
Dos años después…
Habían pasado dos años, pero nada había cambiado demasiado en la vida Graziani - Beggio, salvo el negocio que iba cada día mejor y lo mucho que había crecido Kendy. Se había adaptado perfectamente al mundo occidental, hablaba el idioma a la perfección y había adoptado como propias las costumbres de cualquier chico de tres años.
Pedro preparaba la cena mientras escuchaba a Guillermo despotricar. Una imagen, para su gusto, demasiado reiterativa. ¿Pero qué otra cosa podía hacer más que dejarlo desahogarse? Guillermo era así y nunca iba a cambiar. Aunque tomando en cuenta las compensaciones que sabía otorgar en la intimidad, todo esfuerzo valía la pena. Era temperamental, apasionado e impulsivo… Pero esa miscelánea de su naturaleza fue lo que lo había enamorado de él. Por eso y solo por eso, podía soportar esta disertación sin inmutarse.
_ ¡Pero qué clase de locura es esta! ¿A quién se le puede cruzar por la cabeza que una criatura debe empezar la educación primaria a los tres años?
_ Al ministro de educación, Guille. _ Respondió pacíficamente y con la misma paciencia que venía ejercitando desde hacía años. _ La ley nacional que establece la obligatoriedad de la sala de tres años avanza a toda velocidad con el fin de garantizar que los chicos ingresen a primer grado en mayor igualdad de oportunidades y reducir la probabilidad de abandono del sistema educativo. Y te sugiero que te vayas haciendo a la idea, porque el proyecto está muy cerca de ser aprobado en la Comisión Educativa de la Cámara de Diputados. Ya es casi un hecho.
Guillermo caminaba como león enjaulado de un lado al otro de la cocina mientras Pedro ponía en ejecución el método perfecto que había descubierto para sostener su matrimonio. Instaló el automático fingiendo atención al escucharlo, pero siguió preparando la cena poniéndole más atención a Kendy - quién con apenas tres años recién cumplidos, ya había demostrado en varias oportunidades ser un verdadero demonio - que al discurso de Guillermo. Pero por el momento, y gracias a Dios, estaba entretenido jugando con sus masas. Sentado en su sillita, creaba en un extremo de la mesa diferentes figuras usando pequeños moldes de plástico.
_ ¿Pero ese tipo está loco? Un chico de tres años es casi un bebé. ¿Cómo se le ocurre exigirnos a nosotros, sus padres, que lo abandonemos en una escuela entre otros chicos y maestras que no conoce? ¡Esto se llama abuso de autoridad! Me voy a encargar yo mismo de promover una apelación. ¡Mi hijo no va a ir a ninguna escuela hasta que tenga la edad que corresponda!
Pedro vigilaba las milanesas que estaban en el horno y volvía a revolver el puré.
_ En eso estás en lo cierto… Me pasé horas buscándole banco, pero no hay vacantes en ningún lado. Por ahora no va a asistir a ninguna escuela. ¡Pobrecito, mi vida…! Tan chiquito y ya es un paria educacional.
Se volvió a mirarlo hecho una fiera, pero eso ya no amedrentaba a su marido, estaba vacunado contra su genio. _Pedro, ¿vos me estás agarrando para la joda? Dije que mi hijo no va ir a ninguna escuela.
Mientras revolvía el puré enérgicamente le respondió. _ ¿Y que acabo de decir? No hay vacantes. O sea, no va a ir a ninguna escuela. Pero podemos buscarle un jardín privado, está contemplado por la ley.
_ ¿Sabés por dónde me paso la ley cuando se trata de mi hijo? Este chico se va a quedar en casa.
Las milanesas estaban en su punto. Apagó el horno, se secó las manos con el repasador y se incorporó para responderle. _ Guillermo… Sos abogado. Somos abogados. Los dos sabemos que si la ley lo ordena va a tener que ir a la salita de tres. Además me parece bien. Necesita estar con otros chicos, aprender a compartir, a jugar. Últimamente nos está volviendo locos, cada día se porta peor. Creo que es hora de que empiece a sociabilizar.
Lo miró mal, estaba enojado. La idea de dejar a su hijo en un lugar extraño y con personas desconocidas lo aterraba. _ ¡Lo que vos querés, es delegar querido! Mandarlo a la escuela para no tener que andar detrás de él todo el tiempo.
_ Puede ser… si. ¿Y qué tiene de malo eso?_ Tiró el repasador contra la mesada y lo enfrentó. _ Guillermo, desde que Kendy llegó parecemos dos canguros, lo llevamos con nosotros a todos los lugares donde pueda ir. Cuando no se puede, Cuca y Solange se ocupan de cuidarlo, pero sabés muy bien que delegamos solo lo imprescindible. Cada vez que vamos a la mercería lo llevamos, pero eso implica que uno de los dos no va a poder trabajar porque hay que andar detrás de él todo el tiempo para que no se mate solo. ¡Es un demonio! Toca, abre, tira, rompe… Guillermo, es hora que este chico empiece con su verdadera educación. ¡Ya lo quiero ver en una escuela portándose como se porta en casa!
Guillermo era muy fácil de llevar por las buenas, pero con los botines de punta, el tema se estaba poniendo tenso.
_ Mirá que fácil que la hacés… Así que la escuela tiene que resolver tus consentimientos. ¡Si es un demonio, es por tu culpa! Nunca aprendiste a imponer tu autoridad sobre él, te da vuelta como un guante. Cuando está con vos hace lo que quiere. ¡Miralo ahora lo quietito que está! Sentado como corresponde y jugando con sus masas hasta que llegue el momento de cenar, pero… ¿Por qué, Pedro? _ Le preguntó acercándose lentamente a él. _ A ver… contestame. ¿Por qué se está portando bien?
Pedro bajó la mirada a modo de consentimiento. _ Porque estás vos.
_ Gracias por al menos admitirlo… _ Se detuvo por segundos para aspirar esa fragancia perfecta que siempre emanaba de él, pero enseguida continuó hablando. Tenía la mente en dos temas que lo tenían a mal traer. No iba a mandar a su hijo a ninguna escuela y debía conseguir que Pedro dejara de ser tan condescendiente con Kendy. No le estaba haciendo ningún bien. _ Y ya que tocamos el tema, vamos a explayarnos un poco más. Primero, no estoy de acuerdo con que vaya a la escuela, ni siquiera a un jardín, todavía es muy chiquito. Y segundo, no pienso ser el malo de la película ni un día más. Tenés que enseñarle que sos su padre y comportarte como tal. Así que esta noche estás al mando del operativo llamado Kendy. Exijo una noche en armonía sin tener que ser yo el ogro que logra lo que vos nunca lográs. Esta noche ocupate de él, hacé que te obedezca. Los platos los lavo yo, ¡pero hacelo bien Pedro!
Se persignó tres veces pensando en cómo se las iba a arreglar para que Kendy lo obedeciera delante de Guillermo, pero sabía que él tenía razón en exigirle que tomara las riendas con su hijo. “¡Que Dios me ayude!”
Era hora de poner la mesa.
_ Gui… ¿Te parece que ponga la mesa para los tres de este lado y lo deje seguir jugando con sus masas hasta que la comida esté servida?
_ No. Tiene que entender los tiempos. El tiempo de jugar ya terminó y la mesa tiene que estar limpia y ordenada para cenar. Que guarde las masas y se lave bien las manos, dale intentalo. No te voy a dejar solo, mientras vos te ocupas de que él lo entienda yo limpio este enchastre y pongo la mesa.
_ Ok. Ahí voy. _ Tomó aire _ Kendy, hijito… es hora de guardar las masas y lavarte las manos para cenar.
_ No. No quiero. _ Para tener tres años hablaba tan claro que a veces impresionaba. _ Quiero jugar.
_ Ya jugaste _ Le dijo Pedro mientras lo levantaba de la sillita. _ Ahora vamos a lavarnos las manos para comer la comidita que hizo papi, ¿sí? Vamos, se buenito. _ Pero apenas lo separó de sus masas Kendy empezó a llorar.
_ ¡No hijo! No llores… ¡Me destrozás el alma!
Guillermo lo observaba a prudencial distancia, pero ante esa imagen meneó la cabeza de lado a lado. _ Pedro, estás mordiendo la banquina. Así te gana.
Una vez más supo que tenía toda la razón en lo que estaba diciendo, así que se tragó la angustia que le provocaba escucharlo llorar y siguió intentándolo. _ Hijo, no hay motivos para llorar. ¡Vamos! A lavarse bien las manos y la cara que vamos a cenar con papá. _ Abrió el grifo de la cocina y sosteniéndolo de espaldas le ayudó a lavarse las manos y le lavó la carita bañada en lágrimas.
_ Contame, _ Le dijo intentando distraerlo _ ¿te gusta cenar con papá y con papi?
_ Sí, mucho. _ Había dejado de llorar.
_ Entonces, eso vamos a hacer. Cenar los tres juntitos. ¿Viste hijo que no hay motivos para llorar? Mañana seguís jugando con tus masas. ¡Ahora a comer!
Guillermo lo miraba de reojo mientras limpiaba los restos de masa, extendía el mantel y acomodaba los utensilios. No lo estaba haciendo tan mal.
_ ¡Uy, que lindo y limpito está mi príncipe! _ Le decía Pedro mientras se comía a besos sus cachetes. _ Ahora a sentarse como un buen chico entre papá y papi. Vamos a cenar.
La cena empezó más o menos bien. Kendy comió dos bocados y enseguida llegó su primer reclamo. _ Jugo… Papi dame juguito.
Esa había sido toda una discusión tiempo atrás, Guillermo no estaba de acuerdo en que Kendy tomara jugo. Lo consideraba una bebida artificial que podía perjudicar la salud de su hijo.
_ No hay _ Le dijo Pedro tan cortante que hasta Guillermo se sorprendió.
_ ¡Quiero juguito!
_ Ya te dije que no hay, si tenés sed, tomá agua. Es mucho más saludable. Mañana compramos jugo.
_ Entonces no como.
Pedro sintió que las entrañas se le enredaban hasta el cuello, en otro momento hubiese salido corriendo a buscar jugo donde fuera, pero estaba siendo supervisado. Además sabía que Guillermo tenía razón, el jugo dejaba en el vaso de su hijo restos de sarro que no le parecían saludables en absoluto, por eso se mantuvo en su postura.
_ Es tu decisión hijo… Pero si no comés, no hay postre.
Kendy apoyó la carita sobre sus brazos y rompió en un llanto tan estremecedor que logró quebrar hasta las defensas de Guillermo.
Escucharlo llorar así era una tortura para los dos.
Pedro se atragantó con la comida, pero no iba a dar un paso atrás, estaba cansado de que Guillermo le recriminara la falta de conducta de su hijo.
Guillermo se revolvía en su silla sin poder pasar un solo bocado, después de todo solo estaba pidiendo jugo. ¿Qué chico no pide jugo? No soportaba escucharlo llorar ni un segundo más…
_ ¡Jugo! ¡Pero claro que hay jugo! ¡Ay este papá no sabe donde tiene la cabeza! Me había olvidado que te había comprado juguito. Ahora te lo traigo, pero empezá a comer. ¡Dale! ¡Comé la comidita que hizo papi!
Pedro lo siguió con la mirada mientras Guillermo corría por el juguito para Kendy y tratando de descifrar si iba a ser en el horno o en el microondas donde desintegraría su hermoso cuerpo. _ ¡Traidor!
Llegó a toda carrera con el juguito prometido y en ese mismo momento Kendy empezó a comer sin molestar. Levantó la vista algo avergonzado.
_ Pedro…
_ ¡Pedro las pelotas! _ Le dijo solo articulando las palabras por respeto a la presencia de su hijo. _ Yo le digo que no y vos corrés a traérselo. Bajás un lineamiento y sos el primero en romperlo. Así nunca vamos a poder encaminarlo, va a terminar haciendo siempre lo que quiera.
Guillermo se sentía encerrado en sus propias palabras y en falta. No quería levantar la vista demasiado porque los ojos de Pedro lo estaban acribillando.
_ Kendy, hijito… Papá tiene que decirte algo. Es algo muy lindo, ¿sabés? Te va a encantar… Este año vas a empezar la escuela. _ La mandíbula de Pedro estaba a punto de tocar la mesa. ¡Ya iban a hablar y muy claro cuando Kendy se durmiera. _ ¿Sabés qué es la escuela?
Kendy meneó la cabeza de lado a lado mientras se llevaba puñados de comida a la boca con las manos.
_ Hijo… usá la cucharita. No se come con las manos.
_ No te preocupes Pedro, dentro de poco va a aprender todo lo que le hace falta, eso que vos y yo no podemos enseñarle porque él siempre nos gana con sus lágrimas. _ Hizo una breve pausa y volvió a dirigirse a su hijo. _ La escuela es un lugar donde vas a conocer a otros nenes, vas a jugar mucho con ellos y también vas a aprender canciones muy lindas. ¿Te gustaría ir a la escuela?
_ ¡Siiii! _ Afirmó Kendy con la boca llena.
_ Perfecto, mañana mismo vamos a buscar una escuela, jardín, anfiteatro o lo que quiera que sea donde te cuiden un par de horas.
Pedro lo miraba salido de sus cabales.
Guillermo lo miró suplicante y arrepentido. _ Ahora no, Pedro. Por favor… Esperá a que se duerma y después hablamos. Pero si necesitás un anticipo, admito que tal vez estaba equivocado… Este chico necesita una escuela ya mismo, y nosotros… dejar de ser dos canguros para volver a ser los amantes que fuimos. ¿Te cabe?
Si le cabía no era una opción, era una obviedad.
_ Me parece perfecto… Ahora hacelo dormir, no lo hacés tan bien como yo, por eso te toca practicar. Yo lavo los platos.
_ ¿Le doy el postre? _ Le preguntó por lo bajo.
_ No, si no lo pide no se lo des. Comió mucho y después tiene pesadillas.
_ Está bien. En eso debo reconocer que lo conocés mejor que yo. ¿Leche?
_ Tampoco, va a vomitar. Aprovechá ahora que tiene la pancita llena y hacelo dormir. Eso sí… no tardes mucho. _ Se paró delante de él meneando su cuerpo de manera insinuante. _ ¿Qué te parece si te espero con un whisky y un café, como en los viejos tiempos…? _ Le dijo guiñándole un ojo. A Guillermo se le iluminó la cara. ¡Qué bien le quedaban esos jeans! _ Dale… rajá a papá de acá lo antes posible y devolveme a mi marido, hace muchos días que no hacemos el amor.
Guillermo tomó en sus brazos a Kendy y miró a Pedro de arriba a abajo. ¿Cuándo fue que dejó de ver a conciencia lo bonito que era, lo bien que le quedaba la ropa que decidiera usar, la turgencia de sus glúteos y ese rostro angelical? El reclamo en cubierto estaba bien justificado, por dedicarse abnegadamente a su hijo se estaban olvidando de ellos dos.
Subió la escalera tarareando una dulce canción de cuna mientras acunaba a Kendy contra su pecho. Esperaría hasta que se durmiera y después, tal como Pedro se lo había sugerido, dejaría a papá por unas horas en la habitación de su hijo.
Unos minutos más tarde bajó esa misma escalera convertido en el amante que había sido tiempo atrás, cuando en la casa no había mamaderas, chupetes y pañales. Estaba decidido a recuperar todo lo que la paternidad había desplazado.
Desabrochó un botón más de su camisa y se dirigió hacia la cocina.
“Preparate Pedro… Esta noche es toda tuya, y yo también.”
CONTINUARÁ

