
CAPÍTULO 3 -
En la fiscalía, sólo dos despachos siguen adelante con la jornada, el de Miller es uno de ellos. Hace mucho calor, un pesado y sofocante clima que preanuncia la llegada de una lluvia inminente. Le cuesta concentrarse, se siente cansado y pegajoso, el maldito aire acondicionado hacía un ruido infernal y tuvo que apagarlo. Sobre el escritorio ha desparramado varios expedientes, fotos, evidencias, tratando de armar un rompecabezas que a estas alturas del día le suena a un galimatías imposible. Decide que por hoy es suficiente, tiene la mente demasiado embotada y la lluvia que comienza a caer contra la ventana se anuncia como un problema. Se apura, acomoda rápido los expedientes, apaga todo y cierra el despacho con llave. Saluda en la puerta al vigilante y camina hasta el estacionamiento. La lluvia ha disminuido un poco su potencia, pero es una garúa fina y molesta que intenta esquivar tapándose con el maletín. Llega al auto, desactiva la alarma y está ya abriendo la puerta cuando la sombra de una figura contra el vidrio lo sobresalta y lo hace dar vuelta rápidamente. Por unos segundos no lo reconoce, está allí parado detrás suyo sin decir nada, el traje todo empapado, inmóvil y silencioso como una estatua. Las gotas de lluvia resbalan por su rostro pero apenas si parpadea.
- Guillermo! Me asustaste… qué hacés acá, te estás mojando todo, vení, subí rápido que acá atrás en el bolso tengo una toalla.- Suben al auto, Guillermo no habla ni rezonga por estar todo empapado, está misteriosamente callado y Miller no comprende qué le puede estar pasando. Le ofrece la toalla, Guillermo se seca la cara, José lo observa atentamente, nota que está temblando, tal vez de frío, le dice que tiene ropa en el bolso que le puede prestar para cambiarse.
- No necesito nada. Me cansé de llamarte a todos tus teléfonos, imaginé que podías estar acá todavia.
- Si, bueno, últimamente me quedo hasta tarde, tengo tiempo de sobra ahora que ya no ceno acompañado… -José sonríe y lo mira, esperando que Guillermo le explique qué es tan importante para aventurarse a buscarlo una noche como ésa. Pero Guillermo no habla y no lo mira. Tiene la vista fija hacia adelante, como observando la lluvia que cae sobre el parabrisas.
- Hey… Guille, qué pasa… ¿qué querías decirme? Querés contarme ahora o preferís que te alcance hasta tu casa y lo hablamos ahí…
- No voy a ninguna parte con vos. No vine a buscarte porque quiera verte. Sólo necesito saber algo.
Ahora Guillermo se gira y lo mira a los ojos. En la penumbra del auto, José advierte que tiene un brillo muy raro en la mirada, casi salvaje. No está acostumbrado a que lo mire así, mucho menos últimamente. Cuando se ven, lo trata con cortesía, con dulzura, como si se sintiera apenado por no haber podido seguir lo que había empezado con él.
Una pequeña señal de alarma comienza a titilar en su cabeza. Espanta la idea, descarta la posibilidad. Guillermo no puede saber.
- Acá estoy, Guille. Decime lo que querés.
- Lo que quiero saber es en qué momento el recto y honesto fiscal se convirtió en un delincuente falsificador, en un tipo que usa su poder y su cargo para obtener favores personales. Cuándo fue que decidiste cagarme la vida para ser más preciso.
José se remueve en su asiento, ahora la señal de alarma emite un zumbido que le perfora el cerebro. Guillermo lo sabe, no entiende cómo, pero está sucediendo lo que tanto temía.
- Yo soy incapaz de hacer nada que te perjudique, ¿cómo me decís eso? ¿No llegaste a conocerme lo suficiente? ¿No te das cuenta lo que siento por vos?
- No me desvíes el tema. No sos estúpido, entendés perfectamente de lo que estoy hablando. Reformulo la pregunta: ¿En qué momento decidiste por tu cuenta que tenías que matar a Pedro? Empecemos por ahí.
- Pero Guillermo, esto es una locura… ¿Qué idea te han metido en la cabeza? ¿Me estás tratando de asesino a mi? ¿Me creés capaz de matar a Pedro?- José está pasmado. No puede ni siquiera imaginar que lo esté acusando de algo semejante.
Guillermo mete la mano en el bolsillo y saca un revólver, en apenas un segundo Miller siente el frío del metal contra la sien, no puede ser lo que está pasando, esto es una pesadilla, piensa.
- Decime pedazo de hijo de puta, ¿qué se siente? ¿Alguna vez te pusieron un arma en la cabeza?
– No Guille pará, estás equivocado, yo no le hice nada a Pedro!
- ¿A Pedro? No sé, no me consta lo que le hiciste. Pero sé muy bien lo que me hiciste a mí. ¿Podés imaginar lo que siente una persona que ya no tiene fuerzas para seguir respirando? ¿Lo terrible que debe ser llegar al punto de sostener un arma y apretársela contra la cabeza? Podés imaginarlo!? –José se debate entre suplicarle que la quite o arrebatársela él mismo, pero teme arriesgarse y que se dispare. Gotas de sudor le resbalan por la cara, Guillermo sonríe y desliza el caño del revolver sobre el contorno de su frente.
- Pero mirá qué cagón que sos… acá no hay cargo de fiscal que puedas presumir para salvarte… ustedes son todos iguales, se hacen los compadritos y después cuando los apuntan se cagan en las patas… ¿Ya experimentaste lo feo que es tener este juguetito apuntándote los sesos? ¿Es suficiente?
Guillermo sonríe y saca de su bolsillo un puñado de balas, se las muestra a José. – No estaba cargada, ¿ves?
Abre el tambor y ambos lo miran. Un proyectil sin embargo, uno sólo ha quedado dentro.
- Ups! Suerte que no apreté el gatillo, porque a lo mejor no era tu día de suerte para la ruleta rusa.
- Guillermo esto que estás haciendo sólo puede ser producto de algo que tomaste, no sos vos!
- ¿Tomar? Si, tomé, a ver… algo así como tres whiskys, un tranquilizante, y qué más… ah! Si, también tomé el caño de un revólver, todavía siento el gusto del metal en la boca. Era feo, ¿sabés? Tenía sabor a final, un poco trágico tal vez… Pero bueno, a veces la muerte puede ser un dulce anestésico.
- Mejor me das el arma, no estás en condiciones, por lo que veo lo que tomaste es un cóctel muy peligroso. Dámela ya mismo, Guillermo.
- Humm no sé… aún puede servirme. Está bien, si te pone tan nervioso mejor la guardo. ¿Ahora estás mejor? Bueno, no es para tanto, hombre! Sólo quería que comprobaras algo… Que supieras lo terrible que puede ser… Sí, vos sos un asesino. Un asesino de almas. Porque yo morí hace un año, y sin embargo… seguí, y seguí, porque el mundo me exigía que lo hiciera. Pero se me fue agotando el combustible, sabés? Yo antes… siempre pensé que los suicidas eran unos cobardes egoístas… Viste esa manía que tenemos los seres humanos de colgar cartelitos con definiciones a los demás. Pero a veces… nos apresuramos a calificar el sufrimiento ajeno. Decimos frases como “la vida continúa”, “tenés que ser fuerte”, o “con el tiempo va a pasar”… Descubrí que no. Una cosa es decirlo, otra es sentirlo. En ocasiones, el dolor es tan profundo, tan insoportable, tan aniquilador, que no queda lugar para una esperanza de reconstrucción. El suicidio es algo así como una eutanasia, fijate. Cortar el dolor inútil, terminar lo que no puede volver a la normalidad. No sé… tal vez siga siendo un acto profundamente egoísta, pero las personas somos asi… Decimos “te necesito, te quiero”. ¿Querer es necesitar? Si, por supuesto. Pero hay una sutil diferencia. Camila… ella necesitaba a Pedro más de lo que lo quería. También yo a vos… te necesitaba, pero más de lo que te quería. ¿Y vos, José? ¿Qué estaba primero, tu amor o tu necesidad de mí?
Miller inspira profundo. Está cada vez más confundido. No logra desentrañar lo que está sucediendo dentro de ese auto.
- Yo a vos te quería. Y aunque te necesitara, me hice a un lado cuando vos me lo pediste. No me compares. Creo que no puedo entender cuál es el punto.
- Tenés razón… es que estoy muy alterado, se me mezcla todo. Esta noche fue, a la vez, la peor y mejor de mi vida. ¿Qué te parece si volvemos al principio? ¿Qué era…?
- Me acusaste de matar a Pedro.
_ Ah, sí… a él, a mí. Yo quería saber que fue lo que te motivó, lo que te llevó a decidir la muerte de Pedro. La farsa inmunda de su muerte.
José cierra los ojos. La estocada final. Guillermo lo sabe. Ya no hay nada que fingir.
- ¿Cómo te enteraste?
- Otro más que quiere saber cómo me enteré! No me respondas con una pregunta, no importa. Lo sé todo. Ahora quiero que vos me lo cuentes. Dale, empezá desde el principio, como corresponde. Por qué fuiste al departamento de Beggio para convencerlo de que se tenía que escapar sin mí.
- Guille… vos sabés, habíamos hablado esa tarde. Moravia había arreglado la muerte de ustedes dos, juntos. Tenían gente muy pesada siguiéndolos. En cualquier momento, o ellos o Miguel los iban a encontrar. Lo mejor era que Pedro se fuera solo, era más fácil para uno escabullirse. Le facilité el dinero. Pero la decisión también corrió por su cuenta. Yo no lo obligué, le ofrecí mi ayuda. La última palabra la tuvo él. No sabía qué tormenta se podía desencadenar si vos te enterabas. Tuve miedo. Mi prioridad era protegerte, yo te quería y …
- No, no digas esa palabra que te queda grande… Si me hubieras querido, te habrías conmovido con mi dolor, me hubieras terminado contando la verdad, tarde o temprano. Pero no te convenía… Si yo me enteraba, fin de tus esperanzas de mantener algo conmigo. Fuiste muy astuto, Miller.
- No es como vos pensás. Yo sabía que en algún momento Pedro iba a volver. Y que ibas a dejarme. Lo tenía asumido.
- ¿Asumido? Y por eso me hacías planteos, recriminaciones, me decías que no podía dejar el pasado atrás, que Pedro estaba muerto y que el que estaba vivo, junto a mí, eras vos? ¿Ésa es forma de tenerlo asumido? Si hubieras tenido un poco de decencia ni te habrías acercado! Me robaste a Pedro, me destruiste la vida! Y te atreviste a meterte en mi cama, te comportaste de una manera ruin, mezquina, no hay nada de amor ni de compasión en vos!
- Si, fui egoista… lo sé, creí que podría ocupar el lugar de Pedro. Que tal vez, en ese tiempo que estuviéramos juntos, podrías enamorarte de mi más de lo que estabas de él. Fui un iluso.
- No sé si reírme o llorar.
- Supongo que querrás saber dónde está.
- ¿Lo sabés? Decímelo ya.
- No, no lo sé. Quedamos en que no me lo diría, por su seguridad. Convinimos en que el día que todo se aclarara, que Miguel estuviera preso y que pudiéramos tener a la gente que estaba detrás de ustedes en la cárcel…
- Te faltó decir el día que consiguiéramos juntar a los reyes magos y Papá Noel, José. Eso que me estás contando es una mierda. Nunca ibas a poder dar con esa mafia. A ver… ¿qué hiciste para encontrarlos?
- Lo de Miguel avanzó, ya lo sabés. Pero después las cosas se complicaron… hubo ajustes de cuentas entre ellos, murió el juez Fontana, Miguel se escapó. Era una maraña todo, no podiamos encontrar la punta del ovillo ni al jefe de la organización para la que trabajaba Moravia. Son peces gordos, muy escurridizos.
- Y entonces Pedro iba a continuar eternamente prófugo, quién sabe dónde, y cómo. Qué fue lo que arreglaste con él… ¿Cómo se iba a enterar que podía volver?
José se queda callado. Es el fin. La pequeñita llamita de esperanza se apaga con la certeza de que Pedro volverá pronto. Le duele demasiado, es la muerte de todas sus locas ilusiones.
- No nos hagas perder más tiempo, José. Sabés perfectamente que estás contra las cuerdas. Decímelo, que no puedo esperar un día más para salir a buscarlo.
- Hay una cuenta de Twitter… allí le dije que mirara, que algún día pondría un mensaje para él, diciendo que era hora de volver.
- Hacelo ya. Acá, ahora. -José lo mira con tristeza.
– ¿Qué va a pasar ahora Guillermo? ¿Me vas a denunciar? Y no es que tenga tanto miedo por eso, es que quiero saber si… si algún día me vas a poder perdonar, no sé… me siento perdido. Creí que te enterarías por mí…
- Ni voy a perdonarte ni te voy a denunciar. Solamente quiero a Pedro conmigo, quiero resolver el tema de Camila y después… no sé. Ya veremos lo que acontece.
José saca el celular y Guillermo se recuesta en el asiento, lo mira de reojo. Ha dejado de llover, una neblina sube desde el pavimento mojado. Cuando termina de escribir, guarda el aparato en el bolsillo y se vuelve a mirarlo.
- Ya está hecho. Ahora sólo queda esperar.
- Es cierto. Ya no hay más que hacer.
Abre la puerta, José lo toma del brazo. – Esperá Guille… no te vayas así. Te alcanzo hasta tu casa.
- No. Necesito caminar. Necesito pensar. Si Pedro te llama primero a vos, envialo conmigo. Adiós José.
Lo mira alejarse por la vereda encharcada, caminando despacio con la cabeza gacha, la ropa húmeda, irresistiblemente meláncolico, el corazón se le oprime pensando que lo pierde para siempre, que nunca más volverá a tenerlo tan cerca como esa noche. Por un segundo, desearía que el arma se le hubiera disparado, que ahora Guillermo llorara por él, que ya no tuviera que enfrentar esa ausencia que le pesa en el alma de manera irremediable.
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Jueves 13 de noviembre.
Marcos llega al estudio bien temprano como de costumbre. Se sorprende que Guillermo no haya llegado todavía, siempre está allí como si nunca se hubiese ido, metido de lleno en el trabajo para aprovechar al máximo el tiempo antes de partir a la facultad. Todos admiran su energía inagotable, lo que no saben es que detrás de ella hay una tremenda necesidad de no pensar. Cerca de las nueve, llegan Alberto y Gabriela. Vienen juntos, acaramelados, Marcos se da cuenta que han pasado la noche de la mejor manera.
– Preparo el café y nos juntamos a ver lo de Materazzi, ¿te parece, Marcos?- le pregunta Gabriela.
Él se saca los anteojos y la observa extrañado. – Pasaron mejor noche de lo que imaginaba por lo visto. ¿No le tenías alergia a Materazzi, vos?
– Y bueno, pero me dijiste que vos solo no podías atender todas esas demandas de los empleados… Tenemos que repartirnos… ¿Y Guillermo?
- No sé. No llegó todavía. Se habrá quedado a dormir un rato más. Últimamente lo veo bastante fusilado.
Ya hace más de una hora que están enfrascados en los casos de la fábrica cuando suena el teléfono del privado. Gabriela lo atiende y vuelve con expresión preocupada. Marcos y Alberto la interrogan con la mirada.
- Guillermo no durmió anoche en la casa. Era Fabián.
- Es grande, Guillermo. A lo mejor se quedó en lo del fiscal.
- No, Marcos –le dice Beto que sabe bien que a Guillermo no le quedan ganas de tratar con José después de lo del otro día- Es imposible, está enojado con él.
- Y bueno, a lo mejor se reconciliaron…
Gabriela duda, pero Beto sabe que no es así. – ¿Fabián te dijo si lo estuvo llamando al celular?
- Por supuesto, Beto, es lo primero que hizo. Pero no contesta. Dice que está fuera de servicio.
- ¿Problemas en puerta? –pregunta Marcos.
Beto tiene un presentimiento muy feo pero no quiere asustarlos todavía. – Espero que no, espero que no.
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Viernes 14 de Noviembre.
- Hola, ¿podría por favor informarme cuál es el próximo vuelo a Buenos Aires?- Pedro siente una mezcla de miedo, felicidad y de insoportable impaciencia. Esa mañana se levantó sin apuro, desayunó, observó el paso de los barcos por la bahía como cada mañana y se fue en su camioneta a la ciudad. Aguardó que se desocupara una computadora en el cyber café al que acude religiosamente cada viernes porque en la casa no tiene señal de celular, y que además prefiere usar porque lo hace sentir más anónimo. La semana anterior una gripe inesperada lo había tumbado en cama y no pudo venir. Se sentó cuando le llegó el turno y buscó en el navegador la cuenta de twitter que nunca es usada. Mecánicamente, sin sentir la menor expectativa, bajó la vista y se topó con las cuatro palabras milagrosas, los 17 caracteres que le revolucionaron la sangre, que lo paralizaron por unos segundos, sumido en la incredulidad de no poder aceptar que ése fuera el día tan anhelado, que su espera hubiera terminado. Cuatro palabras que le devolvieron el alma, la vida, la fe. “Es hora de volver”. Lo lee y lo relee y apenas puede creer que sea verdad. Puta madre, el mensaje ya tiene más de una semana! Sale casi corriendo, la adrenalina lo hace actuar en un estado de euforia en el que no piensa, junta sus pocas cosas, cierra la casa, transita los kilómetros que lo separan del aeropuerto y vuelve a esperar en el mostrador de la aerolínea, espera y desespera y desearía no haber dejado de fumar, pero ha hecho una promesa, (prometió que no volvería a fumar si podía volver junto a Guillermo), y no va a romperla. Piensa que pronto volverá a verlo… sonríe, la cara se le llena de luz, la gente a su alrededor lo mira pero él no se da cuenta de nada. Le informan que el vuelo saldrá en poco más de cinco horas. Siente que no puede más, que quiere salir corriendo de allí, esperó un año pero ya no puede esperar un minuto más. Paga el pasaje y busca una butaca lo más alejada posible del tráfico de gente, se acomoda y se prepara para iniciar en su cabeza la cuenta regresiva. ¿Cómo estará Guillermo? Nunca se atrevió a llamar a su casa ni al estudio, tenía miedo de escuchar su voz y que toda su determinación se viniera abajo, espiaba a veces en el único lugar de acceso público que era la cuenta de Facebook de Gabriela Soria, pero sólo en dos ocasiones había publicado algo referido a Guillermo. Se había enterado del nacimiento del hijo de Fabián, y luego en otra oportunidad una foto que había publicado de una fiesta de navidad en el estudio. Había hecho una impresión de esa foto y la llevaba siempre encima. Ese era el único lazo que tenía con él. Confiaba en que estuviera bien. Durante la espera, imaginó cómo sería el reencuentro. Ensayó las palabras que le diría, las disculpas que le pediría por haberlo hecho sufrir. Piensa que Guillermo podrá perdonarlo. La alegría de saberlo vivo no dejará lugar para reproches. Ignora si José cumplió con la promesa de contarle todo después de un tiempo. Tendrá que hablar con Miller primero, enterarse de todo. Imagina que Camila estará bien, desea que así sea. Aún siente por ella un cariño muy grande aunque ya no esté enamorado. Confió en un desconocido como Miller, se dejó llevar por él, se arriesgó por Guillermo. ¿Qué no hubiera hecho por protegerlo? Cuando finalmente sube al avión, ha recobrado un poco la calma. Está muy cansado y tras pedir un whisky lo termina venciendo el sueño. El avión llega a Buenos Aires a las diez y media de la mañana del sábado. Toma un taxi en el aeropuerto y le pide que lo lleve al Tigre. Ignora todavía cómo va a dar con Miller si los juzgados están cerrados el fin de semana, lo único que ansía es llegar a un hotel, darse un baño y descansar un poco más. Ya tendrá tiempo de pensar qué hacer. Espera poder contactarlo pronto porque no soporta seguir esperando. Cuando llega a Tigre, le pide al chofer que se detenga un momento frente al río. Baja la ventanilla, aspira el aire fresco, cierra los ojos, siente que el tiempo no pasó. Ese lugar significa mucho para ellos. ¿Estará todavía la casita aquella? Los recuerdos que guarda son muy fuertes. Le reavivan el deseo de tener a Guillermo con él, abrazarlo y no soltarlo nunca más.
Sábado 15 de Noviembre.
Está fundido. Nada más echarse sobre la cama, lo ha doblegado un sueño profundo, reparador. Se despierta de noche. Corre a darse un baño rápido. Recorta su barba, se detiene a mirarse en el espejo. Intenta encontrar las diferencias entre el Pedro de hace un año y éste, no ha cambiado demasiado, aunque la sal y el fuerte sol de mar le han aclarado un poco el pelo y oscurecido la piel, tal vez tenga unos kilos menos. Lo que lo deja consternado es la mirada. Aunque la euforia de saberse cerca de Guillermo le llene la sangre de emociones y de energía, tiene una tristeza tan grande en los ojos que siente que no podrá deshacerse de ella nunca más. Es verdad, lo atraviesa una pena inmensa, una sensación de vacío y de pérdida que no tienen fin. Ya nunca podrán recuperar lo que les quitaron, el tiempo que estuvieron separados, las negras horas de dolor y de ausencia. ¿Y si el amor que sienten no es suficiente para restablecer las heridas, si Guillermo no le puede perdonar que lo abandonara de esa manera? Eso no podría soportarlo. Volver para ser rechazado es una pesadilla en la que no quiere ni pensar.
Estas últimas veinticuatro horas le han calado una honda ansiedad que en vano se esfuerza en superar. Sale del hotel y camina por esas calles que le acercan las horas perdidas en que su vida se había deshecho por completo, acusado de un crimen, fugitivo, lejos de Guillermo, esperando un llamado para oir su voz y no sentirse tan solo y desgraciado. De alguna manera, con el tiempo logró acostumbrarse a la soledad, a estar en un país extraño, a seguir la farsa que le había asignado una identidad nueva, un pasado en blanco, un futuro incierto. Ya no es el mismo Pedro Beggio de entonces. Se siente más difícil de quebrar. Es lo que cree, aunque ahora allí parado en el terraplén frente al río, contemplando la oscuridad nocturna de las aguas, muchos sentimientos se arremolinan y lo confunden, lo hacen sentirse de nuevo vulnerable, perdido. Lo necesita tanto… imagina a su hombre envolviéndolo entre sus brazos, apoyando la cara contra su hombro, suspirando en su oído. Cierra los ojos y por unos breves segundos se deja llevar por la ilusión de que es real. Pero luego la sombra del miedo deshace el arco iris y lo cubre de angustia. No sabe cómo vencer la ansiedad de la espera, imágenes tortuosas le clavan puñales en el pecho. Guillermo despreciándolo, Guillermo con un nuevo amor, porque en un año también puede haber conocido otra gente, rearmado su vida, ¿acaso no tendría derecho si lo cree muerto?
No tiene idea dónde encontrar a Miller antes del lunes, está desesperado y no puede más. Busca un taxi y le da la dirección de Beto. Toca el timbre, no ha pensado nada para decirle porque él está al tanto de todo, lo único que quiere es saber cómo está Guillermo, que le diga si puede ir a buscarlo porque no se atreve a presentarse así, ignorando todo lo que ha sucedido este último tiempo. Un muchacho entreabre la puerta del departamento, lo mira con desconfianza.
- Disculpame, lo busco a Beto.
- No, acá no vive.
– Pero vivía acá hace un tiempo…
- Puede ser, yo estoy desde hace seis meses. El inquilino anterior me parece que estaba en la cárcel.
- ¿En la cárcel? No puede ser… Tenés idea dónde puedo ubicar al dueño, necesito encontrar a Beto.
- Mirá flaco, no vas a poder porque es una inmobiliaria y está cerrada hasta el lunes, es una que está frente a la plaza ahí sobre la calle Mitre.
- No puedo esperar. ¿No hay nadie que sepa? ¿Algún otro vecino?
- Y probá. Yo no hablo con nadie, a lo mejor alguien sabe.
Golpea la puerta de los otros departamentos. No tiene suerte, los que lo atienden no saben nada del paradero de Alberto. Logra averiguar que estuvo preso, y que la inmobiliaria se hizo cargo del departamento. Se sube al taxi y vacila. ¿Adónde ir? Ya está, no puede más. Se acabó. Va a enfrentarse con su destino, le da la dirección de Guillermo.
Parado frente a la casa, intenta controlar el frenesí de la ansiedad, aquietar el corazón que amenaza salírsele del pecho. Un temor irracional ha hecho presa de él, se descubre imposibilitado de dar el paso final. Guillermo está detrás de esa puerta, piensa. Guille, mi amor. No puedo más. Ayudame, Dios…
CAPÍTULO 4
Sábado 15 de noviembre.
Las luces internas de la casa están apagadas. Son las once y cuarenta de la noche. Marca en su celular el número que sabe de memoria. La grabadora de la compañía telefónica le informa que está fuera de servicio. No recuerda el número fijo de la casa. ¿Qué hacer? ¿Y si toca el timbre y no es Guillermo el que sale a atender? No quiere enfrentarse con Fabián ni con nadie más. Bastante difícil es presentarse así ante Guillermo sin saber nada, ignorando cuál va a ser su reacción. ¿Y si todavia lo creen muerto? Tiene que arriesgarse, no puede quedarse allí parado toda la noche, además el vigilante de la garita de la esquina lo mira desde hace rato y no tardará en llamar a la policía. Toca timbre y espera que se encienda alguna luz. No hay señales de que se haya levantado nadie. Insiste otra vez. Y otra más. Pasan diez minutos y ya no sabe cuántas veces ha tocado. No puede tener un sueño tan profundo. Es evidente que no está. Decide no esperar más, se dirige a la garita. –Disculpe, señor -el vigilante lo observa desde adentro con desconfianza- ¿Usted no sabría decirme si en la casa aquella de mitad de cuadra, la de la verja verde, aún sigue viviendo la familia Graziani? Lo busco al abogado, a Guillermo Graziani.
- Sí. Vive ahí.
- Estuve tocando el timbre, pero no me atiende nadie. Tampoco contesta el celular. Necesito encontrarlo con urgencia. ¿Usted no tiene alguna otra forma de ubicarlo?
- No señor. A la única que puedo ubicar es a la policía si pasa algo. Le recomiendo que se vaya.
- ¿No puedo esperar por acá? A lo mejor en un rato viene, hoy es sábado… la gente a veces sale.
- Y si puedo saber, usted quién es, porque se me ocurre que no es de la familia ni un amigo cercano. Tengo la obligación de reportar los extraños que deambulen por estas cuadras, si lo hacen sospechosamente y altas horas de la noche. ¿Me entiende?
- Yo… soy un amigo de él. Hace mucho tiempo que no tenemos contacto. Falleció una persona que él quiere mucho y tengo que avisarle. No puedo esperar hasta mañana.
- Ah, bueno, mire señor… Lamento entonces lo que le voy a decir. Pero no lo va a poder encontrar. Graziani está desaparecido desde hace un par de días.
Pedro siente un mazazo en el medio de la cabeza. – ¿Qué…? -balbucea- ¿Desaparecido? ¿Qué mierda quiere decir con éso…?
El vigilador se compadece de él. Nota la palidez que de pronto ha teñido su rostro. Este hombre no puede mentir con eso de la amistad. Más confiado, le cuenta. -Se armó un tremendo revuelo en el barrio. Vino la policía, investigadores, interrogaron a toda la cuadra. El hombre desapareció. La familia no sabe nada, en el trabajo tampoco, por lo que escuché. No tienen idea de adónde se fue, o si lo secuestraron. Un completo misterio.
- Pe… pero no puede ser… no puede ser -Pedro se agarra la cabeza, se apoya contra la caseta, siente que va a desplomarse. Guille, Guille, Guille dónde estás mi amor, dónde estás, perdoname por favor… Dios mio que no esté muerto que no esté muerto ay Dios…
El vigilador se da cuenta que ese hombre está entrando en un shock profundo, lo ve deslizarse de la pared hasta el piso, quedarse allí con las manos en la cabeza, murmurando algo, profundamente conmocionado. Levanta el teléfono y marca el número de emergencias médicas. Ojalá que la ambulancia no tarde en llegar.
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Domingo 16 de noviembre.
Son las dos de la mañana. Pedro está sentado junto a la ventana de su habitación, mira a lo lejos el brillo del río y fuma. A la mierda la promesa. No encuentra otra manera de tranquilizar el temblor de sus manos, el vacío de su pecho. En la ambulancia le encontraron alta la tensión, lo estabilizaron y le dieron unos calmantes. Tiene todo un día por delante para respirar esta agonía de muerte, imaginando cosas terribles, se maldice por no haber descubierto ese mensaje a tiempo, por haber tardado tanto en volver. Ahora Guillermo y él estarían juntos. No puede imaginarlo muerto, cuando lo hace deshecha ese pensamiento de inmediato, tiene que existir otra explicación, es algo que no puede ser, que sólo un genio malvado podría idear. Recuerda cuando Guille le dijo que juntos tenían mala suerte, aquella vez en el club de golf… Piensa que tenía razón. No ha habido un día completo desde que se conocieron que hayan podido ser felices, o tener paz.
Amanece sobre la ciudad, el día lo encuentra tendido sobre la cama, abrazado a la almohada, la vista perdida en un punto inalcanzable. Sólo durmió una hora, está sobresaltado, tiene palpitaciones, la habitación poco a poco se ha ido convirtiendo en una cárcel, no sabe cómo hacer para apurar las horas, para que llegue ya el lunes y salir corriendo a buscar a alguien que le diga qué pasó. Ignora la dirección de Marcos o Gabriela. Le quedan por delante esas horas de soledad, de miedo. ¿Cómo hará para soportar? Recuerda los días en la casita en el Delta, la ingobernable lentitud de aquellos días prófugo y sin saber de Guillermo. Una punzada de nostalgia lo atraviesa inexplicablemente. No puede estar añorando esa época, esa soledad y ese temor sobre el que se arrastraba su vida en ese entonces. Y sin embargo… una sensación cálida sube por su cuerpo cuando recuerda aquella noche, minuto a minuto se le ha grabado a fuego y no ha habido un día que no quiera revivirla en su cabeza. La imagen de Guillermo en el umbral, el abrazo en el que se sumergieron, entregados e impacientes, los besos hambrientos, interminables. La pasión con la que el amor incendió sus cuerpos y los dejó aún más necesitados uno del otro, irremediablemente encadenados a no poder vivir ya si no es amándose. De repente la urgencia toma otra dirección, ahora cree saber por qué eligió ese lugar y no otro cuando llegó el día anterior a Buenos Aires. Tiene muchas horas por delante, después llegará la espantosa realidad del lunes. Mientras tanto, hay un lugar donde necesita estar y pensar qué va a hacer con su vida si no vuelve a encontrarlo. Un sitio con la fuerza entrañable del recuerdo del único momento en que fue completamente feliz.
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Lunes 10 de noviembre.
- No podés no saber nada, José. Ya pasaron más de cuatro días, tiene que haber leído tu mensaje. Decime que no me estás mintiendo de nuevo.
- Quedate tranquilo, Guillermo. –Miller sostiene el celular con el hombro mientras firma unos papeles. Ya es la tercera vez que lo llama en esos cuatro días- Estoy seguro que él está bien, por favor calmate, en cualquier momento aparece. Tal vez, hasta ya esté en camino. No pienses cosas raras…
- Cómo carajo hago para calmarme! No puedo hacer otra cosa que estar pendiente todo el tiempo del teléfono, del timbre, no duermo hace dos días. Voy de mi casa al estudio, del estudio a la facultad, no puedo quedarme quieto un minuto, todos me miran raro, ya no sé ni lo que digo. Esto es un suplicio.
- Yo te prometo que si sé algo de él, te llamo inmediatamente. Pero concedete un tiempo sin desesperar. No sabemos lo lejos que está, ni si puede venir enseguida.
- ¿Y si no aparece? ¿Si los días pasan y Pedro no vuelve?
Guillermo siente un nudo de angustia que le oprime la garganta, está al borde de un quiebre, de un colapso. Vive en una nube de confusión y de ansiedad que no lo deja en paz ni un solo minuto. El mundo es demasiado grande para imaginar un sitio donde empezar a buscarlo. Podría estar años siguiendo rastros inútiles. Sólo tiene el nombre de los documentos que le consiguió, uno bastante corriente con el que podría llevarle una vida descartar otras personas con ese mismo nombre, aquí y fuera del país.
- Va a volver. Todo se va a solucionar Guille. No sufras más.
En buena hora se acuerda de preocuparse por su sufrimiento. Guillermo corta sin despedirse, va hasta el placard y busca un bolso. Comienza a guardar ropa, objetos de tocador, su documento, dinero. Se sienta en la cama y trata de ordenar sus pensamientos. No sabe muy bien por qué ha tenido ese impulso repentino. ¿Adónde iría? Tal vez, inconscientemente trata de cerrar el círculo que se abrió el día que iba a fugarse con Pedro. Quiere tener todo listo, una idea extraña, irracional, pero allí está. Si Pedro se lo pide, esta vez no perderá más tiempo. Todo lo material que necesita cabe en ese bolso. Lo demás, lo verdaderamente importante, lo llevará en el corazón.
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Miércoles 12 de noviembre.
- Guille… ¿puedo hablar con vos? –Beto está asomado a la puerta del despacho y no se atreve a entrar. Hace una semana que Guillermo casi no le dirige la palabra. El abogado levanta la vista del teclado en el que estaba escribiendo y se quita los anteojos.
- Qué necesitás. – Asi, seco, cortante, ha sido todos estos días con él. Beto entra y se acerca al escritorio pero no se anima a sentarse.
- La semana que viene voy a empezar a trabajar en un supermercado. No pagan mal. Yo quería saber si vos necesitás que haga algo antes de irme, les estoy dando una mano a los chicos con el archivo que está un poco desordenado, pero bueno, el viernes sería el último día que trabajo. ¿A vos te parece bien, Guille?
- Me parece perfecto. Seguí con lo que estás haciendo.
Se calza nuevamente los anteojos y continúa escribiendo. Beto no se va, no puede más con tanta frialdad y tanto enojo. Quiere decirle algo, intentar ablandarlo un poco pero no sabe cómo.
- ¿Querés que te traiga algo de comer? Me dejaron unos volantes de una rotisería nueva acá en la otra cuadra, tienen buenos precios…
- No. Ya me tengo que ir a la facultad. Como allá.
- Está bien…
Sale del despacho. Es inútil. Guillermo es terco como ninguno, aunque esta vez tiene toda la razón. A lo mejor algún día termina aflojando, pero sabe que le va a cobrar bien caro lo que le hizo.
Cierra la notebook. Antes de irse marca el número de Miller. No lo atiende. Seguramente es porque no quiere hablar con él, ya debe estar cansado que le pregunte si sabe algo de Pedro. Hoy hace una semana. Y no ha habido la más leve señal de que haya recibido el mensaje. Le parece demasiado extraño. O Miller le miente una vez más. El muy hijo de puta le puso un custodio hace tiempo que lo sigue a todas partes desde que se enteró que Miguel Angel lo había llamado y amenazado. Está harto de ver al tipo en cada lugar que va. El que debería tener vigilancia es él, José, no confía para nada en él. Ya no puede. Tiene mucho que perder si se descubre toda la truchada que se mandó. Hasta puede ir preso. Pensar en todo eso lo pone muy nervioso, teme que Pedro pueda correr algún tipo de peligro. Pero no puede imaginar como hacer para evitar que lo llame o se encuentre primero con Miller. Tiene que hacer que le retire la custodia, aunque ya lo intentó y José no quiso, se mostró inflexible. Le dijo que hasta que Miguel esté preso el vigilante lo va a seguir a todos lados, que no lo va a despedir. La noche anterior Guillermo pensó durante horas cómo hacer que se vaya. Finalmente le pareció encontrar una manera. Es un poco drástica pero no se le ocurre otra estrategia. Tiene que ocultarse, fingir su propia desaparición. Mientras tanto, desde su refugio seguirá cada paso del fiscal. Busca en su agenda teléfonica el número de un hombre que contrató hace un tiempo para un caso, un investigador privado que resultó muy bueno. No puede saber cuándo o cómo llegará Pedro a Buenos Aires si es que no está ya aquí. Pero existe la posibilidad de que si todavía usa el nombre que él le facilitó, se pueda rastrear su llegada al país. Habla con el investigador y le dice lo que quiere que averigüe. Le pregunta si dispone de un localizador gps satelital que se pueda ocultar en el auto de una persona. Le da la ubicación y los datos del auto a rastrear. También le suministra los números telefónicos que quiere hacer pinchar. Cuando corta ya se siente un poquito mejor, pero nada le parece suficiente. Lástima que no lo haya hecho una semana antes. Ruega que Pedro esté bien y que aún no haya venido. Abre el cajón del escritorio y se guarda el revólver en el bolsillo.
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- Papá, qué raro vos acá a esta hora…- Fabián levanta la vista del apunte que está leyendo.
- ¿Y vos qué? ¿No tenías que estar en tu trabajo?
- Me tomé el día por examen, pa. Ah, te aviso que el viernes nos vamos a mudar por unos días a la casa de los padres de Valeria.
- ¿Por qué?
- No te lo tomes a mal. Valeria está muy preocupada por lo del tío Miguel… tiene miedo que intente algo contra nosotros, contra Lauti. Se pone muy nerviosa cada vez que sale y ve al tipo ese en el auto vigilando la casa. Ellos nos ofrecieron pasar un tiempo allá, hasta que la cosa se arregle.
- Se va a arreglar pronto hijo, no te preocupes, no me ofendo. ¿Dijiste que se irian el viernes…?
- Si, es que hay que preparar todo y yo ahora no puedo más que estudiar para el examen de mañana.
- Ah… - Guillermo comienza a subir la escalera, de pronto se da vuelta y regresa con el hijo.
- Fabián… ¿vos leiste el libro Historia de dos ciudades?
- No pa, ¿cuándo me viste agarrando un libro de lectura? Creo que cuando tenía once años fue la última vez. Mamá me había regalado para mi cumpleaños El Principito y yo no lo quería ni abrir. Me acuerdo que vos viniste, te sentaste al lado mío y te pusiste a leérmelo. A las pocas páginas te lo saqué de la mano y no paré hasta terminarlo.
- Sí… me acuerdo… Yo te pregunté porque… te quería consultar algo, es el libro que estoy leyendo. Bueno, no importa.
Sube rápido, entra al dormitorio, va hasta la mesa de luz y saca un marcador fluorescente. Abre el libro y busca una de las últimas páginas leídas. Remarca un párrafo. Coloca el rotulador a modo de señalador y cierra el libro. Está abultado, se nota que le ha puesto algo entre las páginas. ¿Será suficiente? Si, le parece que así está bien.
Agarra el bolso que tiene preparado hace días y baja la escalera. Fabián está de espaldas, se apura a salir por el lavadero sin que lo vea y de allí al garage para dejar el bolso. Más tarde cuando se despide de su hijo y se va, entra por la puerta de adelante al garage y recoge sus pertenencias. El tipo que lo vigila en una camioneta gris sigue firme en su puesto. Espera el remis que pidió. Mira la hora. Las tres y diez de la tarde. El plan que ideó se ha puesto en marcha.
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Cuando el remis arrancó, la camioneta gris del custodio lo siguió. Unos cuantos metros más atrás, completando la caravana furtiva, un Honda negro con vidrios polarizados se sumó. La mujer que lo maneja tiene anteojos oscuros, y el cabello castaño recogido en un pequeño rodete. Teme perder de vista el remis, intenta en un par de oportunidades sobrepasar la camioneta que estorba su visión pero el tráfico se lo impide. Finalmente en una rotonda consigue superarlo y se coloca justo detrás del coche blanco. Un minuto después, un paso a nivel le impide a la camioneta continuar. Cuando por fin lo logra, ha perdido de vista su objetivo. Espera que siga la ruta habitual de los miércoles hacia la facultad porque si no es así, puede encontrarse en un problema con su superior.
Guillermo mira hacia atrás y se sonríe. Perfecto. Ahora le pide al chofer que se apure y lo deje en la puerta de la universidad. Cuando llegan, le paga y se baja. Espera que el remis desaparezca y entonces camina rápido hasta la esquina, dobla la manzana y sigue un par de cuadras más. En el trayecto para un taxi. Le pide que lo lleve al puerto de frutos en el Tigre. El Honda negro lo ha seguido despacio deteniéndose a menudo para no igualarlo. Cuando lo ve subir al taxi aumenta la velocidad. La mujer no puede creer el golpe de suerte que ha tenido. Justo hoy Guillermo te ibas a escapar con Pedro… qué mala suerte para vos!
Guillermo pregunta en el puerto y le indican una persona que puede facilitarle una lancha. El hombre se muestra medio reacio pero ante varios billetes y la garantía de un documento accede a alquilársela. Al subir, le da las indicaciones para que sepa cómo manejarla. A medio camino se da cuenta que tiene los zapatos metidos en un charco de agua que se filtra quién sabe por dónde. Dios mio, las cosas que me veo obligado a hacer, piensa.
-Disculpe, señor, me puede decir cómo puedo alquilar una lancha, o bote, no sé cualquier cosa que flote, estoy muy apurada.
El hombre le responde que acaba de alquilar la única que tenía libre, pero que puede parar alguna de las lanchas colectivas que pasan por el río.
- No, es que… estoy muy apurada, no puedo esperar. Es una urgencia y adonde voy no llegan esas lanchas.
- Bueno, todo depende de lo que usted tenga para pagar, hay una persona acá en el puesto de mimbres que tiene un bote con motor, tal vez acceda a alquilárselo.
La mujer corre y después de regatear el precio termina pagando una fortuna, pero al fin tiene el transporte. Cuando por fin sube al bote y lo pone en marcha, no quedan rastros de Guillermo a la vista. Mierda! Al menos sabe qué dirección tomó en principio, espera poder alcanzarlo y si no es así, no duda en recorrerse todo el Delta completo hasta encontrarlo.
Guillermo detiene la lancha junto a los escalones de madera. El suave vaivén de la embarcación le ha revuelto el estómago y se siente mareado. Agarra el bolso y luego de verificar que la lancha quede bien amarrada sube y se enfrenta con la casa. Verla le causa escalofríos. No pensó que volver a ese lugar le provocaría un miedo semejante. Todo se ve cerrado y abandonado. Se palpa el bolsillo del saco, la dureza del arma lo reconforta un poco. Camina despacio, observando con detenimiento los alrededores. El sol se va diluyendo en un horizonte velado por las ramas de los árboles. Los sauces. Le viene a la mente Maidana. Pobre hombre, no se merecía lo que le pasó. No ha podido encontrar la llave que guardaba de la casa, pero el candado y la cadena que cierran la puerta de entrada no se ven muy sólidos. Busca en los alrededores algo que pueda usar para romperlos. Me hace falta Beto, piensa. Logra dar con una piedra bastante grande. Pero romper la cadena no es tan fácil como parecía. Tiene miedo de romper también la enclenque puerta de madera. Al segundo golpe un muchachito lo llama a sus espaldas. Se da vuelta y lo ve ahí parado, no puede tener más de ocho o nueve años. Está muy serio y pronto a salir corriendo si la cosa se pone fea.
– Hola -le pregunta Guillermo- ¿Vos quién sos?
- Vivo acá a quinientos metros señor. ¿Usted quién es?
- Yo soy el dueño de esta casa de porquería. Pero en el camino se me perdió la llave. No me queda más remedio que romper para poder entrar, o voy a tener que irme por donde vine y eso me da mucha bronca. ¿Tendrás algo con lo que pueda abrir esta cadena?
El niño no dice nada, da vuelta a la casa y cuando regresa le entrega una llave.
- ¿Y ésto?
- Es la llave que mi papá escondió en un hueco en el aljibe.
- ¿Tu papá? ¿Quién es tu papá?
- A mi papá lo mataron. Se llamaba Maidana, señor.
Guillermo siente una repentina y honda pena por ese niño. Y también culpa, porque nunca pensó en la familia que había quedado destrozada con la muerte de ese hombre. Estaba demasiado enfrascado en su propio dolor.
- Gracias. Lamento mucho lo de tu papá. Yo me llamo Guillermo. Y vos, ¿cómo te llamás?
- Yo soy Pedro.
Se queda mirándolo con una mezcla de asombro y tristeza. El niño le pregunta: - ¿Usted es un hombre bueno, como el otro que había venido antes?
Sonriendo le responde. – Si, yo soy de los buenos.
El pequeño lo mira y finalmente también se sonrie. Luego da unos pasos, se sube a una bicicleta y desaparece entre los árboles.
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La noche llena el ambiente de ruidos extraños. Intenta prender un fuego frente a la casa con unas ramitas y unos diarios viejos pero insistemente se le apaga, hasta que se le ocurre usar el kerosen de las lámparas para ayudar a encenderlo. Decididamente lo campestre no es para él. Está a punto de largar todo cuando ve que las ramas empiezan a prender lindo, en apenas cinco minutos admira la pequeña fogata que consiguió mantener. Dicen que el fuego aleja a las fieras, mejor así. Y si se acerca algún bicho lo manda directo a la hoguera.
Se sienta en el escalón de la galería y trata de ver hacia la oscuridad que lo rodea. Las llamas alumbran sólo unos pocos metros, más allá la negrura es total. No hay luna, y algunas nubes ocultan las estrellas. Desenvuelve el paquete que le trajo una pareja de adolescentes de parte de Pedro Maidana. Las escamas brillan en la penumbra con una fosforencia mágica. Inserta la pequeña corvina de río en una rama a la que le ha afilado la punta, luego la deposita sobre las horquetas que plantó a los costados de la fogata. Las llamas no la rozan, se siente satisfecho de haber logrado un asador perfecto. De vez en cuando la gira y putea si lo salpica una chispa, pero se siente admirado de su inesperada pericia. Ese niño es un ángel, piensa conmovido. Por algo se llama Pedro.
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No fue difícil dar con él. Iba bastante despacio el muy cabrón, apenas lo vio disminuyó la velocidad y se mantuvo a una distancia no menor a doscientos metros. Se siente poderosa. Ha logrado todo lo que se propuso sin demasiado esfuerzo. Lleva poco equipaje con ella, apenas una mochila grande con algo de ropa y unas pocas provisiones. Todo se arregla con una billetera bien provista, piensa, no está yendo al Matto Grosso. Cuando la lancha de Graziani se desvia por un arroyo secundario aminora la marcha aún más. No sabe con qué va a encontrarse en esa ruta angosta. Lo peor que podría pasarle es que se transforme en un callejón sin salida y se tope de improviso con él. A menos de cinco minutos de haber ingresado vuelve a girar hacia la derecha y se mete en otro canal más angosto todavía. La cosa se complica. Es un laberinto. Se detiene, apaga el motor y escucha. El ruido de la otra lancha no tarda en apagarse también. Se arriesga un poco más y espera a que se haga de noche. Cuando la oscuridad es casi total, arranca y continúa su camino. Casi puede sentir el roce de las ramas de los árboles sobre sus brazos, le pone la piel de gallina pero no se permite sucumbir al miedo, está muy cerca de llegar. De repente se da cuenta que el ruido del motor la va a delatar. Lo apaga, saca los remos y comienza a remar.
CONTINUARÁ.
Mary, no se qué decirte, quedé pasmada, atónita, desarmada, devastada y sin embargo no puedo dejar de leer y de rogar por ese encuentro que me revuelve el alma. Es impresionante como llevas esta magnífica historia, como logras ese suspenso y dejas en vilo las ansiedades, me gusta mucho esta reconstrucción de los hechos, esta vuelta, este cambio con nuestro Pedro mas vivo que nunca que por amor a Guillermo decidió escapar para darle una oportunidad de vivir, de seguir adelante con su familia pero sin advertir que eso ya era imposible por el amor que los une. Me haces sentir esperanza, por ellos, por lo que nos quitaron pero que aquí se vuelve real, tangible. Gracias por tu historia, es un modo de sanarnos el corazón el roto, el alma resquebrajada. Gracias Mary, y quiero mucho más, quiero ese reencuentro, por favor!!!
ResponderEliminarMuy, Muy, pero muy bueno! Muy bien escrito, atrapante, fiel a como actuarian Guille & Pedro y a todos los demás. Esperando "ansiosisima" la continuación!!! (gracias por los 2 capitulos!)
ResponderEliminarEstoy con la boca abierta y completamente atrapada!!! Esto parece Agatha Christie (de la cual soy super fanática desde mi infancia).
ResponderEliminarLa escena en que le apunta en la sien a Miller inmundo es para alquilar balcones.
Pedro Maidana me dejó paralizada y emocionada.
Y la pericia de Guille para la vida silvestre demuestra que por su amorcito es capaza de cualquier cosa y vencer absolutamente todo.
Y ya me imagino quién lo está persiguiendo (y que también es capaz de enfrentar cualquier cosa).
Sencillamente genial!! La bruja Aguirre sería absolutamente incapaz de escribir algo así.
Mis más enormes felicitaciones Mary!!!!
Se va a hacer larga la espera hasta el próximo domingo... Menos mal que fue capítulo doble porque ya me quedo sin uñas.
PS: Guille es tan Guille y Pedro es tan Pedro.
Mary por Dios!! atrapada totalmente cuanta intriga...que bien manejas los tiempos y el suspenso de esta historia que me tiene al borde del colapso!!! quiero saber que paso con Guillleeeeeeeeee y quien es la yegua que lo sigue....sera camila o Ana tal vez? nonononono quiero que llegue el proximo yaaaaaaaa por favor!!! ahhh millon de gracias por el doble capitulo eso estuvo impresionante me muero si me dejas en el tercero !!! Gracias! Silvana (Barby)
ResponderEliminarMuy bueno pero no me gusta que guille y pedro sufran tanto que camila nuevamente gane la partida que pedro no aparesca y que guille este tan malllllllllllllllll espero la continuacion,,,,,,,,,,,ELDA
ResponderEliminarMary, sin duda alguna una de las mejores fics que he leído. Como dicen las chicas, perece una historia de Agatha Christie, que bien manejas el suspenso! Esta historia me acalambra el estómago cuando la leo. Como bien dice Silvana, si se cortaba en el tres muchas morían esta misma noche. Es verdad que los describís tal cual como ellos lo hubieses actuado, Guillermo me puede, es más Guillermo que nunca. Cuando lo fue a buscar a José, sentí que no podía ser más Guillermo. Impecable tu forma de escribir y tu imaginación. Todo un honor contarte en este lugar. Se que me quedo corta en esta devolución, pero me faltan las palabras.. ¡Gracias! inmensamente gracias!
ResponderEliminarPrimero Nary, hermosa tu pluma, de escritora sin dudas por tanto de lectora voraz como Sandra y yo. Segundo muy interesante trama y guión altternativo desde el peor momento como elegi yo para demostrar que se puede, intriga, suspenso y detalles de hechos y fechas que demandan esfuerzo, gracias por ello. Tercero Gracias por dignificar al horrible Graziani de la tira sufriendo un año por Pedro, amándolo y aunque tuvo una aventura con José pareciera que fue, como elegí también en mi fic, dignificar personajes, no qué decir de Pedro que siempre dio todo por Guillermo, en la tira hasta la vida. Como dice Guille Belardi muy buena ficción policial y de suspenso por ahora. Gracias y besos del alma.
ResponderEliminarEve! sí, tenés razón en cuanto a lo de lectora voraz... no puedo vivir sin leer. Es mi vicio. Permitime disentir con vos en algo... Yo no estoy de acuerdo en que el Guillermo de la novela haya sido horrible, si bien los guionistas le marcaron situaciones que nos dolieron mucho lo hicieron para tratar de llenar el hueco espantoso que dejó Pedro, por supuesto fueron unos ilusos ya que eso era imposible. Sin embargo, fijate que en varias ocasiones mostraron el sufrimiento que sentía por lo de Pedro e incluso al final dejó en claro que no lo había dejado de recordar y extrañar ni un minuto, y que nadie lo reemplazaría. Por eso no siento que yo lo haya dignificado, el personaje original para mí fue complejo y muy profundo y no hay que quedarse en la superficie sino indagar a fondo. Como ves, soy defensora acérrima de mi pobre Guille, lo amo a él y a Pedrito por supuesto pero a él no hace falta defenderlo. Creo que por ese motivo nos calaron tan hondo, porque ese amor que sintieron el uno por el otro no se alteró con nada ni con nadie. Te mando un beso, gracias por acompañarme, estamos juntas en el mismo barco, intentando que nuestras historias refloten lo más hermoso de este amor, intentando mantener viva la llama.
EliminarMe encanto espero con desesperación el próximo capitulo!!Gracias por escribir estas bellas historias de amor!!
ResponderEliminarMary, increíble tu pluma! Estoy con piel de gallina. Que buena historia!! Suspenso e intriga total. Por momentos, durante el desarrollo de la narración, se me hizo un nudo en la garganta produciendo cierta angustia y ganas de llorar. Gracias por esta hermosa historia y por el doble capitulo, lo necesitaba . Un beso
ResponderEliminarMaty genialmente genial....Me tiene atrapada y esperar al próximo capi va a ser una tortura...por favor no los hagas sufrir más ...jajaja....me duele el alma y fuera Camila no molestes.....nena que suplicio....y eso que las series policiales y de suspenso son las que más me gusta......Debe ser por ELLOS...no me gusta verlos así.....La verdad esta maravillosamente escrita ......Gracias..de corazón gracias..Mirta.
ResponderEliminarMe encanta esta fic definitivamente es una de mis preferidas!!! Como vas llevando la historia, la forma en que escribís describiendo las escenas son de lo mejor de este blog!! El suspenso que manejas es maravilloso en su cuota justa, mariana
ResponderEliminarMe encanta esta fic definitivamente es una de mis preferidas!!! Como vas llevando la historia, la forma en que escribís describiendo las escenas son de lo mejor de este blog!! El suspenso que manejas es maravilloso en su cuota justa, mariana
ResponderEliminarMary genial tu historia me tiene cada vez más atrapada, ese toque policial me apasiona mucho, esa ansiedad de Guille por encontrar a su Pedro y el pobre Cielito sufriendo por no saber de Guille. Y me dejaste sumamente feliz con ese castigo al fiscalucho oportunista gracias Mary!!!�������� y ni hablar de la intriga de quién es esa mujer. A esperar el próximo capítulo! !!
ResponderEliminarMary tu fic es alucinantemente bella y me tiene a 20 cms del piso no se como explicarte lo q se siente leerte yo te sigo desde actos con ese impresionante. El Hombre Equivocado q lo leí millones de veces ...gracias enormes de nuevo por tener el lujo de tenerte en nuestro Blogg lo engalanas amiga besooy aplausos de pie.....majo
ResponderEliminarMary tu fic es alucinantemente bella y me tiene a 20 cms del piso no se como explicarte lo q se siente leerte yo te sigo desde actos con ese impresionante. El Hombre Equivocado q lo leí millones de veces ...gracias enormes de nuevo por tener el lujo de tenerte en nuestro Blogg lo engalanas amiga besooy aplausos de pie.....majo
ResponderEliminarMary sos absolutamente genial y definitvamente una escritora consumada estoy atrapada y boquiabierta con esta ficción gracias eternas por darnos esta rato de estar con ellos ....me fascina tu forma de escrbir muyyyyy grossa mary mucho muy...majo
ResponderEliminarmary impresionante me encanto .camila sigiendolo a guille tal cual iba a serlo gracias por haber construido una historia atrapante para los dos
ResponderEliminar¡¡felicitaciones!!
daniela maurice