y más adecuada para este clima. No va a llegar a Boston con vida si sigue empapado.
_ Gracias, le aseguro que cuando todo pase voy a saber cómo retribuirle su caridad.
_ No tiene ninguna deuda conmigo señor Graziani. Voy a ayudarlo porque lo necesita, no espero nada a cambio.

Me desplazaba por el aire con los colmillos extendidos cuando percibí una señal en mi mente. Si me detenía a descifrarla iba a perder tiempo, por eso solo traté de interpretarla mientras persistía en llegar a Riverton. Lo único que pude discernir era que íbamos en la misma dirección y eso me dio fuerzas para seguir atravesando la tormenta. Iba por él y él ya lo sabía. Esa sí que era una buena noticia.

_ Señor Graziani… Disculpe la pregunta, pero…
_ Hable con confianza, por favor.
_ ¿Tiene dinero para su estadía en Boston? Sé que usted tiene un buen pasar, pero ha salido tan abruptamente que tal vez… haya salido con poco dinero.
_ Si, es verdad. _ Le dijo apesadumbrado. _ Tengo mi billetera y mis tarjetas conmigo, pero de efectivo poco y nada.
_ No se preocupe, yo le prestaré dinero.
_ No sé si debo aceptarlo. Nada me asegura que podré volver.
_ Acéptelo señor Graziani, sé que volverá, pero aunque eso no pasara no puedo dejarlo librado al azar, en problemas y sin dinero. Ya algún día las nubes pasarán y podrá volver a devolvérmelo, eso sí que me gustaría, pero no por el dinero precisamente.
_ Entonces acepto. _ Puso su mano sobre el hombro del tendero. _ Le prometo volver y gracias por todo amigo.

Toqué la tierra en el momento oportuno para que nadie me viera, me volví humano y caminé desorientado por minutos. Riverton no era muy grande pero no tenía idea de por dónde empezar. Abracé con mi mano el prendedor que Guillermo me había regalado aquella noche mágica que pasamos en esa tienda de antigüedades y sin que mi mente pudiera hacerse cargo de lo que iba a suceder, me encaminé sin saber porque hasta ese lugar donde lo habíamos encontrado.
Me detuve ante su ventanal, ahora a oscuras y volví a pensar en él. La señal fue tan clara que un estremecimiento sacudió mi cuerpo. Él estaba muy cerca.

El tendero estaba a punto de entregarle unos billetes cuando vio su figura del otro lado del cristal. _ ¡Pedro!_ El corazón saltó dentro de su pecho. _ ¡Es Pedro! ¡Por favor ábrale ya!
_ ¡Ah, si…! El otro joven. ¡Por supuesto! ¡Por supuesto! _ Exclamó mientras corría hacia la puerta _ ¡Ya mismo voy a abrirle!

Estaba de pie frente a ese comercio de antigüedades pensando en Guillermo cuando escuché el sonido de la llave girando la cerradura. Primero sentí temor, pero al ver la cara amigable del tendero supe que alguien estaba ayudándonos. _ Buenas noche joven… ¿Pedro? ¿Su nombre es Pedro?
_ Si, ese es mi nombre. Buenas noches.
Susurrando bajo me dijo _ Si está buscando al señor Graziani ha venido al lugar correcto. _ Expuso con una sonrisa cómplice. _ Está aquí adentro. ¡Pase! ¡Pase de una vez!
Ingresé torpemente, casi chocando con sus antigüedades, hasta que lo vi. Estaba hecho un desastre. Su ropa estaba empapada al igual que la mía, su rostro confundido y a la vez feliz de verme entrar.
_ ¡Pedro! _ Extendió sus brazos hacia mí.
_ ¡Guillermo! _ Corrí hacia él y me abracé a sus hombros.
_ Supe que venías a mi encuentro. Lo sentí. _ Me dijo apaciblemente mientras acariciaba mi espalda con sus manos. _ ¿Pero que hacés acá? ¿Te escapaste?
_ Algo así. Mi madre me ayudó a huir para que viniera a buscarte. _ Despegué mi cuerpo del suyo para mirarlo a los ojos _ Ya estamos de nuevo juntos mi amor.
_ ¡Por el amor de Dios! Si siguen chorreando agua unos minutos más se van a enfermar. ¡Ya mismo quítense esas ropas mojadas y empecemos a buscar algo con que vestirse! ¡Vamos, que esperan!

En cuestión de minutos tanto Guillermo como yo vestíamos ropa seca y abrigada, pero nos enfrentábamos al mismo problema. La huida había sido tan inesperada que ninguno de los dos tenía dinero.
_ Ya le expliqué al señor Graziani, puedo prestarles dinero para que lleguen a Boston y para que puedan pasar la noche ahí.
Sentí que era demasiada generosidad, ya nos había proporcionado la ropa apropiada y también un poco de café. Aceptar dinero era demasiado, no podíamos asegurar que íbamos a volver. Además, no teníamos idea de que nos depararía el destino, no bastaban unos escasos billetes para los pasajes y una noche de hotel, necesitábamos más dinero y solo quedaba un camino. Acaricié mi prendedor, lo desprendí de mi abrigo y se lo ofrecí. _ Téngalo.
_ No, de ninguna manera. La ayuda no se cobra.
_ No se lo estoy devolviendo, solo quiero empeñarlo. Le dejo mi prendedor, usted nos da el dinero, y si todo sale bien volveremos para recuperarlo. Me parece justo
_ A mí también _ dijo Guillermo.

Después de despedirnos del tendero que parecía haberse encariñado con nosotros a juzgar por el brillo en sus ojos cuando nos marchamos, nos dirigimos a la estación de autobuses deseosos de abandonar Riverton lo antes posible. El centro estaba desierto, no había coches en las calles y los negocios estaban cerrados. A nadie le apetecía salir en una noche como aquella.  Por suerte había cesado de llover, eso nos permitió llegar a la estación de ómnibus en el mismo estado que dejamos la tendería.
Evidentemente alguien estaba ayudándonos porque el micro que se dirigía a Boston se detuvo a recoger pasajeros en Riverton a los cinco minutos que estuvimos ahí. Pagamos los boletos y nos ubicamos en el fondo, lo más pegados posible el uno al otro.
Estar a solas nuevamente fue conmovedor, lo primero que hicimos fue mirarnos, recorrernos y abrazarnos para comprobar que de verdad estábamos juntos.
_ ¡Ay Pedro! ¡Pedro…! Tuve tanto miedo de no volverte a ver. _ Me dijo al oído mientras me apretaba contra su pecho y recorría mi espalda con sus manos.
_ Ni lo digas… Creí que me moría cuando te vi saltar por la ventana.
_ ¿Qué pasó cuando huí? ¿Cómo fue que lograste salir de la academia para encontrarme?
_ Ya te voy a contar, tenemos un par de horas antes de llegar a Boston. Primero decime que planes tenés. ¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos?
Me acarició como solo él podía hacerlo, despejó mi frente del cabello aun húmedo que se había adherido a ella y mientras me aferraba con fuerza contra su cuerpo susurró su plan sobre mis labios.
_ Cuando lleguemos a Boston vamos a buscar un hotel donde pasar la noche, pero antes, y mal que me pese… voy a tener que hacer algo que detesto hacer.
_ ¿Qué es? ¿De qué se trata? ¡Guillermo no me asustes!
Sonrió sobre mis labios con esa sensualidad que podía lograr en mi lo que se propusiera. _ No te asustes Pedro, no sos vos el que tiene que preocuparse por lo que voy a hacer sino yo. ¡Que Dios me proteja! Voy a llamar a mi madre…
No pude evitar reírme a carcajadas. En breve conocería a su madre y tal vez comprendería porque le costaba tanto llevarse bien con ella. No sabía si era algo bueno o algo malo, pero la idea de conocer a su madre me puso feliz.
_ No te rías Pedro…
_ No me río. _ Le mentí en la cara regalándole una sonrisa.
_ Ah… bueno. Mejor así. _ Me dijo sumándose a mi juego _ Porque si te estuvieras riendo…
_ ¡Ya te dije que no me estoy riendo! _ Casi ni pude terminar la frase, estaba tan feliz de estar de nuevo junto a él y camino a un lugar tan distinto de Medianoche, que mi cuerpo se sacudía entre sus brazos.
Esos ojos sobre los míos volvían a provocar espasmos de placer en todo mi cuerpo. _ Y te seguís riendo… ¡Que atorrante! Ya la vas a conocer y vas a comprender mis recelos. ¡Ya vas a conocer a tu suegra!_. “Tu suegra”. Bueno, debo admitir que eso si que sonó fuerte. Ya no éramos solo él y yo, esas palabras me incluían, me daban un lugar en su vida, en su clan y en su familia, un sentido de pertenencia que me movilizó en todos los aspectos pero guardé silencio por cábala. _ Bueno amor. ¿Querés dormir hasta que lleguemos a Boston?
Estaba tan cansado y tan placenteramente cómodo entre sus brazos que no hubiese estado nada mal dormir un rato, pero un par de horas atrás pensé que no iba a volver a verlo.  Cuando lo vi saltar por la ventana todo mi mundo se había ido con él, y ahora que lo había recuperado, lo último que quería era dormir.
_ No. No quiero dormir, quiero que me beses.
No se hizo rogar. Sus labios volaron hacia los míos como dos aves sin nido buscando refugio en plena tormenta. Sus manos se aferraron a mi cuerpo y soltó el ancla para asentarse en mi vida por el resto de la suya.
Uno nunca sabe donde encontrará el amor que nos marcará por el resto de nuestras vidas, es algo que simplemente pasa y por más que pongamos resistencia, simplemente pasará. Hay cosa que están escritas y nada puede contra ellas. Juro que cuando mis padres me obligaron a ingresar a Medianoche, estaba muy lejos de sospechar que en ese lugar tenebroso, solitario y lleno de misterio iba a encontrar al dueño de mi corazón, pero había pasado. Me abracé a él devolviéndole el beso, hay cosas que están escritas y esta era un claro ejemplo. Guillermo fue un amor que marcó para siempre mi destino, mi vida y mi corazón.

CONTINUARÁ