
MÍSTICO Y ETERNO
“Así me imaginé, en mis locos sueños, fantasiosos al extremo, aquel desenlace que se anunciaba como místico. Esta historia la escribí hace un año, poco antes de que saliera al aire aquel capítulo final en el que había puesto tantas expectativas que no se cumplieron, al menos para mí” ( Mary Buhler)
“PARTIR”
Primero fue la oscuridad, el silencio absoluto, sumergido en el abismo más profundo, donde no llega el sonido ni el color, un limbo desconocido carente de sensaciones, de recuerdos, de expectativas. Inmediatamente después, una explosión de ruidos y movimiento, un girar alocado por una espiral de ascensión hacia la luz. De repente, todas las partículas de mi ser tiraban en una misma dirección, como un bote que la corriente arrastra hacia el vértigo de su cauce tormentoso. No tenía opciones, dejarme llevar era tan simple como dormirse cuando se está cansado, fácil como despertar cuando ha pasado el tiempo necesario. Allí estaba yo, mi nuevo y desconocido ser, empujado a un embudo misterioso donde confluían otras presencias, frágiles suspiros en el aire que no podía ver sino sólo presentir, como un ciego percibe lo que lo rodea. Las emociones estaban ausentes, no había lugar para los sentimientos porque yo era un alma que ha perdido su cuerpo, un ser que apenas unos instantes atrás estaba vivo en un plano completamente diferente… vivo con sangre, con músculos, con células que se regeneraban permanentemente. Un disparo acabó con ese latido vital en cuestión de un segundo, la respiración cesó, la sangre se detuvo. Algo parecido a una vibración me sacudió, me expulsó de mi cuerpo inerte, me envió al vacío de donde después emergí. Despojado de mi carne, de mis pensamientos, me inundó el olvido. Todo quedó atrás. No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez, el tiempo terrenal y el tiempo espiritual, no tengan mucho en común. Pero en algún momento, en la vorágine de esa ascensión luminosa, una voz fuerte y profunda, tremendamente desgarrada, vibró cerca de mí. Una voz que gritó un nombre, un nombre que sonó como una explosión, como un cachetazo. Sólo eso fue suficiente para que la comprensión se abriera paso en mí como un rayo. “¡Pedro!” Allí me quedé yo, clavado en algún punto del espacio, sin poder continuar. Esa voz me encadenó, me sujetó por completo. El movimiento cesó, la luz se desvaneció. Sombras densas me cubrieron, retazos de dolor que traspasaron el espacio y llegaron hasta mí. “Guille… Llamá a la policía…” “Decime que pasó… decime qué pasó!”
Allí estaba él, de espaldas a mí, cubriéndose el rostro con las manos, llorando desesperado como un niño. Quería abrazarlo, decirle que estaba a su lado, que no sufriera más. Que nunca me separaría de él. Quise extender mi mano y tocar su hombro. Pero no tenía cómo hacerlo. Mi materia era incorpórea, mi mano lo rozaba pero no podía alcanzarlo. Su llanto, su temblor, su voz desgarrada, todo era una tortura que no podía dejar de ver pero en la que no podía intervenir. Yo estaba allí junto a Guillermo, viéndolo partirse en mil pedazos de dolor, mientras mi cuerpo abandonado se enfriaba sobre el piso.
La comprensión me alcanzó y me cubrió como un manto helado. Sentí una profunda tristeza. Yo estaba muerto, nada podría revertir eso. Imágenes fugaces de mi vida cruzaron ante mí. Vinieron y se fueron, y me dejaron aún más vacío. Momentos de soledad, de dolor, de injusticia. Al final, un resto de valentía, una hoguera de amor, y luego nada más.
La cercanía de Guillermo me provocaba ahora una dolorosa agonía. Allí donde ya no había un corazón para sentir angustia, oleadas de algo parecido a la desesperación me retorcían, me aprisionaban. Deseé alejarme, irme muy lejos donde ya no doliera. Donde no tuviera que seguir viendo como esa persona que yo amaba más que a nada en el mundo, se desintegraba en un llanto que prendía fuego sus entrañas y con ellas mi alma.
Fue pensarlo y todo sucedió. Una fuerza desconocida me empujó, Guillermo y el departamento desaparecieron, un rumor comenzó a alzarse sobre mí. Nuevamente la luz, brillante y fría, tiró de mi ser y me elevó. Supe entonces que todo lo que había amado, lo que había sido, se iría para siempre, ya no dolería más. Una nueva existencia me estaba esperando, distinta, prometedora, calma. Y en ese instante, en apenas un segundo, un recuerdo obstinado me llegó desde el limbo en que se perdía todo, una noche en una casita de chapa, Guillermo diciéndome “qué difícil que es llegar acá”, su boca arrasando la mía, sus manos abriendo mi camisa, bajando por mi espalda desnuda, él y yo devorándonos la piel, consumiéndonos de pasión, su cuerpo tendido sobre el mío, haciéndome el amor con un deseo acumulado que le explota y lo desarma en gemidos de un placer que es casi doloroso. Sus brazos rodeándome, aprisionándome contra la cama, su voz susurrándome al oído: Pedro, te amo, Pedro te amo… Luego nuestros ojos encontrándose en ese momento único y sereno de estar abrazados sobre la cama deshecha, contemplándonos sin apuro, dichas ya todas las palabras que tenían que ser dichas. Consumidos todos los besos, todas las caricias. Saciados, exhaustos, felices. Cómo escapar a un recuerdo tan intensamente placentero, a una emoción que fue primera y única en mi vida.
Mi existencia fue un lento peregrinar buscando llenar una ausencia apenas presentida, un camino hacia una Meca ignorada. Guillermo fue el templo donde me hinqué de rodillas, absorto y entregado, para ofrendar mi alma y recibir la bendición de su amor, porque él era mi Dios, mi todo absoluto, mi razón y mi necesidad de vivir. No me interesaba nada más. Creí que mi amor era generoso, porque todo lo ofrecía, poniéndolo a sus pies. Y sin embargo, mi pecado fue justamente ése. Hice de ese hombre el eje de mi universo, desdeñé todo lo que no tuviera que ver con él, descreí del verdadero Dios. Todo lo entregaba por él porque su amor alimentaba mi necesidad. Era mi sostén, mi refugio, mis plegarias llevaban su nombre, la idea de perderlo era mi terror más grande. La muerte aniquiló con su rayo mi templo pagano. Despojado de mi cuerpo, exiliado al vacío, arrojado al infierno de una existencia sin él. Pagué el caro precio de mi amor con dos tiros en el pecho. Y como si fuera poco, ahora tengo que ser testigo de su propio sufrimiento, su vida destrozada y mi vida perdida confluyen nuevamente aquí y ahora, en este minúsculo espacio y tiempo, mi sangre derramada y su sangre envenenada.
¿Cómo olvidar lo que se ha amado tanto? Imposible… vuelvo a verlo, sentado ya sin fuerzas, la mirada velada por las lágrimas, las manos abandonadas sobre las piernas. Es la imagen de la desolación absoluta, de quien se reconoce vencido. Los sollozos han doblegado su cuerpo, a duras penas se mantiene erguido, intentando un pequeño resto de cordura que lucha por retener. Parece un niño que de golpe se descubre huérfano, perdido.
No puedo irme, no logro decidir el último envión que me alejará de Guillermo para siempre.
La luz vacila, comienza a debilitarse, mi precario impulso de poner distancia con el dolor se apaga. Por fin concluyo en que no puedo hacer otra cosa que quedarme.
Esta decisión me inunda de paz. Mi amor se ha tornado generoso finalmente. Ya no hay en él nada que pueda prodigarme un bien terreno, su piel no tocará la mía, sus latidos no acelerarán mi pasión. Quedarme a su lado es para sufrir. Y me propongo hacerlo, porque él me necesita ahora como nunca necesitó nada en esta vida. Estaré con él, me convertiré en su sombra. Seguiré sus pasos durante el día y me tenderé a su lado durante la noche. Rozaré con mis dedos invisibles la humedad de sus lágrimas, besaré con mis labios ausentes sus ojos dormidos.
Sé que de a poco, con el tiempo, su dolor irá decreciendo. Su tristeza acabará mutando en una dulce nostalgia. Y por último, llegará el olvido. Yo me quedaré lo que sea necesario. La eternidad es larga, no hay urgencia para saborearla.
Guillermo dirige sus ojos hacia arriba. Está llorando, hablando de mí. “yo sé que pronto lo voy a dejar ir a Pedro”… El cree que puede liberarme, que su amor o el mío son pájaros a los que podemos abrir la ventana y dejar volar. Pero yo sé que está equivocado… ni él va a dejarme ir, ni yo lo permitiré. Jamás. Estamos ligados para toda la eternidad.
Aquí lo espero. Cuando llegue su hora, tomaré sus manos, le susurraré “Tranquilo, mi amor, tranquilo”. Y Guillermo no se sentirá solo al cruzar al otro lado del camino.
“PERMANECER”
Esto no es una despedida. Ya nos dijimos adiós varias veces y no resultó. Estamos destinados a estar juntos. La vida es como una marea que va y viene todo el tiempo, nos lleva y nos trae, separándonos, acercándonos. Puedo sentir tu presencia. Estás en el aire que me rodea, vigilás mis pasos, te aparecés en el rostro de la gente cuando camino por la calle, distraído. Te burlás de los torpes intentos de escapar de vos, de mi pobre y vano esfuerzo de no recordarte.
La gente pretende verme entero, que reanude mi vida como si no hubiera pasado nada, que salga del pozo. Creen que finjo, que me pongo cada mañana junto con el traje y la corbata un rostro compuesto, piensan que por dentro estoy derramando lágrimas todo el tiempo, que voy a enfermarme por no poder expresarlo. Por no poder continuar. Pero están equivocados. Yo no siento necesidad de llorar, de dibujar en mi cara sonrisas que no siento, no estoy fingiendo nada.
Soy feliz. Puedo alzar mis ojos y ver un cielo brillante, puedo escuchar una sinfonía y vibrar con ella, puedo inspirar profundo y sentir el oxígeno llenar mis pulmones, estoy sano, tengo gente que quiero mucho, un trabajo que me mantiene ocupado, pequeños momentos de paz que puedo disfrutar aunque esté solo.
Cuando lo digo, cuando expreso lo que pienso, esa gente que me quiere se imagina que estoy mintiendo. Que hago el esfuerzo por ellos, por no causarles pena. Por no molestar, también.
Y yo me sonrío, porque sé que en el fondo tienen razón. En realidad no les estoy mintiendo, sólo les oculto. Que el motivo de mi serenidad, la paz que muestra mi semblante, el agradecimiento que siento por la vida que tengo, es toda una farsa. No tengo necesidad de inventar una pose, no preciso buscar motivos para sentirme feliz, o nombrarlos para creerlos reales, yo he encontrado al fin la única verdad que me acaricia el alma, que me mantiene entero. Pedro está vivo.
Pero no puedo decirlo en voz alta porque entonces me creerían loco. Yo sé muy bien que en el cementerio hay una lápida con su nombre. Sé que su cuerpo yace allí y que no habrá más encuentros clandestinos, no existirán más juegos de caricias, no escucharé ya nunca más sus te quiero. Todo lo que teníamos, lo que éramos juntos, quedó atrás para siempre. La muerte nos jaqueó. Pero al menos por esta vez, yo creo que no ganó la partida. En las noches oscuras de los primeros días, cuando el dolor me clavaba puñales en todo el cuerpo, yo sentía su presencia cerca mío, extendía mi mano al otro lado de la cama y casi me parecía que podría tocarlo. A veces, mientras dormía, un soplo como de viento me acariciaba la mejilla, me despertaba entonces oliendo su perfume, adivinando su presencia en la oscuridad del cuarto. Con el tiempo, sin embargo, la nostalgia comenzó a hincar sus dientes en mi carne, sufría añorando la tibieza de sus besos, el timbre suave de su voz, la brillante profundidad de su mirada. Mi dolor fue como arena que finalmente se deposita en el fondo de un vaso. Allí me descubrí sufriendo nuevamente, con el dolor renovado, queriendo gritarle al mundo mi impotencia.
Intenté olvidarlo. Esquivé su presencia invisible, pretendí no sentir el temblor de mi sangre cuando en las noches de insomnio su voz susurraba palabras en mi oído. Iluso de mí, soñé con empezar de nuevo. Ensayé una vida que no se ajustaba a mi paso, una melodía que toqué de oído pero no salió bien. En cada rostro yo dibujaba el suyo, cada frase parecida a las nuestras tenía la cadencia de su voz. Los rincones, las calles, los lugares que caminamos juntos, los autos como el suyo, cada detalle se me aparecía para recordarme que él no estaba, que ya no estaría nunca más.
Un día regresé a la casita del Delta. No lo pensé, no fue planeado, simplemente caminé y caminé, como echando a rodar una cuenta regresiva hacia el pasado, tomé una lancha, me paré frente a la casa y esperé. Allí en los escalones que suben desde el río, mirándola de lejos, sin atreverme a continuar. Las sombras del atardecer apenas perfilaban. Una suave brisa ondeaba las ramas de los árboles, acariciando el borde del agua. “El mal del sauce, lo llamó Maidana. La gente se enamora tanto del lugar que no puede dejar de pensar en volver…” Yo no estaba atacado por la nostalgia. Quería retomar mis pasos de aquella noche, juntar a fuerza de recuerdos cada sonido, cada olor, cada pensamiento, como las piezas de un rompecabezas, para así poder apreciar lo que en mi urgencia y mi desasosiego no había logrado percibir. Sabía que la casa estaba desocupada, pero todos mis sentidos me gritaban que no, que Pedro nunca se había ido de ese lugar. Llegué hasta la entrada, giré el picaporte y despacio, abrí la puerta. Un calor sofocante y espeso me pegó en la cara. Me recibió un ambiente inmóvil, polvoriento. Giré a la derecha y entré al recinto donde Pedro y yo habíamos cumplido con nuestro acto de entrega y amor, donde por fin nos despojamos de los últimos temores y dimos rienda suelta a todos aquellos deseos postergados. La cama estaba en el mismo lugar, el espejo, el farol, las velas. Parecía la escenografía abandonada de una obra que terminó hace rato. Me senté en el borde de la cama, sobre el colchón desnudo. Mil imágenes se agolparon en mi cabeza, me recosté y me quedé ahí, ausente, perdido en el pasado. Mis manos recorriendo su cuello, abriendo su camisa, Pedro besando mi boca ardiente, yo gimiendo en su oído, la luz vacilante del farol dibujando relieves caprichosos al contorno de su piel desnuda. Susurrar con la voz partida por un deseo doloroso, “te deseo tanto, Pedro…” “Quiero ser tuyo” pidiéndome él mientras impunemente apretaba su cadera contra la mía. Después, despojarnos de toda la ropa, caer sobre el colchón, mis manos bajando por las suaves colinas de su cuerpo, memorizando cada centímetro, haciéndolo mío. Revivir cada susurro, cada mirada, cada compás de ese baile sensual que nos unió y nos envió muy lejos de este mundo, ensimismados, extasiados, enlazados centímetro a centímetro, con las almas en vilo, temerosas tal vez de ser arrojadas en un exceso de delirio de esos cuerpos desaforados. De a poco esta otra noche, solitaria, cruel, ausente de Pedro, llegó y me encontró dormido. Sumergido en una insidiosa pesadilla, me ví correr entre los árboles, persiguiendo el rastro de Pedro, oliendo su aroma desvaneciéndose en un furtivo escape donde yo era el cazador, y él la presa. Mi mano se estiraba, sentía las suaves fibras de su remera rozar mis dedos. Conseguía aferrarme, apretar la tela y entonces… él se daba vuelta, erguido y quieto, mojado en transpiración. Pero el rostro con el que me observaba no era el suyo. Era el rostro más terrible y despiadado, la máscara oscura de la muerte. La desesperación me despertó. Me incorporé en la cama, temblando como un niño asustado por una pesadilla. Tomé conciencia del absurdo que había cometido, llegar a ese lugar perdido, plagado de recuerdos tristes, quedarme allí dormido en ese catre donde larga y minuciosamente nos habíamos amado. Y entonces la angustia hizo presa de mí, me desbordé en un llanto profundo, huracanado, lloré con pasión, con un dolor desenfrenado, me tiré sobre la cama y me quedé ahí hasta que no tuve más lágrimas para purgar. De mañana salí, me senté en los escalones y esperé la lancha. Al irme, comprendí que este acto en apariencia irracional, había sido como un exorcismo, que había alejado de mi mente todas las sombras que me perseguían desde aquel fatídico día en que Pedro me abandonó para siempre. Me había enfrentado a la pena, a la soledad, al miedo de estar allí en ese sitio aborrecido y amado casi por partes iguales, había sentido dolor, añoranza, sufrido pesadillas, llorado hasta cansarme. Me había convencido de que entre esas frágiles paredes de chapa el silencio y la ausencia habían reemplazado para siempre al hombre que me había prometido esperarme, y que no había podido. Era el único lugar que me faltaba volver a revisar para estar completamente seguro, irremediablemente seguro. Había cumplido ese ritual que tanto temía. A partir de ese momento, remonté la cuesta y pude continuar con mi dolor, sabiendo no obstante, que me quedaba mucho por recorrer en el largo itinerario del duelo.
Más adelante, cuando me atreví a reveer los momentos que habíamos pasado juntos, las decisiones que habíamos tomado en relación a lo nuestro, me pregunté cuáles de todas ellas habían sido el detonante que acabó con la vida de Pedro. Sentirme responsable de lo que le había pasado no ayudaba a salir adelante, pero eso era algo que poco importaba. La culpa era un castigo que yo sentía que tenía que llevar conmigo para siempre. Tal vez esa sería también una etapa a superar, un proceso que llevaría su tiempo y que al cumplirse, cerraría un largo ciclo de dolor. Tal vez.
Ya nada importa de todo ésto. He podido enfrentar muchas cosas desde que él murió. Cosas del afuera, y también temas internos. Sufrí. Quise morir. Sobreviví. Lo sentí conmigo. Me resistí a creerlo. Y aquí estoy, parado frente a su tumba, rozando con mis dedos las piedras que la cubren, leyendo su nombre en una lápida que no dice nada de él, que no lo representa. Me sonrío. Sé que Pedro no está aquí debajo, que su verdadera presencia es ese soplo de brisa que me acaricia el cuello, que baja por mi mentón y se detiene en mi pecho, acariciando, suscitando cosas que nunca me atrevería a contarle a nadie. El sabe muy bien lo que me gusta. Yo le hablo bajito, le digo “chiquitín lindo, precioso, atorrante”.
No es difícil ésto. No falta mucho, lo sé. De lo contrario, él se habría ido sin mí. Pero se ha quedado a mi lado, acompañando mi dolor, soportando mis llantos. Incluso mis negaciones. El soporta, me espera. Y yo me limito a seguir, porque el amor es un acto de fe, de verdadera libertad. Sigo y me apoyo en su presencia intangible, serena. Nada nos puede separar.
“RETORNAR”
Guillermo está sentado en su despacho, hace rato ya que está solo, la cabeza apoyada en el sillón, las manos cruzadas sobre el pecho. Un vaso de whisky vacío sobre el escritorio, la luz tenue del exterior que entra apenas por las rendijas de la ventana. Posición de relax, o de sueño improvisado entre las horas pesadas de la tarde. El celular muestra dos llamadas perdidas y cuatro mensajes no leídos. Oyó el timbre del teléfono, lo dejó sonar sin molestarse siquiera en levantarlo y ver quién lo busca. Sabe de quién se trata. Ha estado rehuyendo ese contacto desde hace dos días. O mejor dicho, ha estado esquivando su propia reacción, el enfrentarse a una realidad que no siente deseos de exponer ante nadie, ni siquiera ante sí mismo. Está cansado, al límite de sus fuerzas, como si hubiera agotado las reservas de emergencia que tenía para sobrevivir y ya no le quedara nada. El mundo es un océano que lo rodea, que lo acecha, está solo en esa isla que cercó su existencia desde hace más de cuatro meses, está perdido y ya no sabe qué puede ser mejor que rendirse, sentarse allí y dejar que la marea nocturna llegue y lo cubra por entero.
Se había ido del estudio hace tiempo. Le pareció que cambiar de aires, de gente, de ocupaciones, le traería un poco de oxígeno, de impulso para retomar la vida que giraba sin sentido desde la muerte de Pedro. Estaba equivocado. No había rincón donde el tenaz recuerdo no lo persiguiera, en el rostro de sus alumnos se infiltraban los rasgos de Pedro, en alguna sonrisa, en una mirada, en una inocente pregunta. Todo le traía recuerdos, una y otra vez la herida se abría y sangraba, el corazón intentaba retomar sus latidos vigorosos, pero la tristeza volvía a invadirlo, lo cubría de un manto de frío interminable. Por eso se había empujado a una relación que creía sería un refugio donde todo ese hielo se derretiría, donde el sol volvería a brillar. Y allí estaba la infinita paciencia de José, su amor, su comprensión absoluta. Había sido como un vaso de agua en el desierto, una mano que acaricia el cuerpo y calma el alma. Pudo descansar en su quieta ternura, se dejó abrazar, se dejó amar. No hizo falta que prometiera nada, que propusiera un futuro ni expusiera sentimientos que no quería ni podía nombrar. Por un tiempo, corto lapso de tiempo, funcionó. Como un medicamento que alivia los síntomas al principio, con el correr de los días su cuerpo y su alma se fueron acostumbrando, los besos ya no sabían a promesas de amor futuro ni las miradas confluían en una misma coordenada. Se fue distanciando, se fue apagando, sin dar demasiadas señales de evidencia, sin necesidad de explicar, porque todo estaba inconfundiblemente claro.
La luz poco a poco va desapareciendo, sin darse cuenta se ha sumergido en la oscuridad de una noche anticipada por un cielo cubierto de nubes. Se levanta, toma el saco y la corbata que están sobre una silla y se va del estudio. En la calle camina entre personas que no conoce, se deja llevar por recuerdos de momentos en los que también caminó invadido de sentimientos angustiantes, cuando amaba a Pedro y sentía que él no iba a corresponderlo nunca, cuando temía que su amor fuera un secreto que jamás podría salir de su corazón y ver la luz del sol. Ese transitar por el anonimato de la calle lo calma, lo aísla en su mundo de tribulaciones y de recuerdos, le permite ser y sentir lo que es y siente sin tener que dar explicaciones ni fingir ante nadie.
Llega a su casa, su hijo se acerca y le cuenta que esa noche vendrán a cenar Ana y Valeria. Le pregunta si no le molesta esa repentina cena. -No hijo, está bien. Voy a ducharme y a descansar un rato. ¿Quién cocina?
-Valeria y yo vamos a hacer una comida muy especial. Vos no te preocupes, todo ya está organizado.
Guillermo le sonríe, siempre enternecido con ese hijo que lo puede, y sube a su cuarto.
Por la noche, la cena en familia discurre tranquila, los chicos cuentan sobre la marcha del embarazo, Ana improvisa sus ideas acerca del futuro de la nueva pareja y del bebé en camino, todos hablan menos Guillermo que los escucha en silencio y de vez en cuando, asiente o sonríe. Es una comida como hubo otras, como habrá muchas más seguramente. Una familia que se ha separado pero sigue unida por el amor en común, por un futuro que los vuelve a acercar con promesas de felicidad. Al terminar, los cuatro comparten la tarea de lavar los platos, más tarde los chicos se ofrecen a llevar a Ana hasta su casa. Guillermo decide irse a descansar. Sube a su habitación, se desviste, se mete a la cama. Un trueno resuena cercano, amenazador. Pequeñas gotas comienzan a pegar contra el cristal de la ventana. Intenta relajarse, que el sueño lo gane, pero la amenaza de una tormenta inminente vuelve a preocuparlo. Se levanta, se viste y baja pensando en decirle a su hijo que no vayan, que se queden que es más seguro. En la escalera se da cuenta que las luces ya están apagadas, la casa está en silencio. Los sonidos de la tormenta se hacen más fuertes, ahora la lluvia es intensa, continua, los relámpagos iluminan la casa a través de los cristales. Comienza a revisar las ventanas. En la cocina, la ventana se abre de golpe y una ráfaga de agua fría le pega en la cara. Busca una toalla de papel y se seca. Asegura el postigo y se queda observando las gotas de lluvia que pegan con violencia sobre el cristal. Se da cuenta que está completamente desvelado, que le va a costar un buen rato volver a sentir sueño. Pone a calentar agua para hacerse un té. En la penumbra de la cocina, iluminado sólo por el mechero encendido, los pensamientos lo llevan a otro momento en ese mismo lugar, hace tiempo, cuando la historia con Pedro comenzaba a esbozar sus primeras pinceladas, cuando todo aún era principio. Recuerda una copa de vino compartida, las anécdotas de un largo día de trabajo, las miradas esquivas que se negaban a posarse más de lo necesario por temor a incendiarse antes de lo previsto. “Está riquisimo…”, las risas, luego el acercamiento que no pudieron evitar, el beso que comenzó a gestarse en sus ojos y que antes de estallarle en los labios fue interrumpido por la llegada de Fabián. Ya no habrá más momentos como ése, no existirán cenas, ni charlas cómplices, ni copas de vino, ni miradas que terminen en besos.
A menudo sin darse cuenta se queda ensimismado, perdido en la contemplación de todas aquellas cosas que nunca llegó a hacer con Pedro. Desayunos compartidos en la tibieza de la cama una mañana de invierno, una película juntos tendidos en el sofá de la sala, viajes, decisiones domésticas, peleas, reconciliaciones, buenos y malos momentos que podrían haber compartido como cualquier pareja de este mundo. Se ha fabricado, sin proponérselo casi, un mundo de fantasía donde ellos han cumplido con muchas de las situaciones que no pudieron nunca concretar. En su cabeza, Pedro va y viene todo el tiempo, entre la vida y la muerte, recordado, imaginado, sentido, añorado, perdido, rescatado. En los minutos del cansancio que preceden al sueño, Guillermo ya casi no distingue entre lo que pasó, lo que pensó, lo que deseó.
El agua hierve, se levanta y la vierte sobre el saquito de té. Va hasta el living, se sienta en el sofá, bebe despacio. Piensa en qué le puede deparar el destino a alguien que ya no espera nada. En cómo se hace para continuar cuando el impulso vital, la esperanza, se ha declarado vencida. Una puntada de dolor le atraviesa el pecho. Se masajea como lo hiciera otras veces, intenta calmarse. Piensa que la tensión y el stress de un largo año de vicisitudes le están jugando una mala pasada. Espera un rato intentando que el malestar se vaya como lo hiciera otras veces, que pueda volver a respirar sin que ese dolor le corte la respiración. Afuera las gotas de lluvia se hacen más delgadas, la tormenta se aleja. Adentro, Guillermo se recuesta en el sillón, deja que la oscuridad lo envuelva y lo relaje, los latidos de su corazón se han vuelto desordenados y galopantes. Nada resulta, las puntadas se hacen más agudas, intenta respirar hondo y despacio pero el dolor se le expande más fuerte aún por el pecho. Una transpiración fría lo recorre de punta a punta. Tiene miedo. No de morir, eso ya no es un problema, sino de que suceda cuando está así, solo, sin un ser querido que le tome la mano y lo haga sentir importante. Cierra los ojos, suspira, su mente vuela muy lejos, muchos meses atrás…
-Tranquilo, mi amor, tranquilo –le susurra Pedro en su cabeza. Está agachado frente a él, lo mira a los ojos, preocupado pero sereno. Le toma las manos entre las suyas. Están en un baño, encerrados, aislados por un minuto de la realidad de un casamiento inminente que los va a separar.
-Esto es muy feo… -le dice Guillermo.
-No tengas miedo… Te va a dar un ataque si te ponés así –Pedro lo observa mientras le acaricia las manos-. Pensá en algo lindo.
-Me voy a comprar una casita en el Tigre.
-¿Qué? –Pedro se asombra y se sonríe, piensa que sólo está bromeando.
-Algún vínculo con la naturaleza tengo que empezar a tener. Pero que no esté demasiado cerca, ni demasiado lejos, porque si no después, si no podés volver tenés problemas…
Pedro se sienta en el borde del sillón, Guillermo abre los ojos. Aún tiene sus manos sostenidas, nota la calidez que comienza a extenderse por su cuerpo en respuesta al contacto de esas manos.
-Pero esa casa ya existe, mi amor. Allí es donde estuve todo este tiempo. Esperándote. Tranquilo, entero, como te lo prometí…
La voz de Pedro es un susurro suave, sus ojos brillan en la oscuridad como dos llamas de vela mecidas por el viento. La oscuridad es menos densa ahora, pequeños haces de luz empiezan a subir por las paredes de la habitación. En apenas segundos, un rumor como de grillos lo rodea, Guillermo sin separar sus manos de las de Pedro se levanta, se sienta junto a él. Ya no hay dolor, no tiene miedo. Y no está solo.
Están sentados sobre el pasto, lado a lado, las manos entrelazadas. Sus piernas cuelgan sobre el borde del arroyo. El amanecer aún no llega, la luz de la luna los baña con un resplandor brillante.
-Estoy confundido… -Guillermo lo mira y siente que una nube le dificulta pensar, todo es lento y sereno, como un sueño. Pedro parece adivinarle el pensamiento: -No es un sueño… mi amor, no es un sueño.
-¿Y un recuerdo? –le pregunta Guillermo.
Pedro sonríe y se le forman esos hoyuelos en las mejillas que él adora tanto.
-¿Te parece que ésto puede ser sólo un recuerdo?
Guillermo desliza una mano por el brazo de Pedro, sube por su cuello, su barbilla, se detiene en su frente. Como le gustaba tanto hacer, antes. La piel de Pedro es cálida, firme, se estremece al contacto del roce de Guillermo. Sus ojos se encuentran en una mirada absorta, las pupilas dilatadas, apenas pestañean. Pedro se acerca un poco más, toma la mano que Guillermo tenía apoyada en su frente y la deposita sobre su propio pecho.
Guillermo siente el latir de un corazón fuerte, enamorado. Su propio corazón es como un reflejo de este latido. Son dos jinetes que cabalgan rápido, en perfecta sincronía.
Se acercan más aún, sus rostros están juntos, siente el aliento agitado de Pedro en su cara, lo toma de la nuca y lo besa. Un sabor intenso inunda sus bocas. Lo saborean, lo exploran, lo disfrutan. Se besan despacio, profundo, acariciando sus labios con sus lenguas, sorbiendo la azucarada sensación de besarse sin necesidad de detenerse, sus manos recorren el contorno de sus rostros, se buscan y se encuentran en la cresta de una ola que los hace volar, y sumergirse, paran apenas unos segundos para mirarse con deleite, luego vuelven a juntar sus rostros en un beso que va borrando el pasado que los separó, de a poco y con un sentido de justicia absoluta, inapelable.
-¿Ésto es morir, Pedro?
-No mi vida… ésto es empezar a vivir.
-Si supieras, amor, si supieras todo lo que he sufrido lejos tuyo -Guillermo siente que no hay necesidad de palabras para explicar por lo que ha pasado, Pedro lo sabe.
-Yo no estoy sufriendo, desde hace tiempo sólo te espero…
Ambos saben que la espera y el dolor, el temor, la muerte y el odio, todo ha quedado atrás.
Guillermo vacila… no entiende aún qué extraña clase de magia ha devuelto a su Pedro con él.
-¿Cómo será ésto… lo nuestro… a partir de ahora?
Pedro le sonríe. -Esa pregunta era de las mías, Guille.
-Ahora soy yo el que tiene que aprender.
-No es necesario aprender nada. No vamos a quedarnos en este lugar, ni en este momento.
Guillermo no comprende el alcance de aquellas palabras.
-Mirá… -le dice Pedro- Nos reencontramos, estamos juntos. Pero no podemos permanecer en este lugar. Todo tiene un tiempo, un espacio. El nuestro acá, juntos, ya se terminó.
-¿Me estás diciendo que vamos a volver a separarnos? -siente que un gran temor comienza a recorrerlo.
-Éste no es nuestro paraíso, Guille. Vení, dame tu mano y caminemos.
Recorren el borde del río, no hablan, se dejan llevar por la mansa cinta de agua. Grandes y oscuros sauces mojan sus ramas en el río.
Guillermo quiere hablar, preguntarle, sin embargo no se atreve. Presiente que puede entristecerlo esa respuesta, que a veces realmente es mejor callar.
-Mi amor… Guille… todo es perfecto ahora. Nuestro amor, lo nuestro, es una flor que aún no abre sus pétalos. El amanecer recién la cubre de rocío, la acaricia. La prepara para un despertar radiante. Lo malo, lo cruel, lo doloroso, no la han marchitado aún. Nuestro amor es así… aquí y ahora. Pero no será asi eternamente. Esto sólo es un preludio de lo que vendrá.
Pedro se detiene, lo mira y se sonríe.
-A veces, para poder vivir, es necesario morir primero. Nosotros no estamos muertos, lo estuvimos antes, pero para poder continuar, era preciso que llegáramos acá, a este lugar, a este tiempo, para impregnarnos de una gota de sabiduría, la necesaria para no volver a equivocarnos.
No es común, no es corriente que dos almas se encuentren y logren este grado de armonía. Las nuestras fueron así, apenas nos cruzamos y ya estábamos completamente impregnados de un mismo sentimiento que nos acercó y nos enlazó para siempre. Pero no supimos aprovecharlo. Tuvimos el paraíso a nuestro alcance, y lo desperdiciamos. Nos dejamos llevar por la duda, por el miedo, por los prejuicios, por las culpas. Pero la buena noticia es que todo eso terminó. La muerte es como un fuego que todo lo purifica.
-Dijiste que no estábamos muertos…
-Lo estuvimos, por un breve instante, el necesario para despegarnos de nuestros cuerpos… Ahora somos nuestra esencia, con todo lo bueno y lo maravilloso que ella posee, incluso con el amor que sentimos uno por el otro, indemne. Pero no podemos seguir así, porque esta clase de amor, esta pasión, no tiene cabida en este sitio.
Guillermo mira alrededor. Tiene miedo de terminar de entender que esta es una despedida, tal vez definitiva. Busca señales de que algo de lo que les rodea no sea real, pero todo es natural, se respira una suave brisa con olor a río… las estrellas parpadean sobre sus cabezas. Pedro lo mira y se sonríe nuevamente, porque comprende su extrañeza.
-Ha llegado el momento de que tomemos una decisión muy importante, Guille. Este camino se termina acá. ¿Querés continuar en la etapa que sigue, donde nuestro amor se diluirá para dar paso a otros sentimientos más… universales, o por el contrario, elegís seguir amándome, en otra vida?
-No me importa otra cosa que no sea continuar con ésto… con la posibilidad de tocarte, de sentirte como ahora, de amarte. Es lo único que me interesa, Pedro. Te amo, igual que antes, igual que mañana. No quiero nada más que a vos, ni nada menos.
Pedro se acerca, lo abraza, apoya su cabeza en el hombro de Guillermo.
-Yo también elijo lo mismo –le susurra al oído.
Una luz enceguecedora los baña enteros. Guillermo siente que los sonidos se silencian, el cuerpo de Pedro desaparece. No siente siquiera el peso de su propio cuerpo.
Todo se oscurece de repente. Se da cuenta que tiene los ojos cerrados, los párpados le pesan nuevamente, los abre y de a poco, la visión se le va despejando. Está sentado en el baño del estudio, Pedro le sostiene las manos. Lo mira preocupado.
-Tranquilo mi amor, tranquilo... –Guille lo mira, asombrado, no puede creer lo que escuchó de labios de Pedro.
Pedro lo mira y se sonroja. No puede creer que se le haya escapado ese “mi amor”, que se haya puesto en evidencia.
-Pedro… vos no te podés casar.
-Por qué me decís eso, Guille…
-Porque no amás a tu novia. No podés cometer ese error.
-Eso… eso es algo que no podés saber. No te concierne.
-Ah, no? ¿A vos te parece?
Guillermo se acerca y sin dudar un segundo más, lo besa. Pedro responde con torpeza a ese beso, se sonroja entero, tiembla de emoción. Apenas lo cree, que Guillermo lo haya besado… así, tan inesperadamente. Trata de ocultar su turbación, se sienta en el borde de la bañera, lo mira y le dice con una sonrisa pícara:
-Éste no es lugar para cosas como ésta... ¿Por qué mejor no esperamos que alguien nos abra la puerta y lo discutimos afuera?
-Me parece perfecto, Pedro. –Guillermo siente que el corazón le estalla de amor, y de miedo también. Pero ya no hay vuelta atrás.
Los dos se sonríen tímidamente, se miran con ternura. Ni siquiera se dan cuenta que tienen las manos entrelazadas. El descubrimiento de su amor recíproco los tiene ensimismados.
A través de la puerta se oye la voz de Beto:
-¡Guillermo! ¿Estás ahí?
-¡Si Beto! ¡Agarrá un hacha y abrí la puerta ya mismo!
-¿Tan apurado estás por escaparte, Guille? –se asombra Pedro.
-No, tontito. Estoy apurado por salir de acá, con vos.
Cuando por fin salen, Beto los mira y comprende que ha pasado algo definitivo entre ellos. Guillermo y Pedro resplandecen, no pueden dejar de mirarse. Sus ojos están cargados de promesas.
La luz de un nuevo día también brilla fuerte. Una flor recién nacida abre sus pétalos. A veces, cada muchos años en el universo, hay segundas oportunidades para los seres que se aman de una forma que excede lo corriente. Un regalo misterioso que muy pocos llegan a conocer, y que los que lo han recibido, nunca pueden siquiera imaginar que lo poseen.
Fin
No puedo creer lo que estoy leyendo....esto es poesia pura...es lo mas hermoso que he leido....es perfecto...no puedo entender como podes escribir asi....estoy llorando de tristeza y de felicidad al mismo tiempo ....gracias por Mistico y Eterno...una verdadera joya literaria...Sos increible...te abrazo con el alma Pilar
ResponderEliminarQue increíble.....es imposible describir lo que siento.....una profunda emoción pues leer lo escrito por vos es además de un honor,una delicia.....pocas veces he leído algo tan bello y tan triste a la vez.....estoy llorando ,me duele el alma pero cada día te amo más Mary........como me gustaría estar frente a frente y abrazarte muy fuerte......muy fuerte.......se que tu corazón late junto al mío con el mismo amor y la misma admiración.....te amo nunca lo olvides...... Mirta...y nunca dudes equivocaste la profesión.....
ResponderEliminarMary esto es una obra de arte, estoy muy emocionada. Habiendo imaginado y escrito una joya como esta, está más que claro que ese final mezquino e injusto no cumpliría tus expectativas. Gracias por publicarlo tanto tiempo después y dejarnos disfrutarlo! María Elena
ResponderEliminarMary, Mary, Mary... Nunca sufrí tanto como cuando leí este maravilloso y perfecto "Místico y eterno"...
ResponderEliminarCuando comencé a leer, sentí tanta, pero tanta tristeza... que se terminó trasformando en dolor físico. Nunca había pensado las cosas desde ese lado del camino, el alma de Pedro intentando comprender que ya no estaba en este mundo y negándose a partir por no dejar solo a Guillermo. (Toda esa descripción es la prosa poética mas bella que he leído. ¡Que talento mujer!
Después, cuando llegó aquella noche y Guillermo sentado a oscuras en el sillón sintió ese dolor lacerante cruzarle el pecho, creí que se moría para partir junto a Pedro y pensé que ese hubiese sido un buen final.. Morir para estar junto a él, me pareció entonces, la segunda mejor opción.
Pero al seguir leyendo.. Me di cuenta que sos la bruja mas buena del mundo. Que tenés un alma tan generosa que no podía dejarnos llorando de esa manera. Una vez más, nos rescataste a centímetros del abismo. Solo vos podés lograr algo así.. Leerte es como volar en un parapente sobre el mar, con esa incertidumbre de nunca saber si tocaremos tierra o naufragaremos en esas aguas. Coincido absolutamente con Mirta.. Te equivocaste de profesión. Hoy me faltan palabras para decirte lo que siento.. ¡Cuanto talento! ¡Cuanta imaginación! Y todo eso, cada día mejor narrado. Te aplaudo de pie con los ojos húmedos y el alma desbordada de admiración. ¡Un abrazo inmenso Mary! Gracias por compartir esto con nosotras..
POR DIOS ESTOY SIN NOTEBOOK ES DECIR PERDIDA UNA CAtastrofe inte ntando desde mi celu. Imlosible asi que en el trascurso de l semana reuzare el comentarik que este mAjestuoso relato merece.lpor ahora solo tdecir gracias por tanto. Quiedo ya mi pc. Esto merece un comentario a su medida .monica de lanus
ResponderEliminarNooooooooooooo Mary!!! otro domingo que arrancas de mi una cúmulo de emociones dificiles de explicar, no puedo, estoy llorando con este final que nos regalaste y que tanta justicia nos hace. No se que decirte, solo que este talento qeu tenes es un don tan grande! que impresionante la descripcion de los sentimientos! que impecable narracion! y ese regreso al punto justo! a ese momento en el baño que era el momento y el lugar donde Guille debia jugarse, donde Pedro debia "verse" y "tenerse en cuenta", y dar rienda suelta a lo que le estaba pasando, ese momento que dejaron escapar y llevo a las consecuencias que ya todos sabemos pero que tan bien has salvado en este relato. Impecable, impresionante! #nopuedoadmirartemas por favor nunca nos prives de "esto" GRACIAS ETERNAS Silvana
ResponderEliminarWoooooowwwwww!!!! Menos mal que Sandra te obliga a compartir estos escritos!!!! Me hiciste pasar por todas los estados emocionales: angustia, dolor, se escaparon lagrimitas en ciertos pasajes, en otros me dio calorcito, como cuando Guille se fue a la casa de chapa a recordar la primera vez, serenidad cuando se reencontraron bajo los sauces y mucha alegría y alivio con ese final en retroceso.
ResponderEliminarNena, vos sos una escritora de puta madre, no sé cómo a veces te podes sentir insegura. O sí! Precisamente porque sos una grande.
Te declaro mi amor eterno! Sos de lo mejor que me pasó en la vida guilledra.
Beso gigante!
Excelente Mary!, Gracias por esta nueva oportunidad. Impecable relato. Marlene
ResponderEliminarExcelente Mary!, Gracias por esta nueva oportunidad. Impecable relato. Marlene
ResponderEliminarNo puedo decir mas que BELLISIMA esta historia. Como la contaste y ese desenlace. HERMOSISIMA. Amor en estado puro. El de ellos. El que nosotros comprendimos y nos hechizo (o nos volvio un poco mas loquitas ;) y de el cual nunca mas pudimos desprendernos. Gracias Mary por tan increible historia. Besos Romina
ResponderEliminarSe entiende, no, lo que quise decir? Es muy pero muy triste. Pero, sin poder evitar el final que nos obligaron a sufrir, este hubiera sido un desenlace que nos habria lastimado menos. Tristes igual. Hermosamente escrito Mary. Besos Romina
EliminarMuy emotivo!! Gracias!!
ResponderEliminarTengo una reacción animal con esta historia me desintegre en el millón de moléculas que me conforman de verdad es terrorificamente dulce atomicamente explosivo indimensinadamente perfecto....me sumo a lo dicho por Guille y tambien te declaró mi afectó indisoluble mi admiración eterna y mi adicción imparable ......majo
ResponderEliminarGRACIAS A TODAS chicas, es cierto que es terrible porque cuenta lo que pasó en la novela, la muerte y todo éso, muy doloroso... Me alegra que les haya gustado el final fantasioso y romántico... todas somos capaces de aceptar cualquier locura siempre y cuando ellos terminen juntos! Un beso enorme a todas, gracias!!!!
ResponderEliminarBellísimo felitaciones mara rosas
ResponderEliminarEsta historia esta entre mis favoritos, guardada ,...es un tesoro de esperanza, yo creo que todo tendria que tener otra oportunidad y cuando me siento desilusionada....leo y creo otra vez. Es una hstoria bellisima. Gracias. Cecilia.
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