
“TE AMARÉ” (Miguel Bosé)
Con la paz de las montañas te amaré
Con locura y equilibrio te amaré
Con la rabia de mis años
Como me enseñaste a ser
Con un grito en carne viva te amaré.
Con locura y equilibrio te amaré
Con la rabia de mis años
Como me enseñaste a ser
Con un grito en carne viva te amaré.
En silencio y en secreto te amaré
Arriesgando en lo prohibido te amaré
En lo falso y en lo cierto
Con el corazón abierto
Por ser algo no perfecto te amaré.
Arriesgando en lo prohibido te amaré
En lo falso y en lo cierto
Con el corazón abierto
Por ser algo no perfecto te amaré.
Te amaré te amaré
Como no está permitido
Te amaré te amaré
Como nunca nadie ha sabido
Porque así lo he decidido te amaré.
Como no está permitido
Te amaré te amaré
Como nunca nadie ha sabido
Porque así lo he decidido te amaré.
Por ponerte algún ejemplo te diré
Que aunque tengas manos frías te amaré
Con tu mala ortografía
Y tu no saber perder
Con defectos y manías te amaré.
Que aunque tengas manos frías te amaré
Con tu mala ortografía
Y tu no saber perder
Con defectos y manías te amaré.
Te amaré te amaré
Porque fuiste algo importante
Te amaré te amaré
Cuando ya no estés presente
A pesar de todo siempre
Te amaré.
Porque fuiste algo importante
Te amaré te amaré
Cuando ya no estés presente
A pesar de todo siempre
Te amaré.
Al caer de cada noche esperaré
A que seas luna llena y te amaré
Y a pesar de pocos restos
En señal de lo que fue
Seguirás cerca y muy dentro
Te amaré.
A que seas luna llena y te amaré
Y a pesar de pocos restos
En señal de lo que fue
Seguirás cerca y muy dentro
Te amaré.
Te amaré te amaré
A golpe de recuerdo
Te amaré te amaré
Hasta el último momento
Seguirás cerca y muy dentro
Te amaré te amaré.
A golpe de recuerdo
Te amaré te amaré
Hasta el último momento
Seguirás cerca y muy dentro
Te amaré te amaré.
A pesar de todo siempre
Te amaré.
Te amaré.
***
Colonia del Sacramento, Uruguay.
Bajan por el sendero adoquinado que desemboca en la costanera frente al río. Las luces se van encendiendo y comienzan a envolver el ambiente en una cálida atmósfera colonial. La brisa es apenas fresca a pesar de haber comenzado ya el invierno y una luna inmensa asoma por encima de los techos de tejas como en las mejores noches de verano. Llegan al paseo y miran hacia ambos lados. Guillermo es el que la distingue primero, apoyada en la baranda.
-Andá. Yo te espero acá -se sienta en un banco y estira los brazos sobre el borde del asiento.
Pedro camina hacia ella, se detiene a dos pasos. No lo oye llegar, está ensimismada contemplando las aguas oscuras. La brisa juega con su pelo, le ondea el pañuelo que lleva sobre los hombros.
-Camila…
Se gira bruscamente y lo mira con recelo. De a poco una sonrisa se forma en su cara.
-Mentiría si dijera que no me agrada verte, Pedro. Estás… distinto -repara en la mano derecha de Pedro apoyada en un bastón-. ¿Qué pasó, te accidentaste?
-Sí…pero ya estoy bien. ¿Hace mucho que esperabas?
-Un rato, pero es muy agradable este lugar. ¿Querés que vayamos a hablar a otra parte? Ví unos bares muy lindos de pasada.
-No, yo… no estoy solo -le hace un gesto indicándole hacia atrás.
Camila dirige la mirada hacia allá. Sus ojos se agrandan por la sorpresa.
-No sabía… perdón.
-¿No te sorprende verlo tan… vivo?
-Ya me había enterado, Pedro. Las noticias vuelan. Por eso cuando me llamaste, me imaginé por qué te habías tomado la molestia -se da vuelta y enfoca la vista en el río-. Querés el divorcio para casarte con él -agrega con la voz cortada.
-¿Y éso aún te molesta?
Camila le clava los ojos. -Sólo me da un poco de tristeza. Antes me dio bronca. Que me hubieras mentido, que me amenazaras con mandarme presa por matarlo… me cagué en las patas, Pedro. Me obligaste a huir.
-Te lo merecías, pudiste haberlo matado.
-Tenés razón, pero mi castigo fue de otra naturaleza -suspira hondo-. En fin, ya no importa. Todo pasó. ¿Trajiste los papeles?
Pedro abre el morral que cruza su pecho. Le da una lapicera y unas hojas para firmar.
-¿Es rápido este trámite? -pregunta mientras firma donde él le va indicando.
-Alrededor de tres meses.
-Y qué va a pasar con el departamento y el auto que vendí… y el dinero de la cuenta. ¿Te los tengo que devolver?
-No Camila. No te preocupes por éso. No los necesito. ¿Vos estás bien?
-Trabajo y… no me quejo.
Le devuelve la documentación y la lapicera. -¿Listo? -le pregunta mientras mira hacia adelante.
-Si. Gracias. Entonces… me voy.
-Esperá. ¿No me vas a dar un beso?
Pedro se acerca y la abraza. -Cuidate, Cami.
Ella tiene la mirada fija en Guillermo. Él está parado ahora y los observa preocupado.
Se separa de Pedro. -Decile que me arrepentí de cada cosa mala que les hice. Y que no me odie por lo que pasó aquella vez.
Pedro asiente y le da un beso en la mejilla. Se da media vuelta y se aleja. Los ve reunirse, con seguridad aliviados. De sacársela de encima, de poder dejar atrás de una buena vez todo ese pasado hostil que ella debe recordarles.
Se acomoda el pañuelo alrededor del cuello, comienza a hacer un poco de frío. Mientras recorre el camino hacia el auto, se promete a sí misma que en verdad intentará una nueva vida, que tratará de olvidar los sueños que tuvo y el amor que perdió. Sólo tiene que alejar de su cabeza la imagen de esos dos… espantar incluso aquello que no se atrevería a confesarle a nadie. La inmoral obsesión de desear a dos hombres… de imaginarlos juntos. El tiempo la ayudará a superarlo.
…
Los primeros adjetivos que le vienen a la mente, “atorrante, provocador”, quedan suspendidos en la nebulosa del desconcierto cuando Pedro, desnudo y exhudando el vapor de la ducha, saca de la valija una camisa y un pantalón y en un abrir y cerrar de ojos cubre su cuerpo con ellos. Se abrocha los botones de la prenda salvo los últimos dos, y la deja con los faldones sueltos sobre el pantalón. Blanco, todo blanco, un manchón de pureza que refulge sobre su piel acaramelada. Comienza a caminar despacio hacia él, con la vista clavada en sus ojos que esperan, impávidos, que apenas pestañean para no perder ni un segundo la maravilla que están viendo. Se acomoda mejor, se alza un poco apoyando la espalda sobre las almohadas y sonríe anticipando lo que vendrá. No, no es un atorrante. Atorrantísimo. Se viste para provocar, para jugar un poco y arrastrarlo a la desesperación. Ésa que lo obliga a deslizar la punta de su lengua sobre los labios ardientes, la que le hace temblar el borde del mentón. Que lo deja librado a la más pura indefensión, con el alma desnuda y entregada. Como el primer día, como cada día. Como siempre será, lo sabe ya con una certeza demoledora.
Pedro se detiene a un paso de la cama. Su sonrisa se abre y sus ojos se entrecierran en una mirada pura y atrevida como solo él sabe improvisar.
-¿Estás listo para la clase, amor?
Piensa que entendió mal, que el sonido de su voz provocó una turbulencia en el aire y confundió sus oídos.
-¿Qué dijiste?
La sonrisa se hace más amplia, se contiene antes de estallar en una carcajada. Desliza una mano en su bolsillo y saca un papel, se lo acerca. Guillermo lo toma y lo tuerce para que le dé la luz de la ventana. No logra ver más que figuras borrosas, la caligrafía apretada y caótica que conoce tan bien. Enciende el velador y se calza los anteojos. Pedro se ríe.
-¿Querés que te lo lea?
Levanta la vista un segundo a punto de retarlo, pero la curiosidad puede más y vuelve a mirar el párrafo. Pestañea buscando despejar la vista, sin duda la luz es insuficiente o los anteojos ya no funcionan. No comprende lo que dice. ¿Acaso está escrito en …?
-¿Qué significa ésto, Pedro? -levanta la vista y lo atraviesa con la mirada.
No se deja amilanar, hinca una rodilla en el borde de la cama y apoya las manos sobre el colchón. Su rostro queda a un palmo del suyo, su voz lo cerca despiadada.
-Repetí conmigo, no tengas miedo… no voy a tomarte examen. Es sólo un ensayo.
Gira el cuerpo y se desliza sinuoso al otro lado de la cama. Agarra un almohadón y lo acomoda sobre el respaldo de los pies. Se apoya en él y lo observa desde ahí, bien lejos de su alcance. Los brazos estirados sobre el respaldo, la cabeza inclinada en ese gesto entre tímido y osado que altera los sentidos de Guillermo. Se pone nervioso, no entiende bien que clase de jueguito Pedro quiere practicar con él.
-¿Y…, qué tengo que repetir? Ésto es esperanto, Pedro. Ni loco me vas a escuchar decir estas palabras.
-No exageres, mi vida. Yo las pronuncio primero si querés. Pero ponele onda o no va a surtir efecto.
-¿Surtir efecto? ¿Qué son, un mantra, una invocación? ¿Una oración para curar el mal de ojo?
-No… algo mucho mejor. Vos decilas y ya vas a ver -le dice bajito y le guiña el ojo.
-Ah… ya veo. Son instrucciones para que te quites esa ropa inoportuna.
-Mmmm, no andás tan lejos. Veo que vas captando el sentido.
Guillermo vuelve a mirar el papel. La primera frase ya le supone un tropiezo insalvable, pero si le ponde onda como dijo Pedro, tal vez lo espere una buena recompensa.
-Vem, meu amor e extingue o fogo da minha pele -ensaya con vacilación. Alza la vista y mira a Pedro que sigue inmóvil mirándolo. Expectante. Su sonrisa se ha hecho más basta, no da señales de inquietud. Parece que no surtió efecto el mantra.
-¿Te estás riendo de mí? ¿No te parece que estoy un poquito mayor para estas boludeces?
-No me río, amor… por ser el comienzo no está mal. Pero tendrías que aflojarte más. Abrir más la boca, dejar que las palabras fluyan con más libertad.
Piensa un momento en revolear el papel y abalanzarse sobre ese cuerpo esquivo. Pero un dejo de orgullo le impide claudicar. Todavía no. Carraspea y abre y cierra la boca. Se prepara como un tenor que va cantar su mejor ópera.
-Bueno, ahí vamos… Vem, meu amor e extingue o fogo da minha pele. Deslize a língua sobre os meus lábios, Morda-me a boca como um fruto maduro … -levanta una ceja y se frena ante lo que sigue. Se quita los anteojos y lo mira airado.
-¿Quién te escribió este adefesio pornográfico, Pedro? ¡Cómo pensás que voy a decir ésto!
-Qué… -le dice Pedro mientras se incorpora un poco-. Qué decís, amor… es poesía, nada de pornografía. No seas malo, continuá… vas mejorando.
Vuelve a calzarse los lentes y suspira. No es tan largo el escrito, un esfuercito más y termina esa tortura.
-Encerra com suas mãos minha virilidad ardente, beba minha seiva, enloquece meus sentidos… contágiame seu desejo -se detiene y lo mira sobre el borde de los lentes. Pedro no se ha movido ni un ápice. La sonrisa sigue estampada en su rostro.
-¿Y…? No terminaste, seguí. Decilo todo y después empezás de nuevo.
-¿Queeeeé, vos estás loco? ¡Agradecé que lo dije UNA vez Pedro! Me hacés sentir ridículo.
No le contesta con palabras, se limita a abrir un botón más de la camisa. Lento, insoportablemente lento. Guillermo traga saliva. Baja la vista y se persigna interiormente. “Maldito pendejo, siempre me puede”.
-Faça-me gritar, faça-me voar … quero ser seu homem, seu lado selvagem, Eu quero ser aquele que te faz delirar. Você é meu dono, eu sou seu escravo -se detiene-. ¿Qué quiere decir ésto?
-Nada…, seguí, no te detengas por favor!
-Eu quero ser seu para sempre, meu amor.
-Meuuu amooor, así, lento y estirado. Hacelo más sensual, mi vida. No es el código civil esto. Ponele erotismo.
-¿Erotismo? ¿A vos te resulta erótica esta sarta de palabras procaces? Agarrá un libro, Pedrito, para variar. Al menos me hubieras dado un texto de Pessoa. ¿De dónde lo sacaste, de la revista Playboy?
-Qué prejuicioso mi amor… lo que pasa es que no entendés lo que dice.
-Ni falta que hace.
-¿Le vas a poner onda, o me levanto y me voy a jugar un solitario?
Titubea un poco, se siente medio pelotudo. Esas pequeñas cosas le muestran la diferencia que hay entre ellos. Pero no es tanto la edad como la manera en que ven las cosas. Aún le cuesta soltar las amarras y dejar que el viento lo despeine, aunque tenga poco para despeinar. Tendrá que hacer su mejor esfuerzo, el premio es demasiado jugoso.
Se da cuenta que no va a poder imprimirle la sensualidad requerida si no cambia la posición y la actitud. Se levanta, da unos pasos y piensa cómo aflojar la tensión. Pedro parece adivinarle el pensamiento.
-Poné la lista de reproducción que tengo en mi celular. La que dice “Brasil”.
Cualquier cosa con tal de apurar el trámite, busca el celular de Pedro en el bolso y lo enciende. Sonríe al entrar al reproductor de música. La única lista es la que dice Brasil. Pedazo de caradura. La pone en funcionamiento. La voz de Chico Buarque se alza sensual y cálida desde las notas de Oh qué será. A su pesar, tiene que admitir (aunque no lo diga en voz alta), que el tema calienta. Y sumado a ese hombre que lo espera allí en la cama, bien vale el esfuerzo. Es un combo irresistible.
Se sienta en el borde de la cama, contrario al de Pedro. Lo suficientemente lejos para no poder tocarlo y lo oportunamente cerca para llegar hasta él en pocos pasos. Se abre la camisa y con la mano que tiene libre, la que no empuña el papel, acaricia el vello de su pecho. A él lo tranquiliza y a Pedro ese gesto lo vuelve loco. Humedece sus labios y ensaya una respiración profunda. Uno dos, uno dos. Ya está, va a tirarse a la pileta.
-Vem, meu amor e extingue o fogo da minha pele. Deslize a língua sobre os meus lábios, morda-me a boca como um fruto maduro… -Pedro se pone de costado, apoya un codo sobre el colchón y lo mira atento-. Encerra com suas mãos minha virilidad ardente, bebe minha seiva, enloquece meus sentidos… contágiame seu desejo.
Guille lo mira fugazmente de reojo y Pedro le guiña un ojo alentándolo a seguir.
-Faça-me gritar, faça-me voar … quero ser seu homem, seu lado selvagem, Eu quero ser aquele que te faz delirar. Você é meu dono, eu sou seu escravo... Eu quero ser seu para sempre, meu amor.
Se gira y lo mira esperando el veredicto.
-¿Y, te pasa algo?
-Si largás el papel y me lo recitás al oído… a lo mejor me subís un par de grados más.
Le sonríe con los hoyuelos asesinos. Se tiraría de un precipicio por esos hoyuelos. Arroja el papel, se quita los anteojos y repta hasta su lado.
-Vem meu amor… -comienza en un susurro grave y lento. Pedro se abalanza sobre su pecho y comienza a deslizar su boca sobre la piel que tanto lo pierde-. Extingue o fogo… da minha pele -su voz baja de volumen y se torna más grave-. Deslize a língua sobre os meus lábios…
Ya no lo deja continuar. Pedro le tapa la boca, obedece sumiso a ese pedido. Mordisquea sus labios, entrelaza su lengua, suspira en su oído. Manos que buscan frenéticas, ropa que vuela por los aires, gemidos que apagan el sonido de la música en el celular. “Oh qué será, que será…”
…
Por la Calle de los Suspiros, caminan muy juntos, sin apuro, se dejan llamar por el rastro sutil de los aromas que se desprenden de las puertas entreabiertas de los restaurantes. Eligen una mesa en la vereda, mantel blanco, velas y los acordes de una guitarra melancólica de fondo. Hay poca gente, y la noche tiene la dosis justa de frescura. Cuando el mozo se acerca a tomar el pedido Pedro le pregunta por la especialidad de la casa. Les recomienda una cazuela a base de mariscos y algunas comidas más que esa noche no le interesan. Necesita recobrar el sabor que tanto añora, el dulce y picante gusto a mar que ya se le ha hecho imprescindible. Lo mira a Guillermo un segundo antes de ordenar, corrobora que está tierno y relajado como un pancito en la leche. La sesión de portugués lo ha dejado totalmente a su merced.
-Pedí, pedí vos. Como lo que elijas.
Encarga entonces las cazuelas y un Savignon. Cuando el mozo se va, saca un papel del bolsillo del pantalón. Guillermo lo mira desdoblarlo parsimonioso y se pregunta qué nueva locura es ésa. Espera, ruega, que no sea otro “libreto”. Pedro lo mira por un segundo y se sonríe.
-No tengas miedo, esta vez me toca a mí.
-Mirá que si me hablás en portugués no te voy a entender un carajo.
-No, mi romántico amorcito, ésta va en castellano.
-A ver -se acomoda mejor en la silla. Pedro comienza a recitar, primero tímidamente, con el correr de las palabras se afianza y su voz se hace más firme.
-“ Hay dolencias peores que las dolencias,
hay dolores que no duelen, ni en el alma,
pero que son dolorosos más que los otros.
Hay angustias soñadas más reales
que las que la vida nos trae, hay sensaciones
sentidas sólo con imaginarlas
que son más nuestras que la misma vida.
Hay tantas cosas que, sin existir,
existen, existen demoradamente,
y demoradamente son nuestras y nosotros...
Por sobre el verde turbio del ancho río
los circunflejos blancos de las gaviotas...
Por sobre el alma el aleteo inútil
de lo que no fue, ni puede ser, y es todo.
Dame más vino, porque la vida es nada”.
Dobla el papel, lo guarda y recién ahí levanta la vista y lo mira. Guillermo está tratando de contener la risa.
-¿No te gustó? Es de Pessoa, como me pediste.
-No, me encanta, más recitado por vos. Pero me causó gracia la ultima frase.
-A mí también me encanta -levanta su copa de vino y se la acerca haciendo un gesto hacia la botella-. Dale, servime… hacele caso al poeta.
Guillermo le sirve el vino y llena también el suyo. Chocan las copas en silencio mientras no dejan de mirarse. Es imposible no hacerlo. Sus ojos renuncian a cualquier distracción, no hay estrellas ni río ni copas de vino. Son ellos y un universo que los rodea pero está vacío. Lo único que existe, hoy, ahora, es esa mirada bendita, ese latido acompasado. Lo perfecto de la vida no es la ausencia de dolor sino ese milagroso instante de dicha, ésa que se mantiene suspendida como frágiles nubes de algodón sobre mares encrespados, la que nunca estarán seguros de poder mantener. Por éso es más perfecta, por éso los hace tan felices.
La comida llega, y suma el placer sensorial de estar en el punto justo de sabor. Una mezcla sutil y exquisita. Dulce y picante como le gusta a Pedro. Salada y levemente ahumada como prefiere Guillermo. Por momentos, el viento cobra fuerza y se empecina en apagar la vela que ilumina la mesa, y Pedro en volver a encenderla.
-Dejá, Pedro… no hay caso. Igual está de adorno.
-Me gusta mucho este lugar. Me hace acordar tanto al nuestro…
-¿Nuestro? Todos los lugares donde estamos lo son.
-Sabés que me refiero al Pelourinho. ¿No lo extrañás ni un poquito?
-Mucho. No veo la hora de volver -Guillermo toma un sorbo de vino. Pedro se queda observándolo, piensa que bromea.
-A veces, todavía, no sé cuándo me decís la verdad.
-A mí me pasa lo mismo con vos, precioso…
-¿De verdad querés volver? -le pregunta esperanzado.
-Sólo faltan seis meses para fin de año. Podemos ir a pasar las fiestas allá, o tal vez los carnavales... podría hacer el esfuerzo -agrega sonriendo y le guiña un ojo.
-Ah… es mucho tiempo. Sí, podríamos -dice Pedro un poco apagado.
-De todas formas, entre hoy y fin de año nos espera un nuevo… proyecto. ¿No te acordás?
Pedro estira la mano sobre el mantel y le toma su mano. Esta vez Guillermo no la quita, no necesita de permisos ajenos, le basta con su propia libertad. Ya no quiere ocultar. Como tampoco rendirse al temor de lo que vendrá o tratar de adivinar el tiempo que les resta juntos. Esas son cosas que le pertenecen a Dios. Que cada día traiga su afán, como dijo alguien más sabio que él. El presente es todo cuanto poseen.
-Sí, mi amor, cómo olvidarlo… -murmura Pedro-. El proyecto más importante de nuestras vidas.
Se sonríen, se dejan atravesar por la más absoluta felicidad. El reloj se detiene, las voces se callan. El amor es un suspiro en el tiempo, valiente y perfecto.
Y por supuesto, resiste.
***
Fin

